Monseñor Alberto José González Chaves es un sacerdote español y teólogo nacido en Badajoz en 1970
Entrevista a monseñor Alberto José González Chaves sobre san Juan de la Cruz (I)
«El drama de nuestro tiempo es que oramos poco porque esperamos poco de Dios»
La mística de san Juan de la Cruz no promete una vida más cómoda, sino un corazón más grande. En esta primera parte de conversación con El Debate, monseñor Alberto José González Chaves nos invita a redescubrir la esencia del santo carmelita: la medida en que Dios nos colma depende de cuánto nos atrevamos a esperar de Él
Suele pasar desapercibido el hecho de que este 2026 es Año Jubilar sanjuanista por dos razones: la Iglesia conmemora el III centenario de la canonización de san Juan de la Cruz (1726) y el I centenario de su proclamación como Doctor de la Iglesia (1926), dos efemérides que invitan a volver la mirada hacia uno de los grandes maestros españoles de la espiritualidad cristiana.
Porque lejos de ser un autor reservado para especialistas, místicos o élites literarias, el carmelita descalzo sigue ofreciendo un camino de extraordinaria actualidad para todo aquel que busca una relación más profunda con Dios. Precisamente, y para profundizar en su figura y en la vigencia de su mensaje, conversamos con monseñor Alberto José González Chaves, doctor en Teología Espiritual, uno de los mayores conocedores del santo y autor de diversas obras dedicadas a su pensamiento como Juan de la Cruz, ¿quién eres?, El Cántico espiritual del sacerdote: Retiro espiritual con san Juan de la Cruz o, su obra más reciente, Juan de la Cruz, hombre celestial y divino (Editorial Xerión).
Portada de 'El Cántico espiritual del sacerdote: Retiro espiritual con san Juan de la Cruz'
Lejos de una espiritualidad acomodada, monseñor González Chaves nos acerca a un san Juan de la Cruz exigente y profundamente actual, que continúa ofreciendo respuestas a las grandes inquietudes del hombre contemporáneo. Dada la profundidad y el rigor de estas reflexiones, hemos dividido esta entrevista en dos 'volúmenes'. En esta primera entrega, el teólogo disecciona como nuestra sociedad actual suele confundir la esperanza con el optimismo, es decir, con la idea de que «todo saldrá bien».
Sin embargo, para el Santo carmelita, la esperanza alcanza su máxima pureza precisamente cuando, a nivel humano, ya no queda nada que esperar. Es en la paradoja de esa «noche oscura», al desaparecer los apoyos visibles y las seguridades en las criaturas, cuando la esperanza brilla con más fuerza al abandonarse totalmente en Dios.
El hombre detrás del místico
–¿Cuál es el rasgo más «terrenal» o humano del Santo que solemos ignorar y que, paradójicamente, es el que mejor explica su mística?
–El tópico sobre San Juan de la Cruz es presentarlo como un hombre casi inaccesible, perdido en las alturas de la mística. Sin embargo, quienes convivieron con él dibujan un retrato muy distinto: era extraordinariamente afable, alegre, cercano, con gran capacidad para la amistad. Juan nació en una familia pobre, perdió muy pronto a su padre, conoció el rechazo social, pasó hambre en su infancia y, ya religioso, sufrió la incomprensión de sus propios hermanos de hábito. Los nueve meses de prisión en Toledo no son un episodio accidental de su biografía: son el crisol donde Dios purifica experimentalmente lo que después el santo enseñará doctrinalmente.
Cuando escribe sobre la noche, no habla de un concepto; habla de una experiencia vivida. Su doctrina tiene tanta fuerza porque él mismo ha recorrido ese camino: para venir a gustarlo todo, no quieras tener gusto en nada; para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada (1Subida 13, 11). Quizá el rasgo más humano de Juan de la Cruz sea su inmensa capacidad de amar. Todo en él gira alrededor del amor; sus «nadas» no son una espiritualidad negativa, sino la pedagogía del amor. Vaciar el corazón no es empobrecerlo, sino hacerlo capaz del Infinito. En definitiva, cuanto más humano fue San Juan de la Cruz, más místico llegó a ser. Y cuanto más místico, más profundamente hombre.
