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Alfonso, en la esquina superior izquierda, junto a los seminaristas del propedéutico de Toledo

Alfonso, en la esquina superior izquierda, junto a los seminaristas del propedéutico de Toledo

Alfonso, el seminarista murciano que empezó su búsqueda entre libros de filosofía y acabó encontrando a Dios

Este joven de 29 años, hoy seminarista en Toledo, no llegó allí por falta de opciones, sino tras una extenuante búsqueda intelectual

Hoy, cuando Alfonso cruzará los umbrales del Vaticano para participar en una audiencia privada con el Papa, pocos imaginarían que este joven murciano de 29 años llegó al Seminario de Toledo tras ganar olimpiadas de latín y devorar tratados de filosofía. Su historia no es la de una huida del mundo por falta de opciones, sino la de una búsqueda intelectual incansable que, partiendo de las matemáticas y la física, encontró en la filosofía el puente definitivo hacia una Presencia que hoy le llena la vida. Hijo de profesores de filosofía, Alfonso creció en un ambiente de fe, entre una educación con los hermanos maristas y veranos en Roma estudiando lenguas clásicas.

Sin embargo, su identidad no se forjó en la comodidad, sino en el desafío intelectual. «A veces se piensa que para tener una vocación tienes que ser alguien que no destaca académicamente», cuenta Alfonso a El Debate, quien con solo 14 años ya hablaba latín y ganaba concursos nacionales de ciencias y humanidades. Sin embargo, tras esa fachada de éxito y normalidad —con sus amigos y sus planes de juventud—, latía una inquietud que ni los números ni las lenguas clásicas lograban calmar. El verdadero terremoto existencial ocurrió en Madrid.

Tras matricularse en el doble grado de Matemáticas y Física en la Complutense, el brillante joven se enfrentó por primera vez a la 'intemperie' del mundo. En Ciudad Universitaria, su fe, que hasta entonces había sido un «automático» familiar, chocó con una realidad donde ir a misa era una rareza. «En ese contexto me sentí solo, no porque no tuviera amigos, sino solo de manera existencial. Me encontré a mí mismo frente al mundo», confiesa Alfonso al recordar aquellos paseos en la capital.

Madrid fue el escenario donde las matemáticas le revelaron su límite: «Me gustaban, resolvía problemas, pero pensaba: ¿voy a pasar toda mi vida resolviendo problemas de matemáticas?». Alfonso no quería solo resolver ecuaciones; buscaba desesperadamente «un saber que me hiciera mejor persona, más sabio, más bueno: que me hablara de Dios y del hombre, del sentido de mi vida».

Cuando San Agustín se hizo contemporáneo

Esa búsqueda de bondad y sabiduría le llevó a Italia, a la Universidad Católica de Milán. Allí es donde se topó con una lectura que le impactó profundamente: las Confesiones de San Agustín. «Para san Agustín la verdad deja de ser algo teórico: es una persona viva dentro de él, con la que dialoga y de la que se enamora», explica Alfonso, sintiendo que aquel texto del siglo IV narraba su propia sed del siglo XXI. Fue en Milán donde entendió que no podía vivir de prestado de la fe de sus padres; necesitaba que Dios fuera una «cuestión existencial» propia.

A pesar de sus éxitos académicos y de sumergirse en la complejidad de la historia de la filosofía, desde Aristóteles a Hegel, desde los filósofos medievales a los idealistas, el corazón de Alfonso seguía aguardando una señal más nítida. Tras un primer acercamiento a la vida religiosa con los dominicos que no llegó a cuajar, Alfonso continuó su brillante carrera académica, realizando su tesis doctoral y sumergiéndose en el pensamiento de Kant, Gentile y Vico.

En la búsqueda de Dios a través de la belleza y la conciencia, su intelecto se preparaba para el último salto y el regreso a España y su llegada a Sevilla para realizar su tesis doctoral marcaron el último tramo del camino. Fue en una hora santa de Hakuna: «Tuve una conciencia muy fuerte de que allí había algo», recuerda, sintiéndose acompañado por esa Presencia que buscó en los libros.

Los tratados de filosofía ya no eran suficientes para saciar su sed ni explicar esa «ola» que empezó a pasar continuamente por su alma. El «sí» definitivo llegó en un momento en que distintos sucesos, desde una neumonía hasta una ruptura sentimental, le hicieron cuestionarse el porqué de su vida. Buscando esa respuesta en la oración y en retiros y Horas Santas de Hakuna, fue en abril de 2023 cuando, tras pedirle a Dios una respuesta, escuchó un susurro que lo cambió todo: «¿Y si te haces sacerdote?». Hoy, en el Seminario de Toledo, Alfonso ha encontrado en el sacerdocio el sentido de su vida: la búsqueda de Dios en la contemplación y la entrega a los demás, demostrando que la razón más profunda siempre termina conduciendo al Amor.

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