Aborto: tres grandes mentiras
Nunca un acto de consecuencias tan graves (la destrucción de una vida humana) se sostuvo sobre argumentos tan injustificables, falaces y débiles
El terrible paso dado en Massachussets para legalizar el aborto libre hasta el mismo momento del nacimiento, reabre el debate sobre el aborto, siempre cerrado en falso, siempre acallado por sus partidarios, siempre blindado por una industria millonaria cuyos intereses parecen estar por encima de cualquier razonamiento sereno. Quiero hablar de los argumentos que han permitido que hoy en España llevemos tres millones de niños y niñas abortados, suprimidos, olvidados.
Porque nunca un acto de consecuencias tan graves (la destrucción de una vida humana) se sostuvo sobre argumentos tan injustificables, falaces y débiles.
El primero de ellos: «Mi cuerpo es mío y hago con él lo que quiero». Cuesta creer que haya que explicar esto. Que el cuerpo del niño es distinto del de la madre y por tanto no le pertenece. Punto. Que dependa durante la gestación de ella, no implica que le pertenezca. Es más, debería ser un motivo para pensar en el valor de su protección, no en la posibilidad de su destrucción.
El segundo, «ahora no puedo tenerlo, lo tendré cuando se den las condiciones». Simplemente es obviar la radical individualidad de cada ser humano, de la que se deriva su dignidad, sus derechos, su futuro. Si se aborta a un hijo, en el futuro se podrá tener otro, pero no el mismo, otro. El ser humano eliminado jamás podrá vivir su vida única e irrepetible. Antropológicamente, es terrible pensar que el ser humano más indefenso encuentre un fin tan opuesto a la protección que debió encontrar.
El tercero, «eso no es un ser humano, es un ser vivo o un coágulo de células». No existe debate científico alguno sobre la condición plenamente humana del nasciturus. Y no hace falta esperar a que se desarrolle, lo es genéticamente desde el primer momento de la concepción. Que unas personas decidan negarlo desde la ideología no cambia en absoluta la realidad científica y médica.
Estos son en mi opinión tres argumentos troncales de los abortistas, pero hay otros muchos igualmente falaces: por ejemplo, que el aborto es un derecho de la mujer, cuando el derecho es a la vida del niño. Se podrá retorcer la ley o la palabra, pero es obvio que el derecho a la vida de un ser humano siempre estará por encima del supuesto derecho de nadie a eliminarla.
Si estos argumentos son tan insostenibles, ¿cómo es posible que sobre ellos se haya edificado toda una arquitectura legal y todo un relato justificador del aborto? Precisamente porque no hay argumento verídico que pueda justificar la supresión de una vida humana indefensa, única y con todo el futuro por delante. No lo hay. Ni lo podrá haber nunca.
Lo que habrá en el futuro, esperemos que no muy lejano, es la absoluta incredulidad respecto a la existencia de esta práctica en plenos siglos XX y XXI. Una práctica alejada de cualquier noción humanitaria, biológica o ética. Quienes la defienden saben bien la debilidad de sus argumentos, por eso no quieren que se debata ni se opine ni mucho menos se discrepe. Por ello se impone una auténtica espiral del silencio o se ataca a quien se atreva a pensar distinto. Pero somos muchos los que no asumiremos jamás la increíble y preocupante normalización del aborto en el tiempo que nos ha tocado vivir.