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Jonathan Roumie, en una escena de The Chosen

Jonathan Roumie ('The Chosen'): «No tienes que interpretar a Jesús en la tele para serlo en el mundo que te rodea»

El actor participó en una procesión eucarística por Nueva York y ofreció una emotiva reflexión en la catedral de San Patricio sobre el poder transformador de la Eucaristía: «Es mi tren express al cielo»

Quizá lo primero que viene a la cabeza al pronunciar el nombre de Jonathan Roumie es la imagen del actor estadounidense conocido mundialmente por su interpretación de Jesús en la serie The Chosen. Sin embargo, lo que a menudo se tiende a pasar por alto es su constante testimonio de fe en Cristo, a quien reconoce como el verdadero motor de su vida.

El propio Roumie lo admitía en una entrevista con este mismo medio el pasado marzo, cuando afirmaba que interpretar a Jesús le había transformado profundamente: «Me ha hecho querer ser una mejor versión de mí mismo, un mejor ser humano. Creo que ha tenido un impacto positivo en mis relaciones y me reta a seguir siendo mejor en la vida en general».

Una afirmación que también encontró matices durante su última intervención en la catedral de San Patricio, el pasado 16 de octubre, en el marco de la procesión eucarística organizada por el Instituto Napa en Nueva York, cuando quiso subrayar que no hacen falta circunstancias extraordinarias para vivir esa transformación interior y reflejar a Cristo en la vida diaria: «No tienes que ser Jesús en la televisión para ser Jesús ante el mundo que te rodea».

El cristianismo de lo cotidiano

Roumie no habló de rodajes, sino de humildad. Reivindicó la santidad de los gestos pequeños: sostener una puerta, ofrecer una sonrisa, comprar un café a quien no tiene nada. En su opinión, seguir a Cristo no consiste en grandes gestas, sino en la constancia de lo sencillo. «Abrazar la humildad de Cristo —dijo— es esencial en este camino para seguirlo: estar al servicio de todos los que encuentres y llevar contigo la alegría de Cristo mientras le sirves».

Luego, Roumie enfatizó esta idea con una serie de preguntas retóricas: «¿Por qué los pequeños gestos? ¿Cuál es la importancia de las cosas más pequeñas? ¿No debería hacer algo enorme? ¿No debería salir en televisión e interpretar a Jesús?» Para enseguida ofrecer una respuesta: «No, no deberías. Créeme, no lo recomiendo. Es una gracia y un regalo, claro, pero no tienes por qué hacerlo. No tienes que interpretar a Jesús en la televisión para ser Jesús para el mundo que te rodea».

Imagen de la serie 'The chosen'

Es por ello que el actor insistió en volver a lo esencial: la Sagrada Comunión como fuente de vida y fuerza. Parafraseando a uno de sus referentes espirituales, san Carlo Acutis, recordó que «la Eucaristía es el camino al cielo». Y añadió, con un guiño propio: «La Eucaristía es mi tren express al cielo».

La promesa cumplida

Roumie relató que durante el rodaje de la sexta temporada de The Chosen, centrada en la Crucifixión, la intensidad emocional le exigían una fuerza que «yo por mí mismo no poseo, sino solo Cristo mismo», algo que le llevó a buscar apoyo en los sacramentos. «La única manera de sostenerme era participando en la Sagrada Eucaristía con la mayor frecuencia posible», explicó.

Para el actor, la misa diaria, la confesión y la adoración son el motor que transforman la vida del creyente: «Sin duda habría muerto de hambre y perecido en el abismo de mi propia aproximación mental a la crucifixión y muerte de Nuestro Señor», aseguró.

«Fue Cristo quien tomó el control y moldeó mi alma para reflejarse más él dentro de mí. Es Cristo cuya luz brilla en esta paleta de piel y huesos —añadió—. Es Cristo cuyo corazón se convierte en nuestro corazón. Y es a Cristo a quien el mundo ve y siente, no a mí».

Roumie cerró recordando que el cristianismo no se sostiene en emociones pasajeras, sino en una promesa viva: «Él nos aseguró que estaría con nosotros hasta el fin de los tiempos. Hoy, dos mil años después, sigue cumpliendo su palabra en la Eucaristía».

Ser portadores del amor de Dios en lo concreto, allí donde vivimos, trabajamos o servimos: esa fue su invitación a los fieles presentes. «Continuemos, o tal vez incluso comencemos,– aseveró–a ser verdaderos testigos, ante todos los que nos observan, de la esperanza, la sanación, el consuelo y la alegría que solo se encuentran en el deseo más profundo del corazón humano. Ese deseo es Cristo mismo».