La vocación de todo bautizado
–Al cumplirse el primer centenario de su proclamación como Doctor de la Iglesia, ¿Qué lección magistral de San Juan de la Cruz no hemos terminado de aprender?
–Pienso que, cien años después de que Pío XI lo proclamara Doctor de la Iglesia, seguimos admirando a San Juan de la Cruz mucho más de lo que lo escuchamos. Nos emociona su poesía, citamos con gusto sus frases, celebramos su profundidad mística, pero nos resistimos a aceptar la radicalidad de su doctrina: que Dios quiere darse enteramente al hombre y que este sólo será plenamente feliz cuando se deje poseer enteramente por Dios. Tal es el núcleo de toda su enseñanza: Juan de la Cruz no escribe para explicar fenómenos extraordinarios ni para formar una elite de contemplativos, sino para enseñar el camino de la unión con Dios, que es la vocación de todo bautizado.
Hoy seguimos pensando que la santidad consiste en ser un poco mejores; él sostiene que consiste en ser transformados en Dios por el amor. Por eso insiste en que el gran obstáculo— más que los pecados graves que, naturalmente, hay que evitar—, son los apetitos, que al alma en que viven la cansan, atormentan, oscurecen, ensucian y enflaquecen y la llagan (1 Subida 6, 1). Porque eso me da que una ave esté asida a un hilo delgado que a uno grueso, porque, aunque sea delgado, tan asida se estará a él como al grueso, en tanto que no le quebrare para volar. Verdad es que el delgado es más fácil de quebrar; pero, por fácil que es, si no le quiebra, no volará. Y así es el alma que tiene asimiento en alguna cosa, que, aunque mas virtud tenga, no llegará a la libertad de la divina unión (1 Subida 11, 4). No dice que el hilo sea malo; dice que basta para impedir el vuelo. Frente a una pastoral excesivamente preocupada por «hacer muchas cosas para Dios», Juan de la Cruz nos pregunta si estamos verdaderamente libres para dejar que Dios lo haga todo en nosotros.
A través de un original formato epistolar, la obra acompaña al lector por las distintas etapas de la vida del santo, desde la infancia hasta su muerte, mostrando un camino de sufrimiento, entrega y esperanza
Nosotros acumulamos actividades; él habla de vaciamiento. Nosotros buscamos controlar; él enseña a abandonarse. Y aun añadiría una última lección, especialmente necesaria hoy: la santidad no consiste en sentir mucho, sino en amar mucho. Hoy se identifica con frecuencia vida espiritual y presencia de Dios con bienestar interior. Si sentimos consuelo, creemos que Dios está cerca; si llega la sequedad, pensamos que nos ha abandonado. Juan de la Cruz desmonta ese planteamiento: la fe auténtica comienza precisamente cuando dejan de sostenernos los sentidos y aprende el alma a caminar apoyada únicamente en Dios, sin otra luz y guía sino la que en el corazón ardía (Noche oscura 3).
Por eso, un siglo después de su Doctorado, San Juan de la Cruz sigue siendo incómodo, porque continúa recordándonos que Dios no nos llama a una vida confortablemente piadosa, sino a la doliente y gozosa transformación en Cristo. Juan no rebaja el Evangelio para hacerlo más aceptable. Y ésa sigue siendo la gran asignatura pendiente de nuestro tiempo y, en buena medida, de la predicación y de la pastoral de hoy, tan antropocéntricas como, por eso mismo, tantas veces estériles.
¿ Qué es la verdadera esperanza?
–El lema de este Año Jubilar es «La esperanza tanto alcanza cuanto espera». Según la doctrina del Santo que usted conoce tan bien ¿cuál es el «techo» de nuestra esperanza hoy? ¿Esperamos demasiado poco de Dios o esperamos las cosas equivocadas?
