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Beato Aurelio de Vilanesa y compañeros mártires

«Os perdono a todos»: la trágica y heroica epopeya de los 17 mártires capuchinos de Valencia beatificados por san Juan Pablo II

Un 12 de octubre fue asesinado a orillas del Turia el hermano Pacífico, abrazado a su crucifijo. Junto a él, doce capuchinos y cinco clarisas capuchinas encarnaron el ideal franciscano de entregar la vida sonriendo, perdonando y al grito de «¡Viva Cristo Rey!»

La noche de un 12 de octubre de 1936, mientras España sufría los embates de la contienda civil, unos milicianos irrumpieron violentamente en el domicilio donde se refugiaba el Pedro Salcedo Puchades (beato Pacífico de Valencia). Aquel hermano profeso capuchino, que durante 37 años había ejercido como humilde limosnero del convento de Massamagrell y dormía sobre un aspero lecho sembrado de piedras y pinchos, fue sacado a empujones y culatazos.

Durante el trayecto hacia el azud de Monteolivete, fray Pacífico no dejó de rezar con fervor las cuentas del Santo Rosario. A orillas del río Turia resonó la descarga de los fusiles. Cuando sus familiares localizaron tiempo después su cadáver en el cementerio, descubrieron un detalle que conmocionó a todos: mantenía su crucifijo fuertemente apretado con la mano izquierda contra el pecho.

El ideal del «hombre crucificado»

La memoria de fray Pacífico se enmarca en la gesta martirial de la Provincia capuchina de la Preciosísima Sangre de Cristo. Un total de doce religiosos capuchinos y cinco clarisas capuchinas entregaron sus vidas en tierras valencianas sin proceso judicial alguno, asesinados únicamente por su condición de religiosos.

El padre Agostino Gemelli sintetizó en su día el ideal franciscano en la fórmula de los «hombres crucificados». Por su parte, el Postulador General de la Causa, fray Alfonso Ramírez Peralbo, recordaba las palabras de San Francisco de Asís para definir a estos mártires: «Estos son los más heroicos caballeros de mi Tabla Redonda».

El propio Poverello de Asís, calificado históricamente como «el hombre que no consiguió hacerse matar» por su ardiente deseo de martirio, dejó plasmado en su Primera Regla que los frailes deben exponerse por amor a Cristo. Cuando recibió la noticia del sacrificio de cinco compañeros en Marruecos, San Francisco exclamó gozoso: «¡Ahora puedo ya decir que tengo cinco auténticos frailes menores!». Siglos después, el 11 de marzo de 2001, San Juan Pablo II beatificó en Roma a 233 mártires de la persecución religiosa en España, entre los que figuraban los 12 capuchinos y las 5 clarisas capuchinas encabezados por el beato Aurelio de Vinalesa.

«Os perdono a todos; no sabéis el bien que me vais a hacer»

La hondura de esta historia no estriba solo en el horror del crimen, sino en la serenidad radiante y el perdón explícito que estos hombres brindaron a sus verdugos. El beato Pedro de Benisa, entregado catequista de niños, se refugiaba en Vergel cuando fue detenido el 26 de agosto de 1936 y conducido a La Alberca (Denia) para ser fusilado. Lejos del rencor, sus últimas palabras fueron: «Os perdono a todos; no sabéis el bien que me vais a hacer». Sus restos reposan hoy en el Convento de la Magdalena de Massamagrell.

En Carcagente, el beato Germán —un fraile pacífico que temía no tener fuerzas para el martirio pero confiaba en que Dios se las otorgaría— presenció la destrucción del templo parroquial y la quema pública de imágenes sagradas. Tras ser arrestado la noche del 9 de agosto y conducido al puente sobre el río Júcar, se arrodilló, besó las manos a sus verdugos y los perdonó. Al día siguiente, las religiosas enfermeras del Hospital Municipal reconocieron su cadáver: conservaba intacta en el rostro la franca sonrisa que le había caracterizado en vida.

Inolvidable resulta también el testimonio del beato Aurelio de Vinalesa, cabeza de la causa de beatificación. Trasladado de madrugada al Barranco del Carraixet el 28 de agosto, conservó una entereza absoluta. Mientras administraba la absolución sacramental y rezaba el acto de contrición junto a sus compañeros, un miliciano le asestó dos bofetadas en el rostro. Fray Aurelio permaneció impasible, terminó la fórmula de la absolución y los exhortó: «¡Gritad fuerte: ¡Viva Cristo Rey!», justo antes de recibir los disparos.

Una familia unida hasta el final

El impacto de la persecución alcanzó cotas sobrecogedoras en el caso del beato Santiago de Rafelbuñol. Joven doctor en Teología por la Universidad Gregoriana de Roma y vicerrector del Seminario de Massamagrell, al enterarse de que su padre Onofre y sus ocho hermanos habían sido arrestados, se presentó voluntariamente ante el Comité para intentar salvarlos. Encarcelado junto a ellos, los confesó a todos. La noche del 28 al 29 de septiembre de 1936, al ser conducidos al cementerio, pasaron ante el templo de la Virgen del Milagro aclamándola con cantos. El padre y los nueve hermanos fueron fusilados juntos al grito de «¡Viva Cristo Rey!».

La nómina martirial reúne a perfiles de todas las edades y trayectorias. El beato Joaquín de Albocácer, exmisionero en Colombia y fundador de la revista La Vida Eucarística, se despidió de su familia con un sereno: «Si no nos vemos ya en la tierra, adiós hasta la gloria». Asimismo, el beato Modesto de Albocácer fue martirizado en una carretera junto a su hermano sacerdote; al exhumar sus restos, se comprobó que su cráneo había sido atravesado por un gran clavo.

El beato Buenaventura de Puzol, doctor en Derecho Canónico por la Gregoriana, absolvió en el cementerio de Gilet a su padre, a su hermano y a otros 11 compañeros antes de morir declarando: «Me preparo para la palma del martirio que recibiré, porque muero por la Religión».

El beato Enrique de Almazora, diácono devoto de San José, fue fusilado a los 23 años gritando «¡Viva Cristo Rey!». En el extremo opuesto, el beato Fidel de Puzol, veterano de la guerra carlista y anciano hermano de 82 años casi ciego, fue martirizado en Sagunto tras ser engañado con que lo llevaban a un asilo, al igual que el humilde sastre casi ciego beato Berardo de Lugar Nuevo de Fenollet, cuyo cuerpo fue hallado con la cabeza destrozada.

Todos ellos encarnaron la máxima del beato Ambrosio de Benaguacil: «El martirio es una gracia de nuestro Señor... El martirio de sangre es lo más hermoso, es un segundo bautismo». Historias de fe que, como las cuentas del rosario que fray Pacífico desgranaba a orillas del Turia este mismo día de octubre, siguen dando testimonio de la victoria del perdón sobre el odio.