Monseñor Alberto José González Chaves fue nombrado en 2011 capellán de Su Santidad por Benedicto XVI
Entrevista a monseñor Alberto José González Chaves sobre san Juan de la Cruz (II)
«No debemos tener miedo cuando Dios parece callar. Si lo hace es porque está trabajando más hondamente que nunca»
Tras diagnosticar el miedo al descontrol y la falta de esperanza de la sociedad actual, monseñor Alberto José González Chaves propone a San Juan de la Cruz como un maestro de vida para el cristiano del siglo XXI
¿Es san Juan de la Cruz un autor para especialistas y élites o un maestro para el padre de familia y el trabajador de hoy? Monseñor González Chaves aborda en esta segunda parte de su entrevista con El Debate esta cuestión, tras haber analizado en la primera entrega la verdadera esperanza sanjuanista como una purificación de la memoria que nos permite confiar en Dios precisamente cuando parece callar.
En este 'volumen' final, el teólogo sostiene que el desapego no es lo opuesto al amor, sino a la idolatría: solo quien no necesita poseer puede entregarse con auténtica libertad. Al situar a Dios en el centro, el ideal de san Juan de la Cruz del «olvido de lo criado» deja de ser una huida de la realidad para convertirse en la clave para el cristiano del siglo XXI: habitar el mundo, su profesión y su hogar con el corazón libre de los hijos de Dios.
Lo extraordinario de lo ordinario
–El Santo decía que servir a Dios es «andar en sus cosas como pudiéremos». ¿Cómo equilibra un cristiano del siglo XXI la mística de la Llama de amor viva con la realidad cotidiana de la familia, el trabajo y las dificultades de cada día?
–Existe un prejuicio: pensar que San Juan de la Cruz pertenece únicamente a los monasterios o a las almas contemplativas. Pero él describió el camino normal del crecimiento de toda vida cristiana: la unión con Dios no es una vocación reservada a unos pocos privilegiados; es la meta a la que está llamado todo bautizado. Se comete una injusticia con fray Juan convirtiéndolo en un autor para especialistas. Se le estudia en las facultades, se le cita en congresos de espiritualidad y se le admira como poeta sublime, pero pocas veces se presenta como un maestro de vida para el padre o la madre de familia, el médico, el agricultor, el profesor, el joven universitario o el anciano enfermo. Sin embargo, toda su doctrina desemboca precisamente ahí: en aprender a amar a Dios en cualquier estado de vida.
La frase que usted recuerda está tomada precisamente de una carta que él escribe en Segovia el 12 octubre 1589 a la seglar granadina Doña Juana de Pedraza: ¿Qué piensa que es servir a Dios, sino no hacer males, guardando sus mandamientos, y andar en sus cosas como pudiéremos?. Refleja admirablemente su extraordinario realismo espiritual: Juan de la Cruz no propone un idealismo desencarnado ni exige vivir continuamente en éxtasis contemplativos; sabe que la santidad se construye en la fidelidad humilde de cada jornada. Dios no nos pide hacer cosas extraordinarias, sino hacer extraordinariamente bien las cosas ordinarias.
El cartel que promociona el Año Jubilar de San Juan de la Cruz
Hay un principio suyo que me parece decisivo: Dios mira más el amor con que se hace una obra que la grandeza de la obra misma. Por eso escribe: el más puro padecer trae y acarrea más puro entender (Dichos de luz y amor), y también: adonde no hay amor, ponga amor y sacará amor (Carta 26). Es decir: el amor auténtico es una decisión antes que un sentimiento. Eso cambia completamente la vida cotidiana. Una madre que cuida pacientemente a un hijo enfermo; un padre que trabaja honradamente para sacar adelante a su familia; un sacerdote que celebra con devoción la Santa Misa aunque se encuentre interiormente seco; una religiosa que persevera en su oración sin experimentar consuelos; un anciano que ofrece con paz sus limitaciones...
Todos ellos pueden estar viviendo la doctrina de la Llama de amor viva, porque la Llama no describe una experiencia extraordinaria reservada a unos pocos místicos, sino el grado supremo de la caridad: el Espíritu Santo llega a poseer de tal manera el alma que todas sus acciones quedan impregnadas de amor divino. Pero ese incendio no comienza de repente: se desarrolla en las pequeñas fidelidades de cada día, como el fuego va transformando el leño hasta hacerlo semejante a sí mismo, con un proceso lento, silencioso. También así obra la gracia en la vida ordinaria: cada acto de paciencia, cada renuncia oculta, cada perdón concedido, cada deber cumplido por amor va alimentando esa llama interior.
