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Café con mantequillaGetty Images/iStockphoto

La «tragedia» de la mantequilla: el secreto del capellán y su entrenamiento 'invisible' para ser santo

En plena Cuaresma, la historia del jesuita Willie Doyle revela por qué incluso renunciar a un simple trozo de pan untado constituye la verdadera «epopeya» del hombre corriente

Según el Catecismo de la Iglesia Católica (puntos 2012-2016), la santidad es la vocación universal a la plenitud de la vida cristiana y la perfección de la caridad. Es un llamado para todos los bautizados a unirse íntimamente a Cristo, aprendiendo a vivir como hijos de Dios con la gracia del Espíritu Santo.

El Papa Benedicto XVI lo ilustró con una imagen plástica: la santidad es la «estatura» que Cristo alcanza en nosotros cuando modelamos nuestra vida según la suya. Para quienes buscan una definición sin rodeos, san Josemaría Escrivá solía ir al grano: la santidad no significa otra cosa que la unión con Dios. Es una regla de tres sencilla: «a mayor intimidad con el Señor, más santidad».

Pero esa intimidad rara vez se forja en momentos extraordinarios. Más bien se construye en el tejido discreto de la vida diaria. La santidad en lo ordinario significa precisamente eso: que la vida cotidiana —con sus pequeños esfuerzos, decisiones, luchas y sacrificios— es el lugar donde esa unión con Dios se vive y se fortalece. Como en cualquier relación humana, una amistad o un matrimonio no se sostienen por un gran gesto aislado, sino por mil detalles cotidianos.

A veces, de hecho, el escenario de esas pequeñas victorias es tan prosaico como una mesa de desayuno en un refectorio jesuita. Y aquí es donde empieza esta historia. Hace algo más de cien años murió en combate un hombre cuya vida ilustra bien esta lógica espiritual: el padre Willie Doyle, un sacerdote irlandés cuya biografía, publicada en 1920, se convirtió en un inesperado best seller y llegó a manos de un joven Josemaría Escrivá en 1933.

Una vida «heroicamente vulgar»

Doyle, que nació en Dublín en 1873 y fue ordenado sacerdote en 1907, era un hombre de una caridad recia que aprendió desde niño ayudando a los pobres de su barrio. Como capellán militar durante la Primera Guerra Mundial, alcanzó el grado de capitán y se ganó el respeto de sus hombres al estar con ellos «día y noche», asistiendo a los heridos y enterrando a los muertos bajo el fuego enemigo.

Sin embargo, ese heroísmo final en la batalla de Passchendaele, donde murió rescatando soldados el 16 de agosto de 1917, se gestó mucho antes, en lo que san Josemaría llamó una vida «heroicamente vulgar». En sus diarios privados, que el sacerdote quiso que fueran destruidos tras su muerte, Doyle registraba una lucha minuciosa contra sus propios gustos: la renuncia a la mantequilla en el desayuno.

«La idea de desayunar una tostada a secas con té sin azúcar se me hace verdaderamente difícil», anotaba Doyle en sus diarios. Para un irlandés, privarse de ese pequeño gusto matinal era una pequeña «tragedia» cotidiana que preparaba el alma para entregas mayores. San Josemaría capturó esta esencia en el punto 205 de su libro Camino.

Punto 205 de 'Camino'

«Leíamos —tú y yo— la vida heroicamente vulgar de aquel hombre de Dios. —Y le vimos luchar, durante meses y años (¡qué «contabilidad», la de su examen particular!), a la hora del desayuno: hoy vencía, mañana era vencido... Apuntaba: «no tomé mantequilla..., ¡tomé mantequilla!»

Ojalá también vivamos —tú y yo— nuestra... «tragedia» de la mantequilla».

El balance de las pequeñas batallas

La «contabilidad» de la que habla Escrivá podría definirse como ese 'registro' honesto de nuestras batallas diarias. Se refería a esa capacidad de Doyle para anotar con realismo sus victorias y derrotas: «no tomé mantequilla... ¡tomé mantequilla!». No es un ejercicio de perfeccionismo obsesivo, sino de amor detallista. Es saber que la santidad se construye con un balance de «hoy vencí, mañana fui vencido», pero volviendo a empezar siempre.

El propio fundador del Opus Dei, al leer estos apuntes, anotó en su diario: «¡qué bien comprendo la tragedia de la mantequilla!». Su propia batalla personal en aquel 1933 consistía en la mortificación de no leer los periódicos, una lucha que calificaba de epopeya personal: «Alguna vez, vencedor; las más veces, vencido».

Al final, la vida de Doyle fue una respuesta coherente al deseo que escribió la mañana de su ordenación: «Mi mayor deseo y mi más firme voluntad es afrontar toda lucha sin descanso para ser santo». Ese propósito se reflejaba también en los pequeños combates cotidianos, como cuando estuvo a punto de abandonar su renuncia a la mantequilla en un desayuno. Entonces anotó: «Jesús me sugirió que le pidiese a Él la fortaleza necesaria para mantener mi propósito. La tentación me abandonó en el refectorio y pude desayunar con el corazón lleno de alegría. Ahora comprendo que nada es imposible si pido a Dios la fortaleza para llevarlo a cabo».

La historia de Willie Doyle ha inspirado a figuras como Teresa de Calcuta, y tras su fallecimiento se recibieron más de 6.000 relatos de favores procedentes de distintos países del mundo en los quince años siguientes.

En este tiempo de Cuaresma, su testimonio no invita a afrontar los propósitos espirituales como una carga solitaria ni como un ejercicio de perfeccionismo, sino como un diálogo constante con Dios. Una lucha que, a veces, comienza con algo tan sencillo como dejar la mantequilla a un lado para fortalecer el espíritu frente a lo que esté por venir.