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Dr. Alfonso Martínez de Carneros, médico oftalmólogo de la Clínica Martínez de CarnerosCedida

Alfonso Martínez de Carneros, oftalmólogo: «El paciente no siente nada mientras mueren sus células visuales»

Mirar al sol de seguido en un día es prácticamente imposible. En menos de un segundo los ojos ya han apartado la vista de la gran estrella por molestia

En las próximas horas, los más curiosos se estarán preparando para uno de los hitos astronómicos más relevantes de los últimos años: un eclipse solar total que se dejará ver en toda la Península. Para apreciar bien este fenómeno, que se verá desde todos los puntos del país, será necesario adoptar una serie de medidas de seguridad sanitarias. De no hacerlo, las células visuales podrían ir muriendo poco a poco.

Esto ocurre por varios motivos. El principal tiene que ver con la evolución ha perfeccionado en el ser humano mecanismos biológicos extraordinarios para interactuar con su entorno. Según explica a este medio el Dr. Alfonso Martínez de Carneros, médico oftalmólogo de la Clínica Martínez de Carneros, hemos desarrollado «defensas automatizadas frente al dolor, el frío o la luz extrema». Sin embargo, cuando la Luna se interpone entre la Tierra y el Sol, nuestra perfecta maquinaria biológica sufre «un cortocircuito».

En este sentido, el oftalmólogo revela que durante un eclipse solar, «la evolución nos tiende una trampa». Así, explica que «nuestros ojos, simplemente, no están programados para sobrevivir a la oscuridad simulada».

El «sistema de alarma» que el eclipse desactiva

Mirar al sol de forma prolongada es prácticamente imposible. En menos de un segundo la molestia obliga a apartar la mirada de la gran estrella. Esto ocurre, afirma el doctor Alfonso Martínez de Carneros, porque nuestro cerebro activa de inmediato «un sistema de defensa triple y ultraveloz».

En primer lugar, explica, se produce una miosis como respuesta refleja. Es decir, «la pupila se contrae instantáneamente hasta volverse milimétrica para bloquear el exceso de luz». En segundo lugar, el reflejo palpebral. En este momento se parpadea «de forma involuntaria en fracciones de segundo». Por último se experimenta el dolor térmico. «Los fotorreceptores y los tejidos adyacentes se saturan, enviando una señal inequívoca de alarma que nos obliga a apartar la mirada», añade el oftalmólogo.

Este sistema, confiesa el experto, es «perfecto para el sol de mediodía». No obstante, «fracasa estrepitosamente durante un eclipse». Y es que a medida que la Luna oculta el disco solar, la luminosidad ambiental disminuye de forma drástica. Engañado por la penumbra, el cerebro interpreta que está anocheciendo y activa el mecanismo opuesto: la midriasis (dilatación de la pupila). «Aquí comienza el gran engaño biológico», ya que al abrirse la pupila para captar más luz, se deja «la puerta de la retina completamente abierta».

Radiación invisible y una quemadura sin dolor

Cuando la Luna comience a tapar el Sol, el cielo se empezará a oscurecer. En este punto, lo normal sería pensar que la radiación disminuye, pero no. Tal y como explica «el Sol no deja de emitir radiación, que sigue llegando a la Tierra con la misma potencia destructiva».

En este momento, las gafas homologadas bajo la estricta normativa ISO 12312-2 juegan un papel clave: «Al mirar el eclipse sin protección, esa radiación entra a través de «una pupila dilatada y se concentra en la mácula, la zona de la retina responsable de la visión central, esencial para leer o reconocer rostros». Lo más peligroso de este fenómeno es la ausencia absoluta de dolor. La retina carece de receptores térmicos o de dolor. La lesión que se produce no es una quemadura por calor, sino una lesión fotoquímica.

En este momento, el paciente no siente absolutamente nada. Sin embargo, «sus células visuales entran en muerte celular programada».

El daño tarda horas en aparecer

Dado que la lesión es bioquímica, los síntomas no aparecen en el acto. El paciente suele retirarse a casa convencido de que su audacia no ha tenido consecuencias. Sin embargo, entre 4 y 12 horas después, la inflamación celular y la muerte de los fotorreceptores se manifiestan clínicamente.

El despertar de la retinopatía solar es dramático: «El paciente nota una mancha oscura justo en el centro donde dirige la mirada. Además, las líneas rectas de los marcos de las ventanas o de los textos impresos comienzan a verse onduladas o distorsionadas».

Cuando el daño es severo y los fotorreceptores mueren, aparecen los límites de la medicina actual. «No existe ningún tratamiento médico, farmacológico ni intervención quirúrgica capaz de resucitar el tejido nervioso central de la retina», advierte el oftalmólogo.

Por último, afirma que la Tomografía de Coherencia Óptica (OCT) permite observar «con gran precisión el daño celular», pero únicamente sirve para evaluar «la lesión y seguir su evolución». Así, explica que «cuando la recuperación se produce es espontánea y puede prolongarse hasta seis meses; en exposiciones prolongadas, además, rara vez es completa».