El triángulo del fuego y la prevención de incendios forestales
La chispa inicia el incendio. El combustible explica la catástrofe. Y la prevención consiste en actuar antes de que ambos lleguen a encontrarse
Imágenes de los estragos del fuego a su paso por el Pantano de San Juan
En ingeniería de la seguridad, cuando se produce un siniestro, no basta con identificar el último hecho que lo desencadenó. Hay que distinguir entre la causa directa y la causa raíz. La causa directa es el acontecimiento final que inicia el accidente: una chispa, un rayo, un fallo eléctrico, una negligencia o una llama. La causa raíz está formada por las condiciones previas y la cadena de fallos que permitieron que ese hecho inicial terminara convirtiéndose en una catástrofe.
Esta diferencia es esencial. Podemos investigar qué produjo la primera llama, pero también debemos preguntarnos por qué esa llama encontró las condiciones necesarias para avanzar sin control. En prevención de riesgos, la actuación más eficaz no consiste únicamente en intentar evitar todos los sucesos iniciadores –algo materialmente imposible–, sino en impedir que un incidente puntual pueda adquirir dimensiones catastróficas.
Para que exista fuego, deben coincidir, en el mismo lugar y al mismo tiempo, tres elementos: una fuente de ignición, oxígeno y combustible. Es lo que conocemos como el triángulo del fuego. Si falta cualquiera de los tres, la combustión no se inicia o no puede mantenerse.
El primer elemento es la fuente de ignición, es decir, la energía que inicia la combustión. Puede ser un rayo, una chispa eléctrica, una maquinaria sobrecalentada, una colilla, una quema agrícola o una actuación intencionada. Se puede y se debe trabajar para reducir muchas de estas causas mediante vigilancia, mantenimiento, regulación y responsabilidad ciudadana. Sin embargo, nunca será posible eliminarlas por completo: siempre existirán fenómenos naturales, averías o conductas humanas capaces de producir una chispa.
Qué estamos dejando arder
El segundo elemento es el oxígeno, presente de forma natural en la atmósfera. En un incendio forestal abierto no podemos eliminarlo ni controlarlo. Por tanto, no constituye una variable sobre la que pueda basarse la prevención ordinaria.
El tercer elemento es el combustible: matorral, pastos secos, ramas, restos vegetales, árboles muertos y biomasa acumulada. Este es el elemento sobre el que tenemos una mayor capacidad de actuación. Mediante gestión forestal, desbroces selectivos, retirada y aprovechamiento de biomasa, pastoreo, creación y mantenimiento de discontinuidades vegetales y limpieza de las zonas próximas a poblaciones e infraestructuras, podemos reducir tanto la cantidad de combustible como su continuidad.
Aquí se encuentra la diferencia entre la chispa y la catástrofe. La chispa puede iniciar el incendio, pero es la cantidad, la sequedad y la continuidad del combustible lo que determina su capacidad de propagación. Una fuente de ignición que cae sobre una zona cuidada y con poca carga vegetal puede provocar un conato controlable. La misma chispa, en un monte abandonado y saturado de biomasa seca, puede originar un incendio de enorme intensidad y muy difícil de extinguir.
El cambio climático debe situarse correctamente dentro de esta explicación. El cambio climático no es, por sí mismo, una fuente de ignición ni un cuarto lado del triángulo del fuego. No enciende directamente el monte. Pero sí puede crear condiciones que agravan extraordinariamente el riesgo: temperaturas más elevadas, sequías prolongadas, menor humedad de la vegetación, olas de calor más frecuentes y periodos de peligro más largos. Todo ello hace que el combustible se encuentre más seco, arda con mayor facilidad y libere energía con mayor rapidez.
Por eso, afirmar que el cambio climático favorece incendios más intensos no reduce la responsabilidad de prevenirlos; bien al contrario, la aumenta. Si sabemos que las condiciones ambientales hacen que el fuego pueda ser más virulento, debemos extremar la actuación sobre aquello que sí podemos controlar. No podemos modificar el oxígeno de la atmósfera, ni garantizar que nunca se produzca una chispa, ni resolver de manera inmediata la evolución global del clima. En lo único que podemos trabajar preventivamente es en retirar el combustible acumulado en nuestros montes.
En definitiva, la investigación debe determinar qué inició cada incendio, pero la prevención debe ir más atrás y analizar por qué pudo propagarse hasta convertirse en una catástrofe. La causa directa explica cómo comenzó el fuego; la causa raíz ayuda a comprender por qué adquirió semejante dimensión. Y es precisamente sobre esa causa raíz –la acumulación y continuidad del combustible forestal– donde una política preventiva constante puede salvar vidas, proteger ecosistemas y reducir enormemente la superficie quemada.
La chispa inicia el incendio. El combustible explica la catástrofe. Y la prevención consiste en actuar antes de que ambos lleguen a encontrarse.
- Ricardo Díaz Martín es catedrático de Ingeniería Química y Vicerrector de Posgrado y Transformación Digital de la Universidad CEU Fernando III