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Elena Pastor Curiel

Dos semanas rezando quince minutos al día: Diario de una joven que intenta introducir la oración en su vida (y no muere en el intento)

Vivimos en una sociedad tan centrada en la productividad, en la que todo debe reportar beneficios, despertar grandes emociones o aportar algo innovador, que parece que un acto como la oración no tiene cabida

Una joven, recogida en oración en una iglesia

Una joven, recogida en oración en una iglesia

Nunca he sido una persona con el hábito de orar diariamente. Cuando estaba en el colegio, rezábamos un padrenuestro por las mañanas, pero no cuenta: no solía prestar mucha atención. Y ahora, que soy un poco más mayor, apenas tengo tiempo para eso. Tengo miles de cosas que hacer: las clases, las prácticas, los exámenes, esto, ¡lo otro...! Voy todo el día corriendo. Pero entonces, me pregunté: «¿Voy corriendo porque no llego... ¿o porque no sé parar?» Pero un día llegó a mis oídos que se necesitaba que alguien realizara un experimento: tratar de introducir la oración diaria en su vida, al menos durante dos semanas. Era mi ocasión para responder a la pregunta.

El experimento comenzó un lunes y el primer día, fallé: no encontré ni un solo momento. Aunque el martes me dije que me ponía en serio, estuve a punto de volver a fracasar. Me encontré a las 20 horas debatiéndome entre rezar o ir a recoger un paquete a Correos, que la oficina estaba a punto de cerrar. Ya iba a decantarme por mi paquete, pero entonces, vi una iglesia abierta. Me convencí a mí misma diciéndome que solo oraría estrictamente quince minutos, nada más. Puse una alarma y aun así, no paraba de pensar en mi envío y mirar el reloj todo el rato. Desde luego que no fue una oración ejemplar, pero al menos, el experimento había comenzado.

El segundo día, no volví a encontrar ningún momento hasta bien entrada la tarde. Por suerte, cerca de mi casa hay una capilla de adoración perpetua y me animé. Esa vez también programé una alarma, pero miré menos veces la hora. El tercer día descubrí que mi ánimo a lo largo del día influye mucho en mi oración, porque me enfadé con Dios (llevaba todo el día de mal humor y la tomé con Él). Pero al menos, me concentré tanto en mi enfado que por primera vez no me puse ningún aviso en el móvil.

El cuarto día, ¡hasta lo disfruté! Me sentía relajada y con ganas de quedarme más de diez minutos. Y poco a poco cada vez se me fue haciendo más fácil. Bueno, no voy a mentir: ha habido altibajos. A lo largo de las dos semanas de experimento, algún día me lo he saltado. Pero me di cuenta de cuánto había progresado cuando el octavo día escribí en mi diario: «Pero qué a gusto y qué tranquila he estado. ¡Qué paz!». Sin duda, la práctica me ha hecho mejorar, no sé por qué. Un amigo me dijo: «Parece magia, pero no lo es. Es el Espíritu Santo».

¿De verdad no tengo tiempo para rezar?

Estos días he hecho muchos descubrimientos. Lo primero es que tenía más cosas que contarle a Dios de las que preveía. A veces hasta iba pensando a lo largo del día en lo que le iba a contar cuando llegara mi momento de oración. Me he dado cuenta de que la relación que tengo con Dios es como la que tengo con cualquier persona. Cuando no tengo el hábito de hablar habitualmente con alguien, tampoco tengo ganas de contarle nada, porque no lo tengo presente. Por eso, cuando oraba ocasionalmente, solo tenía ganas de hacerlo en momentos puntuales, cuando me emocionaba por alguna razón. Pero esas emociones no me llevaban a construir un hábito. El obligarme a mí misma a hacerlo las primeras veces, aunque no me apeteciera, es lo que me ha ayudado.

Por otro lado, he respondido a mi primera pregunta: sí que podía parar, pero no sabía hacerlo. Vivimos en una sociedad tan centrada en la productividad, en la que todo debe reportar beneficios, despertar grandes emociones o aportar algo innovador, que parece que un acto como la oración no tiene cabida (a menos que sea una hora santa muy 'aesthetic' y apropiada para subir a Instagram, claro). Yo antes me sentía ajena a esa sociedad ultraproductiva que parece matar la espiritualidad.

Yo soy creyente, y encima estudio una carrera humanística, de esas que cuando le cuentas a la gente que vas a estudiarlas bromean con que vas a vivir debajo de un puente. Hasta que, realizando este experimento, me sorprendí a mí misma sintiéndome inquieta por estar tanto tiempo haciendo algo tan poco productivo como orar. A veces me excusaba a mí misma diciéndome: «Me sirve porque voy a hacer un artículo». Pero el sábado pasado, cuando ya habían pasado más de dos semanas, volví a hacerlo porque sí. ¿Y para qué? Pues no lo sé, y eso es lo más bonito. Bueno, sí que lo sé, es que ahora me apetece porque he hecho un amigo, de esos de los que te acuerdas cuando te pasa algo importante y quieres llamarlo o mandarle una foto. Pero es especialmente fácil encontrarlo, porque Él está en todas partes. Le puedes compartir todo y nunca se cansa de escucharte. De hecho, nunca te interrumpe.

Artículo publicado originalmente en La Antorcha, la revista gratuita de la Asociación Católica de Propagandistas

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