El Santo no contrapone contemplación y acción; al contrario, cuanto más unida está el alma a Dios, más fecunda resulta su actividad. Que el alma transformada diga ya sólo en amar es mi ejercicio (Cántico espiritual 28) no significa que deje de trabajar, sino que todo cuanto hace queda unificado por un mismo principio interior: el amor de Dios. Hoy necesitamos recuperar esta visión. Vivimos fragmentados; separarnos fácilmente la oración del trabajo, la fe de la vida profesional, el domingo del resto de la semana. Para Juan de la Cruz existe una única vida, enteramente penetrada por la presencia de Dios. La contemplación auténtica no nos aleja de las responsabilidades, sino que nos hace vivirlas con mayor libertad, serenidad y entrega.
La oración no consiste ante todo en hacer cosas, sino en dejar que Dios actúe
Por eso, el cristiano del siglo XXI no ha menester huir del mundo para vivir la mística sanjuanista; lo que necesita es vivir en el mundo con el corazón libre. El verdadero desasimiento no consiste en abandonar las cosas, sino en impedir que estas ocupen el lugar de Dios. Una familia, una profesión, una amistad o incluso un apostolado pueden convertirse en ocasión de santidad o en obstáculo para ella, según el lugar que ocupen en el corazón. En definitiva, la Llama de amor viva no comienza cuando desaparecen las obligaciones, sino cuando aprendemos a descubrir que Dios nos espera precisamente en ellas. El taller de José en Nazaret es un lugar sanjuanista, porque la mística no consiste en salir de la realidad, sino en dejar que Dios la transfigure desde dentro, hasta poder repetir en medio de la vida más sencilla, ya sólo en amar es mi ejercicio.
Todo está dicho en Cristo
–San Juan advierte sobre los peligros de buscar «cosas raras o aparatos» en la fe. En un tiempo donde proliferan numerosos métodos espirituales, ¿cómo nos enseña el Santo a vivir en la «fe oscura y verdadera» sin necesidad de espectáculos?
–Creo que si San Juan de la Cruz viviera entre nosotros, probablemente no comenzaría denunciando el secularismo, sino una religiosidad superficial, demasiado pendiente de lo extraordinario. Porque el problema no es sólo que el mundo haya dejado de creer; es que muchos creyentes buscan a Dios donde Él no ha prometido manifestarse. Vivimos fascinados por lo llamativo. Apariciones, revelaciones privadas, mensajes, signos extraordinarios, emociones intensas, experiencias impactantes, métodos novedosos... Parece que, cuanto más excepcional es un fenómeno, más fácilmente lo identificamos con la acción de Dios. Para Juan de la Cruz, el camino ordinario por el que Dios conduce al alma es la fe, una fe desnuda, oscura y pura, precisamente porque no se apoya ni en visiones ni en sentimientos, sino únicamente en la Palabra de Dios.
Juan de la Cruz afirma que Dios ya nos ha hablado plenamente en Jesucristo y que, por tanto, quien anda buscando revelaciones continuas, novedades espirituales o mensajes extraordinarios demuestra, en el fondo, que todavía no ha descubierto la riqueza infinita de Cristo: Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar… Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad. Porque le podría responder Dios de esta manera, diciendo: «Si te tengo ya habladas todas las cosas en mi Palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra, ¿qué te puedo yo ahora responder o revelar que sea más que eso?» (2 Subida 22, 2).
Es un aviso luminoso para nuestro tiempo tan neomaravillosista, rodeado de una permanente ansiedad por lo llamativo: nuevos métodos, nuevas experiencias, nuevos fenómenos, nuevas espiritualidades. Juan de la Cruz responde: «Vuelve a Cristo: en Él está todo». Quien vive insatisfecho buscando continuamente nuevas revelaciones demuestra que todavía no ha descubierto toda la riqueza contenida en Cristo. No es que el santo niegue la posibilidad de gracias extraordinarias; la Iglesia nunca las ha negado. Lo que afirma es que convertirlas en fundamento de la vida espiritual es un grave error. Dios puede concederlas; nosotros no debemos buscarlas. Es más, llega a decir que desear visiones, locuciones o revelaciones puede ser una falta contra la pureza de la fe, porque supone querer otro modo de conocer a Dios distinto del que Él mismo ha establecido. Es una afirmación netamente evangélica. Recordemos que el mismo Señor dijo a Tomás el Apóstol: «Bienaventurados los que crean sin haber visto».
