El curso que viene
No son menores las preocupaciones de las familias, que observan cómo año tras año los recursos que destinan a la llamada «vuelta al cole» se incrementan de manera alarmante ocasionando más de un sobresalto a la economía familiar
A escasas semanas del comienzo de un nuevo curso, son infinidad las cuestiones que desde los diferentes actores del sistema educativo comienzan a plantearse, algunas de índole más economicista. No son menores las preocupaciones de las familias, que observan cómo año tras año los recursos que destinan a la llamada «vuelta al cole» se incrementan de manera alarmante ocasionando más de un sobresalto a la economía familiar. Tampoco pueden ignorarse las serias y lógicas preocupaciones de los profesores, sumidos como están en una vorágine burocrática sin expectativa a corto plazo de la tan ansiada reforma de la profesión docente que tan importante impacto –si se acertase en el modelo– supondría para la mejora de la calidad del sistema educativo y tan extraordinarios beneficios tendrían para el profesorado por cuanto de una vez por todas se pondría a su disposición una adecuada formación permanente claramente vinculada a un espíritu de promoción profesional y personal que redundaría en el conjunto del sistema. Un sistema educativo que ambiciona una mejora sustancial de sus resultados, no puede ignorar que los profesores constituyen la clave de bóveda sobre la que se asienta el mismo, por lo tanto las reformas legislativas que afecten a su formación inicial y permanente, selección y carrera profesional no pueden estar sometidas a frivolidades. Hace más de dos años que los docentes deberían disponer de un nuevo marco legislativo que entre otras cuestiones debiera contemplar una eficaz carrera profesional capaz de motivar en su desempeño al profesorado .La realidad es que una de las decisiones de mayor envergadura por su extraordinario impacto en el conjunto del sistema ha quedado bloqueada por un gobierno que incumple sistemáticamente sus obligaciones, incluso aquellas que emanan de leyes aprobadas por su propia iniciativa. Mientras tanto no podemos sino ruborizarnos cuando a través de una entrevista en un medio de comunicación, una profesora se quejaba amargamente de que en un curso de formación esos a los que acuden los docentes buscando ampliar sus conocimientos, literalmente le habían puesto a «abrazar árboles». Sobra cualquier tipo de comentario.
Los alumnos, actores principales en el conjunto del sistema educativo. Alumnos de hoy, profesionales del mañana. Aquellos que representan el futuro, los mismos que en un corto espacio de tiempo tendrán que tomar decisiones que no sólo les afectarán personalmente sino que en buena parte de las ocasiones, estas impactarán en el conjunto de la sociedad. La trascendencia que un buen o un mal sistema educativo tiene para un país es tal que resulta necesario preguntarse si realmente nuestra educación está a la altura de lo que requiere la España del futuro.
Resulta evidente que tener la segunda tasa de abandono educativo temprano más alto de la Unión Europea no es la mejor carta de presentación. Observar como los indicadores internacionales, PISA en concreto, arroja datos que demuestran un descenso importante, descenso progresivo desde el año 2015, en el nivel de rendimiento de los alumnos españoles en materias tan significativas como matemáticas y lectura no puede sino encender la señal de alarma. Constatar que el principio de equidad ha sido expulsado del sistema educativo por obra y gracia de ese falso igualitarismo que defiende la izquierda de este país y que no ha hecho sino ahondar en las diferencias entre alumnos golpeando sin piedad precisamente a aquellos que más debilidades tienen, aquellos que provienen de entornos más desfavorecidos, aquellos que presentan dificultades de aprendizaje que el actual modelo, ni en método ni en recursos es capaz de resolver.
Evidenciar las profundas diferencias entre comunidades autónomas en una España de diferentes velocidades donde a un alumno le penaliza el lugar donde vive e incluso el centro educativo al que acude. No, definitivamente no.
Nuestro sistema educativo hoy avanza de forma renqueante sin conseguir acortar la distancia que le separa de aquellos sistemas más aventajados. Existe una profunda fractura que las decisiones erróneas adoptadas por la izquierda de este país que es quien ha diseñado mayormente el conjunto del sistema educativo desde la aprobación de la LOGSE sin dar la mínima oportunidad a la aplicación de otros modelos cuya eficacia era más que evidenciada por países de nuestro entorno, no ha hecho sino agrandar las diferencias entre alumnos y disminuir la igualdad de oportunidades.
Mientras tanto y a falta del liderazgo que debiera asumir el gobierno, explosionan diferentes debates impulsados por sectores sociales que intentan buscar soluciones a los evidentes problemas del sistema. El último de ellos hace un replanteamiento del uso de los dispositivos digitales, pantallas y ordenadores, en el aula. Resulta curioso este debate en un país donde hasta hace poco cualquier centro educativo que no dispusiese de los medios tecnológicos más avanzados no resultaba del agrado de las familias, de hecho se inyectó, especialmente a la educación pública, una cantidad importante de recursos en forma de pantallas digitales y tabletas para los alumnos que por cierto en algunas ocasiones no fueron ni utilizados en el aula, desterrando como «anticuado» el uso habitual de los libros de texto. Hoy parece que el péndulo se mueve en sentido contario sin buscar el equilibrio acertado entre un protagonismo del libro de texto que jamás debió perder y la necesaria adquisición de competencias digitales por parte de los alumnos que evidentemente requiere la presencia de dispositivos en los centros educativos.
Seguro que este y otros asuntos ocuparán páginas en los próximos meses, claro ejemplo de la importancia que el conjunto de la sociedad concede a la educación. La cuestión es la necesaria y profunda reflexión que desde las instituciones ha de hacerse sobre el conjunto de un sistema que evidencia importantes carencias. El actual gobierno, conformista e incapaz no piensa hacerlo. Es la hora de la oposición. Comienza la cuenta atrás.
Sandra Moneo es presidenta de la Comisión de Ciencia y Universidades del Congreso de los Diputados