El cardenal Tagle presidió la beatificación de Fulton Sheen
Fulton Sheen ya es beato: el comunicador de Dios sube a los altares en una histórica ceremonia ante 50.000 fieles
El cardenal Luis Antonio Tagle presidió la solemne misa de beatificación y transmitió el gozo del Papa León XIV, destacando la entrega del nuevo beato como «predicador incansable» y «portero» de la fe
El arzobispo Fulton J. Sheen ha sido proclamado beato solemnemente este jueves, 24 de septiembre, durante una celebración presidida por el Cardenal Luis Antonio Tagle en el Dome at America’s Center, en San Luis, Misuri, ante una multitud de más de 50.000 fieles llegados de todo el mundo. El cardenal presidió presidido la liturgia y transmitió los saludos paternales del Papa León XIV, quien se ha unido al gozo de la Iglesia por la elevación a los altares de su compatriota. En la carta apostólica promulgada para la ocasión, el Pontífice ha descrito a Fulton Sheen como un «incansable predicador del Evangelio a través de los medios modernos de comunicación» y como un «pastor diligente animado por el celo misionero».
Un apóstol de los medios que se definía como un «simple portero»
Durante la homilía, el Cardenal Tagle profundizó en las dos claves principales que sustentan la santidad del nuevo beato. En primer lugar, subrayó que «la comunión con Jesús es la raíz de la bienaventuranza» de todo evangelizador. Apoyándose en las palabras de San Pablo, el cardenal advirtió de que la misión consiste en anunciar a Jesucristo como Señor y no a uno mismo, remarcando que «predicar la propia sabiduría en lugar de la de Jesús es falsificar la Palabra de Dios» y que eso «no es misión ni es bienaventuranza».
Decenas de sacerdotes concelebraron en la ceremonia de beatificación
Para ilustrar este desprendimiento, Tagle recordó la célebre respuesta de Fulton Sheen cuando el Papa Pío XII le preguntó cuántas conversiones se atribuía: «Realmente no las he contado para no caer en la tentación de creer que eran mías». Sheen prefería definirse simplemente como «un portero capaz de guiar a la gente hacia la puerta abierta de la casa de Dios». Asimismo, al explicar a un amigo el origen de su vocación sacerdotal, el beato afirmaba: «Fui llamado a contar esta historia, la historia de Jesús; nunca me canso de contarla».
«Solo una Iglesia herida por la pobreza puede convertir a un mundo en duda»
La segunda dimensión que destacó el Cardenal Tagle fue la viva comunión del beato con los pobres y desfavorecidos. El cardenal rescató el histórico discurso pronunciado por Sheen en la tercera sesión del Concilio Vaticano II el 9 de noviembre de 1964, en el que suplicó: «Les ruego encarecidamente, venerables padres, que la noción de pobreza se afirme con fuerza en este concilio». En aquella intervención, Sheen denunció la gran brecha de riqueza y necesidad que divide al planeta: «Pongan su dedo en el paralelo 30 y pásenlo alrededor del globo terráqueo: ¿qué encuentran? Prácticamente toda la prosperidad está por encima del paralelo 30 y la mayor parte de la pobreza del mundo está por debajo del paralelo 30, es decir, en África, Asia y América Latina».
Más de 50.000 personas abarrotaron el recinto
En aquella intervención, Sheen pronunció unas palabras que entonces cobraron especial fuerza: «Así como solo un Cristo herido pudo convertir a un Tomás dudoso, solo una Iglesia herida por la pobreza pudo convertir a un mundo en duda». Fiel a sus principios, el nuevo beato destinó históricamente los ingresos de sus intervenciones mediáticas y conferencias al socorro de las Iglesias más necesitadas. El purpurado enfatizó que, para el nuevo beato, el cuidado de los pobres «no era propaganda ideológica, sino un imperativo para el seguimiento de Cristo».
Como cierre de la homilía, el Cardenal Tagle relató un sobrecogedor episodio narrado por el propio Sheen sobre su visita a una leprosería en Buluba, Uganda, donde convivían 500 enfermos. Mientras repartía cruces de plata a cada uno, el primer hombre que se le acercó —quien ya había perdido el antebrazo y la mano por la lepra, pero llevaba «un rosario colgado en el tocón del brazo»— extendió su otra mano para recibir el regalo.
Al contemplar «la carne corrupta de la mano», el arzobispo sintió un estremecimiento de pavor y dejó caer la cruz sobre lo que quedaba de la mano del enfermo. Sin embargo, al instante comprendió la profunda incoherencia de su reacción con el mensaje que predicaba, recordando que «la cruz hablaba de Jesús, quien se hizo vulnerable para dar nueva vida a los pecadores, a los enfermos y a los muertos».
Preguntándose por qué él no podía hacer lo mismo si Jesús tocaba a los leprosos, Sheen abrazó la fragilidad de Cristo: tocó y sostuvo la carne dañada de los enfermos, contándose a sí mismo como «el leproso número 5.001». «Bienaventurado el evangelizador que se convierte al contemplar y tocar las llagas de Cristo en los hermanos heridos», concluyó el Cardenal Tagle