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La liturgia, escuela de oración

Quizá no exista mejor escuela para aprender oración que zambullirse en el espléndido patrimonio litúrgico de la Iglesia, desarrollado desde los inicios para engarzar aquellas siete gemas divinas y así reflejasen, en una multitud exquisita de matices, sus ocultas riquezas

Feligreses acuden a recibir la eucaristía en una misa dominical solemne (no tridentina) en latín en el Oratorio

Feligreses acuden a recibir la eucaristía en una misa dominical solemne (no tridentina) en latín en el OratorioOxford Oratory

La sagrada liturgia, como ejercicio del sacerdocio de Jesucristo, es la oración más sublime con la que el cristiano puede y debe dar culto y honrar a Dios. En la larga y rica tradición de la liturgia romana, la santa Iglesia supo engendrar, con la elegancia que da la decantación tranquila de los siglos, muchos ritos, ceremonias, símbolos, oraciones, fiestas, cantos... que han ido formando todo un monumento religioso, que ha elevado las almas de los fieles de la mejor manera posible al buen Dios. Tan así, que quizá no exista mejor escuela para aprender oración que zambullirse en el espléndido patrimonio litúrgico de la Iglesia, desarrollado desde los inicios para engarzar aquellas siete gemas divinas y así reflejasen, en una multitud exquisita de matices, sus ocultas riquezas.

Las cinco cualidades de una oración auténtica

Santo Tomás de Aquino, durante la última Cuaresma de su vida, predicó en Nápoles unos sermones que recorrían los artículos del credo, los mandamientos de la ley de Dios, la salutación angélica y las súplicas del padrenuestro. Al inicio de su comentario sobre la oración que enseñó el Divino Maestro, dice que esta cumple las cinco condiciones que ha de tener toda oración: confiada, recta, ordenada, devota y humilde. Si cualquier oración del cristiano ha de tener estas propiedades, la Vox Sponsae también las tendrá de manera cumplida, convirtiéndose en un arquetipo que despliega todo un abanico de tesoros, aunando la profunda experiencia de la vida cristiana con la eterna novedad de adentrarse en el misterio divino.

Cuando uno no depende de sus movimientos interiores o, incluso, de su inventiva personal o comunitaria ─más o menos de moda─ para buscar el trato con Dios, sino que tiene la seguridad de unirse a todo el cuerpo místico de Cristo; y cuando sus palabras y su corazón quedan como envueltos y presentados a Dios como si fueran ─y lo son en la liturgia─ los de la propia Iglesia, no puede sino experimentar una profunda seguridad de ser escuchado. Es una oración confiada, que sabe que Dios qui laetificat iuventutem meam lo renueva cada mañana haciendo nuevas todas las cosas. No es una oración autorreferencial, atenta a las inclinaciones propias, sino llena de santo temor, pues ante él tremunt potestates, pendiente del fin último de todo: laudamus Te, benedicimus Te, adoramus Te, glorificamus Te.

Poner a Dios en el centro

En esta escuela, aprendemos algo fundamental: el centro no somos nosotros, sino Dios: Te igitur, clementissime Pater... y por eso, a la hora de pedir y presentar nuestras súplicas, la oración ha de ser recta. Lo primero de todo será siempre la obra misma de Dios que ha traído la salvación al género humano: in primis quae tibi offerimus pro Ecclesia tua Sancta Catholica... para que se digne pacificarla y guardarla, traerle la unidad en la santa fe, de tal modo que sea él mismo quien la gobierne en el mundo entero, pues Jesucristo ha de ser «el obispo y pastor de nuestras almas» (1Pe 2, 25). La oración, como la vida cristiana, no es sino per Ipsum, et cum Ipso, et in Ipso.

Se pueden pedir muchas cosas en la oración, pero de manera ordenada. Así, las intenciones que son comunes a la Iglesia triunfante del cielo, con la que nos unimos en la liturgia, son siempre las principales. «Pedid y se os dará» (Mt 7, 7) y Dios se complace en ser generoso con aquellos que acuden a él. Pero también nos dice la Escritura: «Pedís y no recibís, porque pedís mal» (St 4, 3). Primero siempre los bienes sobrenaturales, que nos asocian a los santos, y el resto se nos dará por añadidura: partem aliquam et societatem donare digneris, cum tuis sanctis Apostolis et martyribus. Asimismo, cuando pedimos por los demás y sus necesidades, todo tiene su orden: pro redemptione animarum suarum, pro spe salutis et incolumitatis suae.

«Levantemos el corazón»

¿Quién no busca que su oración sea devota? Pero la devoción no es sensiblería, sino, según santo Tomás, la prontitud de la voluntad para las cosas del servicio de Dios. Por eso, la oración implica un corazón en pie, presto delante de Dios: Sursum corda. Habemus ad Dominum. Sólo así vendrá también esa devoción que siente la presencia de Dios en las mismas entrañas, hasta en los últimos artejos de pies y manos: Corpus tuum, Domine quod sumpsi et Sanguis quem potavi, adhæreat visceribus meis.

La obra de Dios a través de la oración en nuestras vidas es maravillosa, pero «no soy yo, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20). Todo lo hace él y sin él no podemos hacer nada. Por eso, la verdadera oración es siempre humilde. Anda en la verdad que nos pone en nuestro lugar: el de hacer reverencia, besar, doblar la rodilla ante el santo nombre de Jesús y juntar las manos para que queden siempre atadas a las suyas. No nos vienen los bienes por las nuestras, sino por él y por su cruz, per quem hæc omnia, Domine, semper bona creas, sanctificas, vivificas, benedicis et præstas nobis.

Artículo publicado originalmente en La Antorcha, la revista gratuita de la Asociación Católica de Propagandistas

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