Visión del Beato Alonso Rodríguez por Francisco de Zurbarán
Cuarenta años abriendo la misma puerta: así fue la vida de san Alonso Rodríguez, el portero que se hizo santo
Murió tal día como hoy en 1617, tras décadas de servicio silencioso. En cada visitante veía el rostro de Cristo y en cada golpe de aldaba respondía con un «ya voy, Señor»
Hay vidas que parecen pasar de puntillas por la historia y, sin embargo, dejan una huella más profunda que la de muchos héroes. Alonso Rodríguez, nacido en Segovia en 1531, fue uno de esos hombres que nunca ocuparon un trono ni dirigieron ejércitos, pero cuya puerta —la del colegio de los jesuitas en Palma de Mallorca— se convirtió en el umbral hacia Dios para cuantos la cruzaron.
Lo suyo no fueron unos inicios fáciles. Hijo de un comerciante de paños, segundo de once hermanos, Alonso conoció pronto el peso de la responsabilidad. Al morir su padre, trató de sostener el negocio familiar, pero su falta de habilidad para el comercio lo llevó de tropiezo en tropiezo. Parecía un hombre sin fortuna: perdió a su mujer, a sus dos hijos y a su madre en pocos años. Solo, deshecho y sin rumbo, encontró entonces la única puerta que lo llevaría a la plenitud: la de su fe.
«Ya voy Señor»
Tras una confesión general que marcó un nuevo comienzo, Alonso decidió entregarse por completo a Dios. A los 36 años dejó sus bienes y partió a Valencia con la intención de ingresar en la Compañía de Jesús. Pero su edad, su salud frágil y su escasa formación parecían cerrarle ese camino. No se rindió.
Trabajó como ayo, mendigó y con lo que conseguía se costeaba los cursos de latín. Finalmente, en 1571, fue admitido como hermano lego en el colegio de Montesión de Palma. Allí, desde la portería sirvió durante cuarenta años con una obediencia tan radical que cuentan que, cuando un día estaba enfermo, el enfermero le llevó la comida a la cama con un encargo del Padre Superior: «que se coma todo el plato». Cuando el cuidador regresó para retirar los restos lo encontró deshaciendo el plato y comiéndoselo pulverizado.
«Obedecía a lo asno», decía uno de los padres. Pero su obediencia no era ciega, era luminosa: veía en cada orden un modo de encontrarse con Dios. Cada golpe de aldaba lo respondía con un «ya voy, Señor», convencido de que en cada visitante se le presentaba Cristo. Además, a cada uno le daba un lugar y un nombre: «Allí viene el humilde. Ahí, el obediente. Allá viene el que jamás se ofende. Ese es el que vive en viva fe. Viene el de gran pobreza. Ese es prudente. Hacia aquí viene el piadoso».
Eso sí, nadie podía imaginar que aquel hombre de bondad durante años padeció aridez espiritual, escrúpulos y tentaciones que lo atormentaban hasta el límite. «En las tentaciones he sido más de doscientas veces mártir», llegó a confesar. Y, sin embargo, nunca se apartó de su puesto. Veía en cada semblante el rostro de Cristo y por eso jamás permitió que la aspereza o la impaciencia se colaran en su gesto. Perseveró, abriendo la puerta una y otra vez, hasta que al final de su vida experimentó una presencia viva de Jesús y de María que lo colmó de consuelo.
San Alonso Rodríguez murió tal día como hoy en 1617, tras casi cuatro décadas de servicio silencioso. Quizá esa puerta que abrió durante cuarenta años se convierta en un recordatorio de la certeza del Evangelio: Dios llama, y quien responde abre un camino hacia la gracia.