Ante las autoridades en el Palacio, el Papa advirtió que la riqueza no debe ser un fin, sino un talento puesto en circulación para el bien común. Denunció dinámicas de poder que olvidan al necesitado, señalando la existencia de «estructuras de pecado que excavan abismos entre pobres y ricos, entre privilegiados y descartados». Cada bien recibido, recordó, tiene un destino universal.