En este contexto cobran especial importancia aquellas expresiones sanjuanistas: «fe oscura», «noticia general y amorosa», «tiniebla luminosa». Para San Juan, la oscuridad de la fe no es un defecto, sino una perfección. La fe es oscura precisamente porque Dios es infinitamente superior a nuestra inteligencia. Si pudiéramos comprenderlo plenamente, ya no sería Dios. Como explica en la Subida, la fe es el próximo y proporcionado medio al entendimiento para que el alma pueda llegar a la divina unión de amor (2 Subida, 9). No dice que sea un medio, sino el medio.
Aquí encuentro una enseñanza muy necesaria para nuestro tiempo. Hoy se habla mucho de técnicas de oración. Algunas pueden ser útiles como ayuda inicial, pero existe el peligro de reducir la vida espiritual a un conjunto de métodos. Juan de la Cruz nos devuelve siempre a lo esencial. La oración no consiste ante todo en hacer cosas, sino en dejar que Dios actúe. La contemplación no es una técnica que el hombre domina; es un don que Dios comunica gratuitamente a un alma humilde, purificada y disponible. Por eso insiste el santo en el silencio interior; no un silencio vacío o meramente psicológico, sino un silencio lleno de fe. Una palabra habló El Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio; y en silencio ha de ser oída del alma (Dichos de luz y amor 100). ¡Qué actualidad tiene esta frase en una sociedad saturada de ruido, de imágenes, de estímulos constantes! El gran problema no es que Dios haya dejado de hablar; es que nosotros hemos perdido la capacidad de escuchar.
Juan de la Cruz no era un enemigo del mundo, porque lo miraba con los ojos de Dios
Cuando Juan de la Cruz pone en guardia contra lo espectacular no está condenando la belleza de la liturgia, ni la riqueza de la piedad popular, ni las auténticas manifestaciones extraordinarias que la Iglesia discierne prudentemente. Lo que denuncia es la curiosidad espiritual, esa especie de inquietud permanente que siempre necesita algo nuevo porque no acaba de descansar en Cristo, frente a la «fe oscura y verdadera», que no llama la atención, pero sostiene a la Iglesia mucho más que cualquier fenómeno espectacular.
San Juan de la Cruz no nos invita a la fascinación por lo extraordinario, sino a la adoración del Extraordinario hecho ordinario: Jesucristo presente en la Iglesia, en la Sagrada Escritura, en los sacramentos y, de manera eminente, en la Santísima Eucaristía. Quien descubre esa presencia ya no necesita correr detrás de novedades: ha encontrado el Tesoro. Mire aquel infinito saber y aquel secreto escondido. ¡Qué paz, qué amor, qué silencio está en aquel pecho divino, qué ciencia tan levantada es la que Dios allí enseña! (Dichos de luz y amor, 166).
No amar menos, sino amar mejor
–Para Juan de la Cruz, el desapego de las criaturas no significa despreciar el mundo, sino ordenar el amor. ¿Cómo explicar hoy que el «olvido de lo criado, memoria del Criador» no es una huida de la realidad, sino una forma más libre de vivir en ella?
–Éste es, probablemente, un aspecto no muy comprendido de la doctrina de San Juan de la Cruz. Basta pronunciar palabras como «desasimiento», «desapego», «nada» o «olvido de lo criado» para que muchos imaginen inmediatamente una espiritualidad triste, enemiga del mundo, incapaz de apreciar la belleza de la creación o los afectos humanos. Sin embargo, sucede exactamente lo contrario.
El santo no enseña a amar menos las criaturas, sino a amarlas mejor, porque el problema nunca son las criaturas - buenas, porque han salido de las manos de Dios -, sino el corazón que se apega desordenadamente a ellas. Fray Juan es uno de los mayores poetas de la naturaleza: en su Cántico espiritual encontramos montañas, bosques, ríos, fuentes cristalinas, valles solitarios, flores, ciervos, palomas, aires y amaneceres. Difícilmente podría escribir así quien despreciara el mundo. Lo que ocurre es que contempla la creación «sacramentalmente»: no como una realidad cerrada sobre sí misma, sino como un inmenso espejo que remite constantemente a Dios. Por eso pone en labios del alma una letanía de requiebros:
Cántico espiritual 14-15
los valles solitarios nemorosos,
las ínsulas extrañas,
los ríos sonorosos,
el silbo de los aires amorosos,
la noche sosegada
en par de los levantes del aurora,
la música callada,
la soledad sonora,
la cena que recrea y enamora
El alma no mira las criaturas aisladas de Dios; las contempla transparentando la hermosura del Creador, porque las criaturas son como un rastro del paso de Dios, por el cual se rastrea su grandeza, potencia y sabiduría y otras virtudes (Cántico 5, 3).
