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Shushu, junto a su marido y su hijo, en el santuario de CovadongaAlmudena Martínez Bordiu/Aciprensa

«Si quieres hablar con Dios, aprende español»: Shushu, la china atea que se convirtió al mirar un crucifijo

Creció sin fe en la China comunista y llegó a España en 2016 con un propósito académico, hasta que una fiesta de Halloween, una catedral desconocida y un Cristo crucificado bastaron para cambiarle la vida

Shushu aterrizó en Madrid con 23 años para hacer un máster de Filología Hispánica. No conocía la cultura, ni el idioma en profundidad, ni tampoco el catolicismo. Lo último que imaginaba era que, siete años después, estaría compartiendo con miles de jóvenes su testimonio de conversión al catolicismo en el Santuario de Covadonga, durante la Jornada Eucarística Mariana Juvenil (JEMJ).

«No tenemos ningún mérito; todo es porque el Señor nos guía. Su misericordia es inmensa», confesó Shushu a Aci Prensa, que recogió su testimonio mientras la joven china se encontraba en Covadonga, junto a su marido y su hijo, Emmanuel, en el lugar que ella misma define como el «corazón de España».

Ante los miles de jóvenes reunidos en la Jornada Eucarística Mariana Juvenil, Shushu recordó los orígenes de su historia. «Cuando terminé Bachillerato en China decidí estudiar una lengua extranjera». Y entonces compartió una frase popular de su país que provocó una ovación espontánea: «Hay un dicho en China que dice algo así como: ‘Si quieres hacer negocios, aprende inglés; si quieres tener un romance, aprende francés; pero si quieres hablar con Dios, aprende español’».

Aunque reconoce que esa no fue la razón por la que eligió el español, lo cierto es que aquel idioma la condujo a Madrid. Y en Madrid, sin saberlo, comenzaría un viaje que cambiaría su vida para siempre.

«Confucio no está en la cruz, Jesús sí»

Todo empezó el 31 de octubre de 2016. Movida por la curiosidad, acudió a una fiesta de Halloween en Alcalá de Henares. Lo que esperaba ser una noche divertida se convirtió en una experiencia desconcertante. Ruido, disfraces grotescos, música lúgubre... Shushu salió de allí con el alma sobrecogida, caminando sin rumbo, hasta encontrarse de frente con la catedral de los Santos Justo y Pastor.

Desde el interior del templo, una melodía suave y armoniosa rompía con el estruendo que acababa de dejar atrás. Atraída por aquella música, decidió entrar. Y fue entonces cuando lo vio: un gran crucifijo presidía el altar.

«Había una cruz muy grande, y vi a una persona ahí. Yo sabía que era Jesús porque había visto películas y leído libros, pero pensaba que era un hombre que decía cosas buenas, una especie de Confucio. Pero Confucio no está en la cruz, y Jesús sí», pensó. «Ahí me entró una intuición... si Dios existe en este mundo, yo creo que está en la cruz», explicaba.

Una mirada de padre

Decidió hablar con un sacerdote. No sabía lo que era el sacramento de la Reconciliación, pero vio un confesionario. Solo sentía la necesidad de contar lo que le estaba ocurriendo, y recordaba, por algunas películas, que ese era el lugar donde la gente «iba a contar sus penas y estaba mejor». Así que fue, simplemente, a contarle su vida a quien estuviera al otro lado.

Cuando ya pensaba marcharse, el sacerdote abrió la ventanilla. «Y me miró con una mirada muy especial», recuerda. Fue —dice— «una mirada de padre», una expresión que le transmitió una profunda confianza. Como si, de algún modo, «me hubieran estado esperando».

El sacerdote le presentó a las Siervas del Hogar de la Madre. Aquellas religiosas, sonrientes, jóvenes «y guapísimas», como las define, le sorprendieron tanto como el propio templo. «Yo no sabía nada, no había visto una monja en mi vida», cuenta entre risas. Pero había algo que la interpelaba: «Nunca había visto una persona tan feliz, tan alegre, tan joven. Decidí convertirme tras conocer a las hermanas».

Una de ellas le preguntó: «¿Quieres bautizarte?». Shushu no sabía qué significaba aquella palabra, así que preguntó. «Me dijo que bautizarse significa 'ser hija de Dios, como nosotras'. En ese momento no entendía nada, ni sabía por qué una china puede ser hija de Dios o por qué Dios es mi Padre», relataba. Sin embargo, algo se encendió en su interior: «Es como que sentía esta llamada en mi corazón: yo también quería bautizarme, quería ser como ellas, hija de Dios».

España, el inicio de «una nueva vida»

Fue bautizada con el nombre de Shushu María en la misma catedral en la que, por pura casualidad, había entrado aquel 31 de octubre. Años más tarde, en ese mismo lugar, también se casó. La cruz que vio por primera vez sigue presidiendo su vida.

Su historia, marcada por el abandono del ateísmo y el descubrimiento de la fe, no ha sido un camino fácil, pero nunca lo recorrió sola. El acompañamiento de las religiosas fue clave para que pudiera abrirse a la fe y perseverar.

Hoy, con 32 años, Shushu lo tiene claro: España es su «patria espiritual». Es aquí donde fue bautizada, donde formó una familia y donde, como ella misma dice, comenzó «una nueva vida».