Ars Moriendi: aprender a morir para aprender a vivir
Si la muerte nos acompaña desde siempre, ¿cómo la afrontaron quienes nos precedieron?
Cada 2 de noviembre, Día de los Fieles Difuntos, recordamos de una manera especial a los seres queridos que han fallecido. Si en la vida buscamos certezas, la única que tenemos desde que nacemos es que la muerte nos hermana a todos.
Hace años que mi trabajo son los cuidados paliativos y dedico parte de mi tiempo a formarme. Así, llevo meses dándole vueltas a una pregunta: ¿ nos preparamos para el encuentro con la muerte? ¿ hay que aprender a morir? ¿Existe un mal morir y un buen morir?
Sí, existe. Morir con dolor y sintiéndote solo es morir mal. Por eso los cuidados paliativos son esenciales para morir bien. Y no es un asunto marginal, tres de cada cuatro personas que fallecen necesitan cuidados al final de la vida y esa etapa puede prolongarse durante años.
Pero mi pregunta iba más allá. Si la muerte nos acompaña desde siempre, ¿cómo la afrontaron quienes nos precedieron? En esa búsqueda encontré algo que me tocó el corazón: un texto de hace más de 500 años llamado Ars Moriendi, el arte de morir.
El Ars Moriendi es un texto anónimo de la tradición cristiana medieval, redactado en la primera mitad del siglo XV, en una Europa que aún llevaba grabada la memoria de la Peste Negra. Nació como una guía que enseñase a cualquiera, y no solo a los eruditos, a prepararse para el «bien morir». Con la llegada de la imprenta circuló en ediciones ilustradas, pensadas para que lo entendieran incluso quienes no sabían leer.
Estaba escrito para quienes se morían, claro, pero también para quienes debían ayudarles a morir: familiares, vecinos, sacerdotes… Ahí está su primera lección: morir no es un acto solitario, sino comunitario. Se muere acompañado. Y lo que describe no pertenece a una época pasada ni a una cultura concreta. Es universal al ser humano.
El texto describe los sentimientos del corazón que asaltan a la persona en sus últimos momentos. Son universales y todos los sentimos llegado el momento: la duda sobre el sentido de la vida que hemos vivido; la desesperación ante los errores pasados; el recuerdo de nuestras faltas, la vanagloria o soberbia de creer que todo se ha logrado por mérito propio; la impaciencia ante el sufrimiento; y el doloroso aferramiento a lo material.
Frente a cada una de estas dudas, el texto ofrece unas recomendaciones, que consuelan y reorientan el dolor, que siguen siendo asombrosamente actuales: Traducido al lenguaje de hoy, confianza frente a la duda, perdón hacia uno mismo frente a la culpa, paciencia ante el dolor, humildad frente al orgullo y desprendimiento frente al apego. Buscar compañía, repasar la propia vida con gratitud, pedir y dar perdón y saber despedirse. En estos años he podido comprobar que quien acompaña hoy a personas al final de la vida reconoce en esto lo esencial. Fue, en definitiva, una pedagogía del bien morir que enseñó a toda una época a transitar el final con serenidad.
Hay otro detalle histórico que me fascina. Durante siglos, y hasta hace relativamente poco, los testamentos no empezaban por el reparto de bienes, sino por la declaración del legado inmaterial: la fe, los valores vividos, el agradecimiento, la petición de perdón y las últimas palabras dirigidas a los seres queridos. Lo primero que escuchaba la familia no tenía precio, el reparto de los bienes llegaba después. Hoy, conservamos al notario, pero hemos olvidado la carta. Hablamos mucho de herencias de patrimonio y casi nada de legados del alma. De ahí el valor de recuperar el Testamento Espiritual: un escrito en el que la persona repasa su historia, rinde sus cuentas pendientes, transmite lo aprendido y entrega a su familia su herencia más valiosa.
Si hoy tuviera que dar un consejo desde mi propio legado, sugeriría prepararse ya para un buen morir, y dedicar más tiempo a compartir con los demás que a atesorar bienes. Los momentos y las vivencias compartidas son lo único que se lleva uno a la eternidad y que también se quedan en quienes nos sobreviven. Son el mejor legado.
En estos días, reflexionemos sobre lo que nos dejaron las generaciones que nos precedieron: cuál fue su verdadero testamento espiritual. Y después, preguntémonos algo más incómodo: si tuviera que irme hoy, ¿qué legado dejaría a los míos?
Quizá, sabiendo cómo se muere bien, podamos transformar el Ars Moriendi en Ars Viviendi durante el tiempo que nos quede.
- Borja Castillo Lapetra es director Fundador de la Fundación Dignia