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Sarah Mullally llega a la catedral de Canterbury, en Gran Bretaña, el 25 de marzo de 2026, para su toma de posesión como arzobispa de Canterbury.

Sarah Mullally llega a la catedral de Canterbury, en Gran Bretaña, el 25 de marzo de 2026, para su toma de posesión como arzobispa de Canterbury.EFE

León XIV tiende la mano a la nueva 'arzobispa' Sarah Mullally, pero reconoce que el camino ecuménico «no siempre ha sido fluido»

La entronización de Mullally como primera mujer al frente del anglicanismo marca un hito histórico en Canterbury, pero también pone de relieve la profunda fractura interna que atraviesa la Comunión Anglicana

La catedral de Canterbury fue ayer escenario de un acontecimiento sin precedentes en sus siglos de historia: la entronización de Sarah Mullally como la primera mujer en ocupar la sede del anglicanismo mundial. Sin embargo, la solemnidad de la ceremonia, en la que la nueva 'arzobispa' llamó a las puertas del templo para asumir su cargo, no ha logrado ocultar la profunda división que desgarra a la Comunión Anglicana.

En este contexto de fragilidad institucional, el Papa León XIV ha querido enviar un mensaje de felicitación y cercanía a la nueva primada de Inglaterra. El Pontífice, consciente de la complejidad del momento, ha reconocido que el cargo para el que ha sido elegida es «pesado» y conlleva responsabilidades que se extienden por toda la Comunión Anglicana en un «momento desafiante» de su historia. En su misiva, el Papa invoca para Mullally el don de la sabiduría y pide que sea «guiada por el Espíritu Santo».

Un diálogo marcado por las diferencias

Pese al tono cordial de Roma, la realidad en el seno del anglicanismo es de una tensión creciente. Líderes de regiones del llamado Sur Global, especialmente en África, interpretan el ascenso de Mullally como un paso más en la «deriva doctrinal» de la Iglesia de Inglaterra, acusando a los actuales «Instrumentos de Comunión» de haber «abandonado las Escrituras» y la disciplina histórica que sostenía a la institución.

Esta deriva ha provocado que voces como la de monseñor Michael Nazir-Ali, antiguo obispo anglicano hoy en la Iglesia católica, advirtieran que la Iglesia de Inglaterra ha renunciado de facto «a cualquier pretensión de defender la sucesión apostólica católica», para diluirse en el liberalismo protestante. Un escenario en el que las palabras de san John Henry Newman cobran una inquietante actualidad: «No hay más que dos alternativas: llegar a Roma o el ateísmo».

El propio Papa alude en su mensaje a dificultades, recordando que aunque el camino ecuménico ha dado frutos en las últimas seis décadas, «no siempre ha sido fluido». Citando a sus predecesores, el Papa admite con franqueza que «nuevas circunstancias han presentado nuevos desacuerdos entre nosotros». No obstante, insiste en que estas diferencias no deben impedir que católicos y anglicanos se reconozcan como «hermanos y hermanas en Cristo por razón de nuestro bautismo común».

El riesgo de un cisma de facto

El mensaje papal subraya que la unidad no es un fin en sí mismo, sino un medio para que «el mundo crea». «Sería un escándalo si, debido a nuestras divisiones, no cumpliéramos nuestra vocación común de dar a conocer a Cristo», afirma el Pontífice, haciendo suyas palabras de Francisco.

A pesar de estos deseos de concordia, las voces críticas advierten de que el liderazgo de Mullally podría no cerrar las heridas, sino profundizar una división que muchos consideran ya irreversible, ya que ven en su promoción una violación de los votos episcopales al amparar una «agenda revisionista» en materia de moralidad sexual y un paso más hacia el abismo woke.

La Iglesia de Inglaterra se enfrenta ahora al desafío de evitar un cisma de facto, con provincias enteras distanciándose estructuralmente de la sede primada. Mientras Mullally defiende una Iglesia «inclusiva y abierta», los sectores más conservadores ven en su figura el factor que podría precipitar la ruptura definitiva de una comunidad que agrupa a millones de fieles en todo el mundo.

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