–No me gusta este lema porque está mutilado. Lo que dice el santo en uno de sus hermosos poemas es esto:
Por una extraña manera,
mil vuelos pasé de un vuelo,
porque esperanza de cielo
tanto alcanza cuanto espera.
O sea, se trata de esperar a Dios de Dios: he aquí toda la doctrina sanjuanista sobre la esperanza, que es virtud teologal, infusa, no voluntarista. Juan de la Cruz sabe que Dios da al hombre en la medida en que este espera de Él a Él mismo, porque la esperanza dilata el corazón y lo hace capaz de recibir lo que antes no cabía en él. El Doctor místico dedica quince capítulos del libro tercero de la Subida del Monte Carmelo a la purificación de la memoria, cuyo ejercicio sobrenatural es la esperanza.
Habla de la fe como virtud del entendimiento, de la caridad como perfección de la voluntad y de la esperanza como educadora de la memoria, porque la vacía para abrirla a Dios: Cuanto más la memoria se desposee, tanto más tiene de esperanza, y cuanto más de esperanza tiene, tanto más tiene de unión de Dios; porque acerca de Dios, cuanto más espera el alma, tanto más alcanza. Y entonces espera más cuando se desposee más; y cuando se hubiere desposeído perfectamente, perfectamente quedará con la posesión de Dios en unión divina (3 Subida 7, 2).
La esperanza crece cuando dejamos de apoyarnos en nuestras seguridades. Mientras la memoria vive instalada en los recuerdos, en los éxitos, en las propias fuerzas o incluso en los consuelos espirituales, queda poco espacio para que actúe Dios. Por eso esperamos de Dios poco y mal. Esperamos que nos quite las cruces, cuando Él quiere convertirlas en camino de santificación; esperamos soluciones inmediatas, cuando Él quiere regalarnos paciencia; esperamos bienestar, cuando Él quiere darnos santidad; esperamos sus dones, cuando Él desea darse Él mismo.
Nuestra esperanza es pequeña porque nuestras aspiraciones espirituales también lo son: nos conformamos con rezar un poco, evitar ciertos pecados..., cuando Dios nos ha creado para la unión transformante. El techo de la esperanza cristiana no es una vida tranquila, sino la participación en la misma vida de la Trinidad. Nuestra sociedad ha reducido la esperanza al optimismo: se confunde esperar con pensar que todo saldrá bien. Para Juan de la Cruz ocurre exactamente lo contrario: la esperanza alcanza su máxima pureza cuando humanamente ya no hay nada que esperar. Es la gran paradoja de la noche: al desaparecer los apoyos visibles, la esperanza deja de descansar en las criaturas para abandonarse en Dios. Para fray Juan, el alma que anda en amor, ni cansa ni se cansa (Dichos de luz y amor, 96). Porque quien espera de verdad nunca desespera: sabe que Dios siempre está obrando, incluso cuando parece callar.
Quizá el mayor drama espiritual de nuestro tiempo no sea la falta de fe, sino la pequeñez de nuestra esperanza: oramos poco porque esperamos poco. Juan de la Cruz nos invita a ensanchar el corazón hasta una medida divina, porque Dios llena según la capacidad del recipiente de la esperanza, que sólo tiene el límite que nosotros mismos le ponemos. Quien espera a Dios sin reservas descubre que Él siempre supera infinitamente todo lo que el hombre había esperado de Él. Esperanza de cielo tanto alcanza cuanto espera. Pero de cielo: ¡no puede omitirse esto!.
Cuando Dios parece callar
–San Juan de la Cruz vincula el alcance de la gracia con la medida de la esperanza. ¿Está nuestra esperanza hoy limitada por una espiritualidad que teme a la Noche Oscura?
–Creo que sí; es un diagnóstico certero de la espiritualidad contemporánea. Para Juan de la Cruz, la Noche Oscura no es una anomalía en la vida espiritual, sino una etapa normal del crecimiento de quien Dios quiere conducir a la perfección. Más aún: no es principalmente una obra del hombre, sino una obra de Dios. La purificación decisiva no la realiza el asceta con sus esfuerzos; la realiza el Espíritu Santo introduciendo al alma en una oscuridad luminosa donde quedan deshechos todos sus apoyos.
