San Pier Giorgio Frassati (centro) con la chica que amaba, Laura Hidalgo (al lado suyo).
Frassati y Laura Hidalgo: el amor por una joven de ascendencia española que el santo sacrificó por la unidad de sus padres
Nicolás Koch cuenta a El Debate un episodio poco conocido de la vida de un santo, pero también de un joven de carne y hueso. Su sacrificio no fue una rendición ni una derrota; fue un acto de amor puro, capaz de dejar ir a quien se ama por un bien mayor
Las típicas historias de amor del cine, al estilo de Orgullo y Prejuicio o La Dama y el Vagabundo, no se quedan solo en la gran pantalla. Cuesta imaginar que incluso grandes santos de la Iglesia, como Pier Giorgio Frassati —convertido hoy en modelo para miles de jóvenes—, también pudieron vivir algo parecido: enamorarse de alguien que no pertenecía a su mismo entorno social, y afrontar los conflictos que ello conllevaba.
Laura Hidalgo no era una joven al uso de la alta sociedad turinesa a la que sí pertenecía el joven. Pero imponía una un carácter, autenticidad y una fe que cautivaron a Pier Giorgio. Hija de un general español nacionalizado italiano, Laura era huérfana de ambos padres y estudiaba en la facultad donde el recién canonizado cursaba sus estudios. Pier Giorgio provenía de una familia noble: era hijo de un senador y diplomático, y además director del periódico liberal La Stampa.
El grupo de jóvenes amigos pasando un día en el campo. Frassati (extremo derecho), sentado detrás de Laura (mirando directamente a la cámara)
Ambos jóvenes formaban parte de 'I Tipi Loschi' («los tipos oscuros» o «sospechosos», como se llamaban con humor), un grupo de amigos católicos, vibrante y dinámico que Pier Giorgio 'fundó' para organizar y realizar excursiones y donde sus integrantes vivían la fe con sencillez y buen humor. Para Frassati, Laura no era una chica más; en ella veía la posibilidad de un amor verdadero, bello y puro, cimentado en otro amor compartido: Dios. Nicolas Koch, un joven sacerdote suizo que acaba de producir un filme sobre su vida, cuenta a El Debate este episodio tan humano como doloroso de la vida del santo.
El dilema: el amor frente a la unidad familiar
Aproximadamente un año antes de su prematura y repentina muerte a los 24 años, Pier Giorgio era ya consciente de su amor por Laura, pero el silencio se convirtió en su única opción. El contexto familiar de los Frassati era complejo. Sus padres nunca habrían aceptado a una joven que no perteneciera a su estatus social; para ellos, aquella unión resultaba impensable. Además, el matrimonio atravesaba una crisis profunda. Pier Giorgio sabía que introducir un conflicto como su relación con Laura podía convertirse en el detonante definitivo de la separación de sus padres.
Ante esta situación, el joven tomó una decisión que Koch califica como un «gran sacrificio»: renunció a declarar su amor tanto a Laura como a su familia para preservar la precaria paz de su hogar. Su hermana Luciana fue una de las pocas confidentes de este proceso y la primera en aconsejarle que dejara de ver a Laura. Ella documentó el profundo dolor y la crisis que esta renuncia le provocó. De hecho, cuenta Koch, Pier Giorgio a veces salía fuera de la ciudad para desahogarse y gritar. «No todos entendieron este sacrificio; algunos decían: '¿Por qué lo haces? Estás loco'. Pero él tenía sus propias razones y una conciencia muy precisa», relata el joven sacerdote.
«Destruir una familia para crear una nueva sería un absurdo y algo en lo que ni siquiera vale la pena pensar. Seré yo quien se sacrifique; pero si Dios así lo quiere, que se haga su voluntad», escribió en su diario el joven. Su pureza no era ingenuidad. Según los testimonios de su hermana, Pier Giorgio poseía una mirada capaz de ver la belleza en su estado más puro. «Podía ver una obra de arte de una mujer desnuda y solo percibía la belleza, sin atribuirle nada impuro», afirma el productor del filme. Su renuncia adquiere aún mayor relieve si se tiene en cuenta que sus padres no comprendían su modo de vivir.
En ocasiones despreciaban sus gestos de caridad, como las visitas a las chabolas de los pobres. Su padre, con una concepción muy distinta de lo que significaba el éxito, llegó incluso a tacharlo de inútil. Pero Pier Giorgio nunca respondió desde el orgullo y conservaba una alegría serena que desarmaba a quienes le rodeaban. Quizá por eso san Juan Pablo II, al beatificarlo en 1990, lo definió como «el hombre de las ocho bienaventuranzas».
Los santos no son extraños a las pasiones ni a los deseos del corazón, y Pier Giorgio Frassati lo demuestra con claridad. Amó profundamente a otro ser humano y, aun así, supo transformar ese amor en una renuncia discreta. No huyó de su familia ni de sus afectos; simplemente vivió su juventud, su fe y sus relaciones con una normalidad heroica que hoy interpela: reconocer el amor en su forma más pura también exige saber entregarlo.