Una ecografía y un doctor con una jeringuilla
La dura realidad del aborto: «Cuando el doctor terminó, cogió el frasco y empezó a revisar los pedazos»
El momento más fuerte para ella fue ver cómo, después de la cuchareta, emplearon instrumentos que ella misma había comprado
En 2024, más de 106.000 fetos no pudieron completar el embarazo en el seno de su madre. El auge de la cultura de la muerte no cesa, al igual que tampoco lo hacen las políticas del Gobierno, que en lugar de apostar por la vida y los individuos, aprueban cada vez más leyes para acabar con ellos. Esto ocurre por una simple razón: desconocen el sufrimiento de las mujeres y las práctica que se emplean para acabar con la vida de los fetos. Ejemplo de ello es Amparo Medina, una exguerrillera que militó en grupos de la izquierda radical y que, tras varios acontecimientos, decidió replantearse su vida.
La reconversión de la que también fue funcionaria del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) comenzó cuando presenció un aborto en persona.
Su mejor amiga se quedó embarazada de una relación extramatrimonial. Como no quería perder a sus hijos ni a su marido, habló con Amparo, quien le dijo que lo mejor era quitarle la vida al feto y que todo volviese a la normalidad: «Para nosotros era algo tan natural y un proceso de empoderamiento y derechos que pensábamos que era la mejor solución», comentó a este medio.
Sin pensarlo acudieron al abortorio. Tenía miedo, pero Medina confesó que sabían y tenían «muy claro» lo que hacían. Se sentían en lo correcto y pensaban que nada iba a salir mal. Antes de entrar, la que en aquel momento era una militante proaborto tranquilizó a su amiga: «No pasa nada, este es el mejor médico que tenemos, lo hemos mandado especializar», le prometió. Sin embargo, solo unos minutos después se dio cuenta de que ninguna mujer va «con la mano en la cintura y la sonrisa en los labios a abortar», explicó la que actualmente es una gran defensora de la vida y presidenta de la Red Provida de Ecuador.
El segundo gran impacto lo sintió dentro de la clínica. Estaban en la enfermería y le pusieron una inyección para paralizarle de la cintura para abajo. En ese instante su amiga le cogió de la mano y le dijo: «No me dejes sola, entra conmigo». Ahí, confesó a El Debate, se dio cuenta de que si ella no estaba segura, «¿por qué no podía decidir? ¿Dónde estaba su derecho?». Ahí comprendió que «ninguna mujer necesita un aborto, lo que necesita es ayuda».
Aunque ya llevaba minutos digiriendo todo lo que estaba ocurriendo, el gran impacto de Medina fue ver cómo prácticamente «la descuartizaban en la silla obstétrica». Tras esto, comenzó el verdadero proceso, el de la extracción. «Empecé a ver sangre, veía todo lo que hacían. Ahí cuestioné todo lo que estaba pasando», confesó.
El momento más fuerte para ella fue ver cómo, después de la cuchareta, emplearon instrumentos que ella –por medio de la UNFPA– había comprado: «Le introdujeron la manguera y encendieron la aspiradora, 70 veces más fuerte que la de una casa. Empezó a escuchar un sonido muy fuerte y comenzó a absorber», recordó la presidenta de la Red Provida de Ecuador.
Cuando pensaba que todo había acabado, presenció algo que «nunca» olvidará, y es que en el frasco que había en el suelo empezaron a caer los cachos de feto que le había quitado a su amiga: «De pronto me agaché, miré el tarro y me di cuenta de que eran restos de bebés. Se veía un pie abierto y un brazo pequeñito». Así, segura que al finalizar el proceso, el doctor con un tono muy frío comentó: «El proceso ha terminado». Cogió el frasco y empezó a revisar los pedazos. «Ahora entiendo que fue para confirmar que no se quedaba nada dentro», lamenta Medina.
Antes de salir de la consulta, el facultativo fue al baño y tiró al bebé. También le explicó que pasados 40 minutos iba a poder caminar sin ningún tipo de problema. Por último, ocurrió algo fue decisivo para darse cuenta de los problemas del aborto: y es que el doctor les dijo que «a partir de ese momento no le conocíamos», concluyó Medina.