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A la edad de nueve años se unió al Movimiento de los Focolares y recibió el apodo de "Luce" por su fundadora Chiara Lubich

A la edad de nueve años, Chiara Badano se unió al Movimiento de los Focolares y recibió el apodo de «Luce» por su fundadora Chiara Lubich

Ni monja ni mártir: Chiara Badano, la chica en vaqueros que demostró que la santidad también es cosa de la 'Generación X'

De las pistas de tenis y las tardes en el bar a afrontar un sarcoma devastador a los 17 años: la historia de la primera beata de la generación X, nacida tal día como hoy de 1971, revela una espiritualidad encarnada en plena secularización europea

En el invierno de 1989, por el pasillo del Hospital pediátrico Regina Margherita de Turín, una chica de diecisiete años avanzaba a pasos lentos. Vestía un abrigo verde, llevaba las manos metidas en los bolsillos y la mirada fija en el suelo. A un paso por detrás la seguía su padre, con el rostro desencajado. Acababan de confirmarles lo que semanas antes parecía impensable tras un repentino dolor de hombro mientras jugaba al tenis: un sarcoma osteogénico con metástasis, un cáncer óseo agresivo e incurable.

Al entrar en la habitación donde su madre guardaba reposo forzado por una flebitis, la joven no aceptó consuelos ni frases hechas. «Ahora, no hables», repitió dos veces con voz firme pero apagada. Se dejó caer sobre la cama y cerró los ojos. Durante veinticinco minutos interminables, en un silencio espeso en el que solo se escuchaba el tic-tac de un pequeño reloj de mesilla, la muchacha libró una batalla interior devastadora. Veinticinco minutos para pasar del rechazo humano a la aceptación plena. Al abrir de nuevo los ojos, miró a su madre, sonrió y dijo simplemente: «Mamá. Ora puedes hablar». A partir de aquel instante, jamás se volvió atrás.

Aquella joven se llamaba Chiara Badano. Para la Iglesia católica y para miles de jóvenes en todo el mundo, hoy es conocida como la beata Chiara Luce Badano.

Chiara Badano, conocida como Chiara Luce Badano

Chiara Badano, conocida como Chiara Luce Badano

Una infancia deseada en la Italia rural de la posguerra

Para comprender la trayectoria de Chiara hay que remontarse al pequeño pueblo de Sassello, en el interior de la Liguria italiana. Allí, Ruggero Badano, camionero de profesión, y Maria Teresa esperaron durante once años la llegada de un hijo. Ruggero, que sufría en silencio cuando veía a otros amigos con niños, rezaba al volante de su camión en cada viaje y en las ermitas de su diócesis. Tal día como hoy, el 29 de octubre de 1971 nació finalmente Chiara, su única hija.

Con apenas cuatro años, protagonizó una anécdota que sus padres recordarían siempre. Al sugerirle su madre que donara algunos juguetes a niños necesitados, la pequeña se negó inicialmente. Minutos después, su madre la sorprendió en la habitación separando en dos montones sus pertenencias. Cuando le entregó una bolsa, Maria Teresa notó que había elegido sus juguetes nuevos: «¡A los niños pobres no se les pueden regalar los juguetes viejos!», sentenció la niña.

La fe en los años del desencanto

La adolescencia de Chiara transcurrió en los años 80, una década marcada en Europa por la consolidación del consumo masivo, el desencanto ideológico tras los convulsos años 70 y una progresiva secularización de la juventud. En ese ambiente, Chiara era una chica plenamente de su tiempo: practicaba tenis y patinaje, le apasionaba el mar, escuchaba música y compartía tardes entre amigos en el Bar Gina de Sassello.

Sin embargo, a los nueve años y medio se cruzó en su vida un acontecimiento decisivo: el descubrimiento del Movimiento de los Focolares, fundado por Chiara Lubich, tras asistir junto a sus padres al FamilyFest de 1981 en Roma. La propuesta de los Focolares —centrada en vivir el Evangelio en el «momento presente» y en la fraternidad universal— conectó de inmediato con la personalidad de la joven.

