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María Rabell García
María Rabell GarcíaCorresponsal en Roma y El Vaticano

Los pentagramas rescatados del cardenal Merry del Val: el legado que el español Pablo Colino devolvió al Vaticano

Desde su apartamento entre los muros de la Ciudad Eterna, el canónigo y maestro de capilla emérito de San Pedro reconstruye para El Debate la historia de los manuscritos musicales del que fuera secretario de Estado de Pío X, transformando simples apuntes en obras para la posteridad

Pablo Colino, junto a uno de los coros que dirigía

Pablo Colino, junto a uno de los coros que dirigía

El apartamento vaticano de monseñor Pablo Colino (Pamplona, 1934) es un mapa preciso de su biografía. Libros, partituras, discos y fotografías antiguas conviven en un 'desordenado orden' que solo el tiempo y la dedicación han sabido dictar. Allí, entre recuerdos de la guerra y la posguerra española que marcaron su juventud y una fe forjada en el ejemplo de los mártires, Colino guarda la memoria de más de sesenta años al servicio de la música sacra en la Santa Sede.

Su figura, brillante, elegante y sólida en lo académico, y a la vez sensible en lo artístico, se podría definir como el puente necesario entre la historia y la liturgia. Un hombre de gran carisma y de ideas firmemente enraizadas que, aunque ha pasado más de la mitad de su vida en la Ciudad Eterna, nunca deja de pensar en su patria y en una España unida, fundada en el espíritu de sacrificio y la responsabilidad moral.

Recuerdos de Pablo Colino en el atril del piano de su casa

Recuerdos de Pablo Colino en el atril del piano de su casa

Apuntes que pedían perfección

Su padre, músico de la Banda de la Guardia Civil, le legó una pasión que Colino supo llevar hasta la Pontificio Instituto de Música Sacra. No es extraño, por tanto, que fuera a él a quien acudiera el profesor inglés Robin Anderson —converso del anglicanismo y devoto de Newman— con un tesoro que necesitaba manos expertas. Anderson le presentó unos manuscritos de Rafael Merry del Val, el influyente cardenal que con solo 33 años fue nombrado secretario de Estado por Pío X.

«Ya sabíamos que España había tenido este personaje importantísimo... qué hombre», recuerda Colino a El Debate con la viveza de quien aún admira la precocidad y el peso histórico del cardenal. Merry del Val no solo fue la mano derecha del Papa; su papel fue fundamental en la redacción del Motu Proprio de 1903. Aquel documento, titulado Tra le sollecitudini, se erigió como el «código jurídico de la música sagrada». En sus páginas, Pío X dictaminó que la música litúrgica debía poseer tres cualidades esenciales: santidad, bondad de formas y universalidad, excluyendo con rigor cualquier elemento profano o reminiscencia teatral.

El Papa situó al canto gregoriano como el «modelo soberano», estableciendo la norma de que una composición sería tanto más sagrada cuanto más se aproximara a esa inspiración original. Se trataba de una verdadera carta magna que buscaba devolver el decoro al templo y fomentar la participación activa de los fieles en los misterios de la fe, evitando que la liturgia quedara supeditada al lucimiento musical.

Fue precisamente en este marco de exigencia y perfección que surgió el desafío para Colino: Anderson le entregó unos ocho motetes, entre ellos un Pange Lingua y un Tantum Ergo, que en su mayoría eran solo «apuntes». Aunque ya existía una grabación previa realizada en Italia, Colino, con la precisión y el rigor de un verdadero maestro, escuchó aquellas obras y supo al instante que aquel arte merecía no solo ser perfeccionado, sino llevado a un nivel aún más sublime.

Un recuerdo imborrable en San Pedro

La tarea de Colino no fue una mera transcripción, sino una «elaboración» técnica y artística. «Los apuntes solo no conducen a nada», explica el maestro, subrayando que su labor consistió en reordenar, limpiar y añadir voces y acompañamiento de teclado para hacer la música «digerible» y apta para ser interpretada por la Capilla Julia–uno de los coros litúrgicos más antiguos del Vaticano– o la Academia Filarmónica romana. Según el propio Colino, fue la primera vez que se presentaron al mundo estos escritos bajo los cánones de «cómo se deberían hacer». El resultado de este trabajo de orfebrería musical es el rescate de la voz de un personaje que, además de diplomático, fue arcipreste de la basílica de San Pedro.

Gracias a ese trabajo, los pentagramas de Merry del Val han dejado de ser un secreto de archivo para convertirse en oración sonora. Con la sobriedad del que conoce el oficio, el maestro navarro ha devuelto al cardenal su sitio en el coro de la historia, transformando un legado guardado en un canto vivo que sigue tocando los corazones.

Después de relatar toda esta historia a El Debate, Colino subraya una anécdota que desea compartir y que, aunque tiene poco que ver con el relato de Merry del Val, atesora como uno de los momentos más significativos de su dilatada carrera: la beatificación de san Josemaría Escrivá en 1992. En la Plaza de San Pedro se acercó a saludar a Álvaro del Portillo, el primer sucesor del fundador del Opus Dei y quien años más tarde sería proclamado beato. Recuerda con viva emoción cómo, al verlo acercarse, del Portillo se irguió con una sencillez que reflejaba un respeto profundo y lo saludó con un cálido: «Colino, qué tío». Para el canónigo navarro, aquel comentario no fue solo una muestra de cercanía personal, sino el reconocimiento de un pastor que había percibido cómo la música, bajo su batuta, cumplía su fin último: elevar las almas y prepararlas para recibir los frutos de la gracia.

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