Ora et labora: el Dios que te hizo te acompaña en cada instante
Su padre —él lo imita casi siempre— rezaba por dentro a su ángel de la guarda; cada vez que cogía una caja, cada vez que la dejaba, cada vez que la abría o la cerraba. Rezaba también por las personas a quienes les hacía la mudanza
Un grupo de católicos reza en el campo tras la jornada de trabajo
Suena el despertador. Una sintonía en el teléfono móvil: Sultans of swing, de Dire Straits. Hace años, cuando iba a trabajar con su padre, el despertador era de pilas, con los números de cada hora cubiertos de una leve substancia fosforescente. El minutero iba avanzando con un sonido constante y seco. A veces le costaba dormirse, y ese minutero le impedía conciliar el sueño. Entonces, rezaba avemarías, con la esperanza de lograr el descanso tan necesario. En aquella época, tras vestirse, salían su padre y él —Juan ambos— a la calle, hacia una iglesia que está a diez minutos caminando.
Asistían a misa de siete de la mañana y luego se encontraban en el bar, para el desayuno, con el resto de la cuadrilla. Había uno de la cuadrilla —Evaristo— que, en algún que otro momento de la jornada, blasfemaba, confiado en que el patrón se lo afease. Evaristo se encajonaba en la tarea de colocar los bultos en el camión, y su voz sabía a pimienta y vinagre. Ahora, cuando Juan padre no es más un recuerdo en la pared, Juan se despierta agradeciendo a Dios haber sido su hijo.
Convertir el trabajo en oración
La empresa de mudanzas es hoy más pequeña que cuando vivía su padre. Un camión nada más. Sigue yendo a misa, pero no todos los días, y por las tardes. Bendice la comida, repitiendo la fórmula de su padre, y lee un pasaje del Evangelio en los ratos de descanso. Es el mismo Evangelio de Nácar y Colunga que usaba su padre, y que solía estar entre la guantera y el salpicadero del camión. Su padre también tenía algún ejemplar de Hablar con Dios.
Su padre —él lo imita casi siempre— rezaba por dentro a su ángel de la guarda; cada vez que cogía una caja, cada vez que la dejaba, cada vez que la abría o la cerraba. Rezaba también por las personas a quienes les hacía la mudanza. Que esta caja de libros sea una buena lectura para este, o para aquel. Que esta caja con tenedores o con platos les dé buena comida a todos los de la familia. Que esta lavadora siga durando años y limpie bien la ropa de cada cual.
Marta, la esposa de Juan trabaja como telefonista. En los trayectos del metro va contando a la Madre de Jesús sus problemas, sus inquietudes, sus felicidades, sus dolores. Retrasa su hora del café, para poder rezar el ángelus con calma y darse diez minutos de silencio para compartirlo tranquilamente con Dios. Su ocupación es ingrata. Antes, cuando atendía las peticiones de una compañía de seguros, sabía que al otro lado del teléfono había alguien que de verdad quería hablar, trasladar un percance y tener la certeza de que le iban a llevar a su casa a quien le arreglara un grifo, una cañería rota o una ventana por donde el aire se cuela con su frío.
Ahora se resigna: teclea números de una base de datos de origen desconocido, y, cuando alguien descuelga, tiene que hablar con sonrisa para intentar vender algo, a la hora de la comida, a una persona que no tiene el más mínimo interés. Ella sabe que la despedirán cuando no logre un número mínimo de contrataciones. Así que reza al ángel suyo y al de la persona que hay al otro extremo del auricular. Que Dios nos dé a todos lo mejor.
Una carnicería, unas redes y una capilla
Marta puede estar en casa un día o dos a la semana. Aprovecha para comprar las rebajas de la carnicería. Ella no lo sabe, pero Lucas, el carnicero, también reza, porque, en cada corte, piensa en las llagas de Cristo. Antes había sido pescadero, y procuraba tener en el alma las redes de Simón. La hija de Lucas coincide en el colegio concertado donde estudia el hijo de Juan y Marta. La hija, casi todos los días que puede, se pasa por la capilla al terminar o empezar las clases, y está un minuto como mucho.
Mira al sagrario y encomienda a sus padres, a sus amigas, a los profesores —aunque refunfuña, también a los profesores que la suspenden— y reza por sus notas, deseando el año que viene poder estudiar una carrera que la ayude a pisar más mundo que el barrio. Dos tardes a la semana le toca la ingrata tarea de planchar, y templa su ánimo rezando un poco.
Cuando esté cerca de terminar el curso, cumplirá la mayoría de edad. Y firmará un nuevo contrato en el banco. Quizá coincidirá con Luis, que lleva en la sucursal bancaria desde los tiempos en que era una caja de ahorros. Luis pide a Dios que las decisiones suyas y de los clientes sean lo más responsables, y por eso siempre se le ve sin prisa, colocando todo en orden, y mirando a la cara cuando escucha y cuando habla.
José María Sánchez Galera es profesor de Formación Humanística en la Universidad Francisco de Vitoria