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El Papa Juan Pablo II durante una visita a Alemania en 1986

El Papa Juan Pablo II durante una visita a Alemania en 1986GTRES

El legado espiritual de San Juan Pablo II: las frases clave que explicaron el misterio del amor y la esperanza

Hacemos un repaso por la antropología del 'Papa viajero', cuyo magisterio situó al amor redentor y a la búsqueda de la verdad en el centro de la existencia humana

El pontificado de San Juan Pablo II dejó una huella imborrable en la historia contemporánea de la Iglesia y en el pensamiento de los siglos XX y XXI. A través de sus encíclicas, homilías, escritos y multitudinarios discursos en encuentros y Jornadas Mundiales de la Juventud (JMJ), el Santo Padre tejió un ideario unificado sobre la dignidad humana, la llamada al coraje y la victoria definitiva del amor divino.

Desde sus escritos poéticos, Karol Wojtyła concibió el amor no como un mero sentimiento movedizo, sino como la respuesta definitiva a los enigmas de la existencia. En uno de sus célebres versos juveniles —recitado por Karol Wojtyła al ser elegido Papa, según se recrea en la película Karol, el hombre que se convirtió en Papa—, el Pontífice polaco sintetizó la sencillez y la hondura de este misterio

«El amor me lo ha explicado todo,

el amor me lo ha resuelto todo,

por eso admiro el amor

donde quiera que se encuentre.

Si el amor es tan grande como sencillo,

si el anhelo más simple se puede encontrar en la nostalgia,

entonces puedo entender porque Dios

quiere ser recibido por gente sencilla,

por esos cuyos corazones son puros

y no encuentran palabras para expresar su amor.

Dios ha venido hasta aquí

y se ha parado a poca distancia de la nada,

muy cerca de nuestros ojos.

Quizá la vida es una ola de sorpresas,

Una ola más alta que la muerte,

No tengáis miedo jamás».

Años más tarde, ya desde la Cátedra de San Pedro, el Pontífice plasmaría esa misma convicción en el documento inaugural de su pontificado, la encíclica Redemptor hominis (1979), donde profundizó en cómo la ausencia de amor priva de sentido el discurrir de la persona:


«El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente. Por esto precisamente, Cristo Redentor (…) revela plenamente el hombre al mismo hombre».

Durante sus viajes apostólicos por los cinco continentes, el Papa apeló con insistencia al ardor de las nuevas generaciones, urgiéndolas a buscar las respuestas fundamentales en la fe viva. En su histórico encuentro con los jóvenes en el Estadio Nacional de Santiago de Chile, el 2 de abril de 1987, señaló la raíz profunda de sus inquietudes:

«Vosotros tenéis sed de vida. ¡De vida eterna! ¡De vida eterna! Buscadla y halladla en quien no sólo da la vida, sino en quien es la Vida misma».

En el marco de esa misma visita pastoral, abordó la aparente debilidad del bien frente al sufrimiento y los fracasos humanos, recordando que el sacrificio pascual es la garantía del triunfo del amor:

«¡El amor vence siempre, como Cristo ha vencido! El amor vence siempre aunque, en ocasiones, ante sucesos y situaciones concretas, pueda parecernos impotente. Cristo parecía impotente en la Cruz. ¡Dios siempre puede más!».

El magisterio de Juan Pablo II sirvió igualmente de brújula ética ante las corrientes de secularización y la tentación del conformismo. Durante la Vigilia de oración del Jubileo de los jóvenes en Roma, el 19 de agosto de 2000, identificó con precisión la figura que subyace tras todo anhelo auténtico de plenitud:

«En realidad, es a Jesús a quien buscáis cuando soñáis la felicidad; es Él quien os espera cuando no os satisface nada de lo que encontráis; es Él la belleza que tanto os atrae; es Él quien os provoca con esa sed de radicalidad que no os permite dejaros llevar del conformismo; es Él quien os empuja a deponer las máscaras que hacen la vida falsa; es Él quien lee en vuestro corazón las decisiones más auténticas que otros querrían sofocar».

Años más tarde, en la Misa de Clausura de la JMJ 2002 en Toronto, completó esta advertencia señalando el peligro moral de intentar edificar la libertad al margen de la verdad objetiva:

«La mayor decepción y la fuente más profunda de infelicidad, es la ilusión de encontrar la vida excluyendo a Dios, de encontrar la libertad excluyendo las verdades morales y la responsabilidad personal».

Como síntesis de su mensaje pastoral y grito de aliento para la vida cristiana, San Juan Pablo II reiteró hasta el final de sus días la invitación a no dejarse paralizar por el desaliento:

«No tengas miedo. No os conforméis con la mediocridad. Remad mar adentro y echad vuestras redes para pescar. Te lo ruego: nunca, nunca renuncies a la esperanza, nunca dudes, nunca te canses y nunca te desanimes. No tengáis miedo».
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