Por eso comienza el santo así la Noche oscura: Cuenta el alma… el modo y manera que tuvo en salir, según la afición, de sí y de todas las cosas, muriendo por verdadera mortificación a todas ellas y a sí misma, para venir a vivir vida de amor dulce y sabrosa con Dios. Y dice que este salir de sí y de todas las cosas fue una noche oscura, que aquí entiende por la contemplación purgativa…, la cual pasivamente causa en el alma la dicha negación de sí misma y de todas las cosas (1 Noche, 1). La noche no destruye ni empobrece, sino que prepara y ensancha; no es un castigo, sino una cirugía del amor.
Nuestro problema es que tenemos miedo a todo aquello que no controlamos. Queremos una espiritualidad siempre luminosa, emocionalmente satisfactoria y psicológicamente confortable. Buscamos métodos que nos garanticen paz inmediata, técnicas para sentirnos mejor, fórmulas para eliminar toda sequedad. Juan de la Cruz explica que Dios va quitando al alma el gusto de las cosas espirituales para que aprenda a buscarle a Él:
Libro II de 'Noche Oscura'
Mientras nosotros interpretamos la tiniebla y el vacío de las potencias y afecciones espirituales y sensibles como un fracaso, para Juan de la Cruz es una gracia inmensa. Si bien, no toda sequedad es la Noche Oscura de la que habla el santo: a veces la aridez nace de nuestra tibieza, de la dispersión, del pecado o del cansancio físico. Juan distingue prudentemente unas situaciones de otras. Pero cuando la purificación procede realmente de Dios, entonces no hay que huir de ella, sino aceptarla con humildad y perseverancia.
En la Llama de amor viva, explicando la acción purificadora de la gracia, el santo compara al alma con un leño que se introduce en el fuego. Al principio el fuego lo ennegrece, lo hace crepitar, desprende humo y parece estropearlo. Sin embargo, todo ese proceso no tiene otro objetivo que transformarlo: El mismo fuego de amor, que después se une con el alma glorificándola, es el que antes la embiste purgándola; bien así como el mismo fuego que entra en el madero es el que primero le está embistiendo e hiriendo con su llama, enjugándole y desnudándole de sus feos accidentes, hasta disponerle con su calor, tanto que pueda entrar en él y transformarle en sí. Y esto llaman los espirituales vía purgativa. En el cual ejercicio el alma padece mucho detrimento, y siente graves penas en el espíritu, que de ordinario redundan en el sentido (Llama 1, 19)
Pero el miedo actual a la Noche tiene otra causa más profunda: hemos perdido el sentido sobrenatural del sufrimiento. Queremos una cruz sin Viernes Santo, una resurrección sin pasión, una santidad sin purificación. Juan de la Cruz no separa el Monte Carmelo del Monte Calvario: sabe que el camino de la transformación pasa necesariamente por la configuración con Cristo crucificado, porque el amor verdadero siempre purifica. Por eso la noche no es la última palabra: es un tránsito. Toda la doctrina sanjuanista se orienta a la unión transformante, hacia. La Subida del Monte Carmelo y la Noche oscura son el camino al Cántico espiritual y la Llama de amor viva; la meta es el amor. Juan de la Cruz, más que de la noche, es el Doctor de la luz. Pero sabe que esa luz es tan intensa que, antes de iluminar plenamente al alma, debe curar sus ojos acostumbrados a las penumbras. Y da un mensaje esperanzador a nuestro tiempo: no debemos tener miedo cuando Dios parece callar. Muchas veces calla porque está trabajando más hondamente que nunca. El alma camina a oscuras y segura…, más cierto que la luz del mediodía (Noche oscura, 2 y 4), porque la verdadera certidumbre no consiste en verlo todo claro, sino en saberse llevado de la mano por Dios, incluso cuando no se le siente. Esa es la esperanza que ninguna noche puede apagar.