Nadie como Diego Velázquez supo reflejar el sentido teológico de Cristo en la Cruz
«Cuéntenme la historia de ese Dios»: el impacto de una anciana de Bután al ver un crucifijo por primera vez en su vida
El padre Federico Highton, fundador de la Orden de San Elías, relata el suceso de una mujer de 80 años que, sin haber oído jamás el nombre de Jesús, reconoció la divinidad en la imagen del Crucificado
En las montañas de Bután, reino budista en el borde oriental del Himalaya, el padre Federico Highton, misionero argentino y fundador de la Orden de San Elías, recorría una aldea remota junto a un intérprete voluntario francés, ambos vestidos con la ropa tradicional de la zona para integrarse entre los lugareños. Portaban consigo una gran cruz de madera, traída desde España, como único estandarte de su presencia.
Al entrar en la vivienda de una mujer de unos 80 años, que no hablaba su idioma y que vivía en completo desconocimiento del cristianismo, la anciana fijó su mirada en el hombre clavado en el madero y sentenció: «Cuéntenme la historia de ese Dios». La mujer, que nunca había escuchado el nombre de Jesús ni tenido contacto con la fe católica, intuyó de forma inmediata que aquella imagen representaba la divinidad.
La Orden que nació en el Tíbet
Este suceso, que cuenta en una entrevista con Obras Misionales Pontificias, es uno de los muchos que recopila la Orden de San Elías, una sociedad de vida apostólica de derecho diocesano nacida en 2015 precisamente en la meseta tibetana. Fundada por los sacerdotes Federico Highton y Javier Olivera Ravasi, la congregación se define por un objetivo radical: llegar allí donde «nunca antes fue anunciado el Evangelio» y donde no existen almas católicas.
Bajo el paraguas de la plataforma misionera católica Omnes Gentes Project (OGP), estos misioneros —cuyo nombre rinde homenaje al «celo y predicación incansable» del profeta Elías— centran sus esfuerzos en anunciar a Jesucristo en los sitios más recónditos del planeta, y por eso están dispuestos a «predicar en la sabana, el hielo, la selva o las montañas». Según sus registros, existen más de 637 pueblos paganos y por eso su labor se extiende hoy desde las cumbres del Tíbet hasta la sabana del norte de Malawi, pasando por las selvas y desiertos de las periferias más olvidadas.
El «protagonista» de la misión
Para el padre Highton, episodios como el de la anciana de Bután no son fruto del azar ni de la pericia del evangelizador. El sacerdote sostiene que es el Espíritu Santo quien actúa primero en el alma, preparando el terreno antes de cualquier anuncio explícito. «A menudo los comienzos son extraordinarios porque el Espíritu Santo es el protagonista de la misión, uno solamente es un actor de reparto», explica el misionero, quien ha dedicado años a rescatar esclavos en Pakistán y a predicar en entornos hostiles.
El estilo de esta joven orden, que combina la itinerancia con una estética tradicional —es habitual ver al padre Highton con sotana incluso en sus expediciones—, busca recuperar el «gusto de la misión» en su estado más puro. En lugares como Malawi, su presencia ya ha dado frutos tangibles, como la conversión de jefes de aldea y la donación de terrenos para levantar las primeras iglesias donde antes solo había paganismo o idolatría.