Cántico espiritual 5
pasó por estos sotos con presura,
y, yéndolos mirando,
con sola su figura,
vestidos los dejó de hermosura
El universo entero ha quedado marcado por la belleza de Quien lo creó. Juan de la Cruz amaba la belleza de la creación, disfrutaba contemplando los campos, los árboles, las fuentes, el cielo estrellado. No era un enemigo del mundo, porque lo miraba con los ojos de Dios. Ahí está la clave de su mística: no escribe como un filósofo que especula sobre Dios, sino como un enamorado que ha experimentado su presencia. Por eso todo su lenguaje está tomado de la vida cotidiana: la noche, la fuente, el ciervo, la música, las montañas, el vino, el huerto, la llama, la esposa y el esposo... Entonces, ¿qué significa su famosa cuarteta titulada Suma de la perfección? Hela aquí:
memoria del Criador,
atención a lo interior,
y estarse amando al Amado.
Ese olvido de lo criado significa, sencillamente, dejar de convertir las criaturas en absolutos. Cuando una persona busca en ellas la felicidad definitiva, les exige lo que ninguna criatura puede darle, y entonces aparecen la frustración, la dependencia, la posesividad… la esclavitud. Juan de la Cruz enseña que el apego no perjudica sólo la relación con Dios; también estropea nuestra relación con las propias criaturas. Quien pretende hacer de una persona el fundamento de toda su felicidad termina asfixiándola. Quien convierte el dinero, el éxito, el prestigio o incluso el apostolado en el centro de su existencia acaba siendo esclavo de ellos.
Por eso insiste el santo en la libertad interior. Con su imagen del pájaro atado por un hilo (tanto da que sea delgado o grueso) Juan no habla sólo de pecados: puede tratarse de afectos legítimos, de proyectos nobles o incluso de obras apostólicas. Todo depende de si ocupan el lugar que corresponde únicamente a Dios. Y aquí aparece la gran paradoja sanjuanista: cuanto más libre es el corazón respecto de las criaturas, más capaz es de amarlas, porque ya no las necesita para llenar un vacío interior, sino que las ama gratuitamente. El desapego no enfría el amor; lo purifica: lo libra del egoísmo, de la posesión y del interés.
El desapego, bien entendido, es la condición para amar de verdad
El hombre de hoy confunde amor con dependencia, libertad con autonomía absoluta y felicidad con acumulación de experiencias. Fray Juan enseña que el desasimiento no lleva a huir del mundo, sino a habitarlo de otra manera. El contemplativo no mira menos la realidad; la mira más profundamente. Descubre a Dios en el trabajo bien hecho, en la belleza de una puesta de sol, en el cariño de una familia, en el silencio de un monasterio, en el sufrimiento ofrecido, en la pobreza aceptada, en la amistad verdadera. Todo se convierte en transparencia de Dios. En el fondo – hoy que se habla tanto de ello – San Juan de la Cruz propone una auténtica «ecología del corazón»: antes de ordenar el mundo, hay que ordenar el amor: entonces todo encuentra espontáneamente su lugar. Dios, el primero; las criaturas, el que Él mismo les ha dado.
Lo contrario del amor no es el desasimiento sino la idolatría. El desapego, bien entendido, es la condición para amar de verdad. Porque sólo quien no necesita poseer puede entregarse; sólo quien no convierte a nadie en ídolo puede quererlo con auténtica libertad; y sólo quien pone a Dios por encima de todo descubre que, lejos de perder el mundo, lo recibe de nuevo, transfigurado por la luz del Creador. Por eso, el ideal sanjuanista — olvido de lo criado, memoria del Criador, atención a lo interior y estarse amando al Amado— no es una invitación a abandonar la realidad, sino a vivirla desde su verdadero centro. Quien vive así no se evade del mundo: aprende, por fin, a habitarlo con el corazón libre de los hijos de Dios.