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Santa Teresa de los Andes, la primera santa chilena

Santa Teresa de los Andes, la primera santa chilena

De la élite chilena al Carmelo: Teresa de los Andes, la joven que murió con 19 años y se convirtió en la primera santa del país

Monseñor Alberto José González Chaves desgrana la mística de Juanita Fernández Solar, quien buscó la soledad de corazón para ser totalmente libre para Dios

La vida de Juanita Fernández Solar, conocida universalmente como Santa Teresa de los Andes, cuya fiesta se celebra hoy, no fue una huida del mundo, sino una inmersión absoluta en lo divino. A través de un análisis de su correspondencia, concretamente de la Carta 56 escrita en enero de 1919, monseñor Alberto José González Chaves presenta a esta joven como una «inteligencia superdotada» que, antes de cumplir los veinte años, ya había trazado un mapa perfecto de la vida contemplativa.

Para el prelado, esta misiva no es solo un documento histórico, sino un auténtico «tratadito de vida espiritual» que desglosa las razones que llevaron a una joven de la alta sociedad chilena a sepultarse en vida en el Carmelo de Los Andes.

Las seis claves de una vocación fulminante

Según explica González Chaves, la vocación de Teresita se sostiene sobre seis pilares fundamentales que ella misma enumera con una madurez asombrosa:

1. Oración como estado de vida: Para la santa, la oración no era un acto puntual, sino una «vida de íntima unión con Dios». «En el Carmelo, la vida toda es oración», señala monseñor, destacando que Teresita buscaba vivir constantemente en presencia del Señor.

2. Soledad de corazón: Lejos de ser una misantropía, su búsqueda de soledad nacía de un amor desbordante. Citando a la santa, el prelado recuerda: «Me siento feliz cuando estoy sola porque estoy con Dios». Es la soledad sanjuanista del «pájaro solitario» que no admite más compañía que el Espíritu.

3. Pobreza y libertad: La pobreza carmelitana es definida por la santa como una fuente de libertad interior. Al no poseer nada, el corazón permanece puro y disponible únicamente para Dios.

4. Penitencia: Teresita la interpretaba como un modo de someter el cuerpo al alma y, sobre todo, como una imitación de Cristo, quien siendo rico se hizo pobre por nosotros.

5. Sacrificio silencioso: La santidad de Juanita se fraguó en el silencio. Todo lo que sufría en su espíritu lo mantenía oculto, en una relación exclusiva entre ella y su Creador.

6. Intercesión por el clero: El fin último de su entrada en el claustro fue orar por los sacerdotes y los pecadores. Monseñor subraya que Teresita entendió que su misión era «santificarse a sí misma para santificar a todos los miembros de la Iglesia».

Una «central nuclear» de energía espiritual

Otro de los puntos de la reflexión de monseñor González Chaves es la comparación de la vida de la Carmelita con una infraestructura energética. El prelado define a la santa como una «central nuclear que ilumine todo el tendido eléctrico de la Iglesia y del mundo entero». Esta energía espiritual, generada en la soledad y el sacrificio de la celda, es la que sostiene, según el prelado, la labor de los «electricistas», que son los sacerdotes en su apostolado.

La elección de su convento también estuvo marcada por esta radicalidad. Teresita rechazó el Carmelo de Santiago porque percibió una actitud «artificial» y un cierto disimulo en la priora que le causó una impresión desfavorable, captando que allí no se manifestaban tal cual eran. Por el contrario, en Los Andes descubrió una comunidad donde reinaba la alegría y donde la oración era tan potente y eficaz que Dios escuchaba habitualmente sus súplicas.

Para ella, el hecho de que no se mendigaran «noticias del mundo» era la prueba de que el corazón de aquellas monjas estaba totalmente libre y desasido para el Creador. Así, buscó un lugar donde la soledad no fuera una huida, sino el nido perfecto para que el alma fuera guiada «a solas» por su Querido.

La humildad que deja actuar a Dios

González Chaves advierte que la santidad de Teresa no es una «copia», sino la plena realización de su propia personalidad. «Santa no es ser Teresita de los Andes», afirma el prelado. Es decir, puntualiza que Dios no quiere que seas una réplica de Teresa de los Andes o de Teresita de Lisieux, sino que seas tú mismo, con tu propia historia y limitaciones, pero unida totalmente a Él. Consiste en abrazar la propia impotencia y la propia nada ante la grandeza de Dios. Es en ese vacío y en esa humildad donde El puede actuar, pues el alma, al reconocerse incapaz, suplica al Señor que sea Él mismo su santidad.

La santidad se alcanza cuando la voluntad, la memoria, la sensibilidad y la afectividad de la persona —con todas sus imperfecciones— se ponen en manos de Dios. No se trata de eliminar lo que somos, sino de permitir que no seamos nosotros quienes actuemos, sino el Espíritu Santo quien obre en nosotros.

La lección de esta joven chilena, que pasó por el mundo «como un suspiro de Dios», reside en su docilidad absoluta. Para el sacerdote, el secreto de su rápida ascensión a los altares —murió con solo 19 años— fue dejarse «enseñar, mandar y sujetar», convirtiendo su vida en una «íntima conversación con Nuestro Señor».

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