La dieta mediterránea no era una dieta
Comer, en el Mediterráneo, fue, antes que nada, una forma de vida: una alianza entre la producción, la vida social, la cultura y la alimentación. Hoy sabemos mejor que nunca lo valiosa que es la dieta mediterránea, y quizá por eso resulta más triste comprobar hasta qué punto nos alejamos precipitadamente de ella
Llegan los días soleados y mucha gente empieza con su dieta, dispuesta a encajar en un estándar tipo, en un esquema absurdo de formas imposibles. La dieta mediterránea ha sufrido una reducción reveladora, a fuerza de hablar y no practicarla, la hemos convertido en una prescripción. La invocamos como si fuese una pauta clínica, una combinación afortunada de elementos mágicos o una suerte de fórmula higiénica avalada por la ciencia. Pero su origen es mucho más hondo. La antigua palabra griega diaita no designaba simplemente un régimen alimentario, sino un modo de vida, una manera de ordenar la existencia. Esa raíz conceptual importa, porque nos recuerda que, en su sentido primero, comer bien no equivalía solo a ingerir bien, sino a vivir con medida, armónicamente.
Grecia proporcionó a ese ideal su primera forma, fue la cuna para entender la alimentación en el contexto de los principios del equilibrio y con la teoría de los humores como fondo. El alimento estaba ligado al ritmo de las estaciones, a las ocupaciones y, sobre todo, a la conversación y a la transmisión de conocimiento, el tiempo de comer era el espacio para la comunicación y la reflexión. Y, por tanto, en torno a la mesa se transmitían hábitos y no solo recetas, sino una forma de consumir los alimentos.
Roma heredó ese mundo y lo amplió, convirtiéndolo en una cuestión clave para el desarrollo de la civilización alimentaria mediterránea, difundiéndola a gran escala en todo el Imperio, consolidándola y proporcionándole coherencia mediante el entorno productivo, el gastronómico y el social. La tríada mediterránea terminó por perfilar una cultura de la permanencia gracias a la presencia de alimentos sencillos, fuertemente ligados al territorio, al clima y a la continuidad de la vida doméstica que a través del tiempo pasó del autoabastecimiento a la alta cocina.
Durante siglos, el mundo mediterráneo enseñó a comer no solo con productos, sino con ritmos, con un tiempo para la abundancia y un tiempo para la contención y la frugalidad
Esa herencia adquirió una nueva profundidad con la aparición del cristianismo. La tríada mediterránea adquirió una dimensión espiritual, además, y se estableció la ya milenaria fórmula que incorporó fiestas, abstinencias y ayunos, con sus platos característicos. Durante siglos, el mundo mediterráneo enseñó a comer no solo con productos, sino con ritmos, con un tiempo para la abundancia y un tiempo para la contención y la frugalidad. La dieta mediterránea fue, mucho antes de que la ciencia la describiera, una forma moral de ordenar la vida.
Por eso tiene tanta importancia que la UNESCO no la defina como una mera suma de ingredientes, sino como un conjunto de conocimientos, prácticas, rituales, símbolos y tradiciones que abarcan desde el cultivo y la pesca hasta la cocina y el acto de compartir la comida. Lo decisivo en esa definición no son solo los alimentos, sino el hecho de que «comer juntos» aparezca como la continuidad de las comunidades mediterráneas. Esa precisión vale más que muchas campañas nutricionales: nos dice que la dieta mediterránea pertenece al ámbito de la cultura antes que al de la moda dietética. Es el antiguo convivium traído a la actualidad.
El siglo XX hizo un enorme descubrimiento, pero introdujo también un malentendido. Cuando la investigación médica comenzó a subrayar los beneficios del patrón mediterráneo prestó un servicio indudable. Sin embargo, el lenguaje tendió a estrechar su significado, y lo que ganamos evidencia científica, lo perdimos en concepto cultural. Empezamos a hablar de la dieta mediterránea como si fuera un producto sanitario, cuando en realidad había sido durante siglos una forma de vida completa, compleja y unificadora.
Ahí reside, quizá, el gran error de nuestro tiempo. Hemos conservado el nombre, pero hemos desmontado las condiciones que lo hacían posible. Seguimos pronunciando esas dos palabras «dieta mediterránea» mientras comemos deprisa, cocinamos menos, compramos peor, compartimos menos mesa y dejamos cada vez más parte de nuestra alimentación en manos de la industria del producto listo para consumir. Lo que se ha roto no es solo una pauta dietética, se ha quebrantado un ecosistema humano. Y eso explica por qué la nostalgia alimentaria, por sí sola, no basta: no se trata simplemente de volver a unas recetas, sino de recuperar las formas de vida que permitían sostenerlas.
Los datos españoles confirman que el problema no es retórico. La adherencia a la dieta mediterránea es más que mejorable y que, al mismo tiempo, un mayor consumo de ultraprocesados se asocia con peores patrones dietéticos. No hablamos, pues, de una vaga decadencia cultural -que ya es doloroso-, sino de una transformación concreta de hábitos cotidianos. Completa el panorama la cuestión de las tristes viviendas sin cocina, que preocupan y nos encaminan hacia un futuro peor en muchos aspectos. La crisis de la alta cocina no es un unicum, y todas las facetas de la gastronomía están viéndose afectadas por un paradójico tiempo de abundancia.
Pero incluso esos datos, siendo importantes, no agotan la cuestión. El problema de fondo es más delicado: estamos dejando de transmitir nuestras bases civilizatorias. La cocina cotidiana pierde prestigio frente a la solución instantánea; los mercados desaparecen y la mesa familiar se fragmenta. El Mediterráneo no enseñó solo a comer aceite de oliva, pescado o legumbres, nos instruyó sobre una de más ricas construcciones culturales de la historia, mostrándonos como compartir, celebrar o relacionarnos.
La cocina cotidiana pierde prestigio frente a la solución instantánea; los mercados desaparecen y la mesa familiar se fragmenta
Quizá convenga decirlo con toda claridad: salvar la dieta mediterránea no consiste en repetir mecánicamente una lista de alimentos correctos, sino en restituir su sentido. La paradoja del presente es que sabemos muy bien por qué la dieta mediterránea merece ser preservada, y sin embargo vivimos de una forma que es incapaz de practicarla.