Luis IX, primo de San Fernando, gobernó Francia con un profundo sentido de servicio y bien común. Su madre, Blanca de Castilla, le inculcó la firmeza, la justicia y el aborrecimiento total del pecado. Intervino personalmente en la administración de justicia y fue magnánimo con sus enemigos ingleses tras la victoria. Fundó la Santa Capilla para albergar las reliquias de la Pasión, donde pasaba largas horas en oración. Participó en las Cruzadas por fe, falleciendo finalmente por la peste mientras cuidaba a sus propios soldados enfermos. Canonizado en 1297 por el Papa Bonifacio VIII, es uno de los modelos más destacados del ideal del caballero cristiano. Su vida privada y pública demostró que el trono puede ser un lugar de santificación constante.