En sus escritos de juventud, Chiara Badano reflejaba una intuición insólita para su edad: «He redescubierto el Evangelio… Me he dado cuenta de que no era una cristiana auténtica porque no lo vivía hasta el fondo. Ahora quiero hacer de este magnífico libro el único objetivo de mi vida».

Cuando su madre le preguntaba si les hablaba de Dios a los amigos del instituto de Savona —donde sufrió el duro golpe de suspender un curso tras desavenencias con una profesora—, Chiara respondía con absoluta lucidez: «Yo no debo hablar de Jesús, se lo tengo que dar». Al preguntarle cómo pensaba hacerlo, respondía: «Con mi forma de escuchar, con mi forma de vestir, pero sobre todo con mi forma de amar».

«A Jesús solo puedo ofrecerle mi dolor»

El diagnóstico médico en el verano de 1988 truncó todos sus planes de futuro. En pocos meses, las sesiones de quimioterapia le hicieron perder la movilidad en las piernas. La respuesta que le dio su madre al verla asumir la parálisis resume el clima espiritual en el que se movía la familia: «Si Jesús te ha quitado las piernas, te pondrá alas».

A medida que el cáncer avanzaba, la habitación de Chiara en el hospital Regina Margherita de Turín y posteriormente en su casa de Sassello se transformó en un punto de encuentro para decenas de jóvenes. Mientras la medicina agotaba sus recursos, la joven tomó una decisión: rechazó la somatización con morfina. «Me quita la lucidez y yo, a Jesús, solo puedo ofrecerle mi dolor», explicaba. Su propio padre, impresionado por su entereza, llegó a espiarla por el ojo de la cerradura para comprobar si no estaba fingiendo una tranquilidad irreal para evitarles el sufrimiento: en la soledad de la habitación, la encontraba serena e incluso cantando.

Beata Chiara "Luce" Badano (1971–1990), una joven laica italiana perteneciente al Movimento de los Focolares, fotografiada en su lecho de descanso tras su fallecimiento a causa de un osteosarcoma

Beata Chiara «Luce» Badano (1971–1990), fotografiada tras su fallecimiento a causa de un osteosarcoma

En sus conversaciones cruzadas con la fundadora del movimiento, Chiara Lubich le asignó el sobrenombre de «Chiara Luce» («Clara Luz»), un nombre que la joven aceptó como programa de vida para sus últimos meses. Incluso encamada y sin recursos económicos propios, destinó el dinero que le habían regalado por su 18º cumpleaños a un amigo que marchaba como misionero a Benín: «A mí no me sirve este dinero. ¡Yo lo tengo todo!».

Con un lenguaje desenfadado y propio de una chica de su época, describía su purificación interior con metáforas cotidianas: «Jesús me limpia con lejía para quitar hasta las motas negras, y la lejía escuece. Así, cuando llegue al Paraíso, estaré blanca como la nieve».

El banquete final

Consciente de la cercanía del desenlace, Chiara organizó las semanas previas a su muerte como si se tratara de la preparación de una boda. Escogió junto a sus amigas las canciones y la música para la misa de su entierro —pidiendo expresamente que fuera una fiesta y que nadie llorara—, eligió las flores, el peinado y encargó un vestido blanco de novia. A su madre le dejó una encomienda precisa: «Cuando me vistas, deberás repetir siempre: ¡ahora Chiara ve a Jesús!».

El 7 de octubre de 1990, a las 4:10 de la madrugada, Chiara Luce falleció a los 18 años. Sus últimas palabras, dirigidas a su madre ante la mirada de su padre, fueron un resumen de su travesía: «Mamá, ciao. Sé feliz porque yo lo soy». Como último acto de generosidad en medio de un cuerpo devastado por la enfermedad, donó sus córneas, el único órgano que el sarcoma no había logrado dañar.

En el año 2010, el Papa Benedicto XVI la proclamó beata en Roma, señalándola como un modelo luminoso para la juventud contemporánea. Su figura desmonta el mito de que la vivencia radical de la fe exige aislarse del mundo o renunciar a la propia época. Chiara Luce Badano demostró que entre la música, el deporte, los reveses escolares y las incertidumbres del dolor humano, es posible vivir una existencia luminosa con los pies en la tierra y la mirada puesta en lo trascendente.

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