Un ángel guardián en Urda
Y es que nuestros hijos tienen, además de ángeles custodios que son espíritu (y en cuya existencia creo firmemente), ángeles guardianes de carne y hueso
La mañana del pasado miércoles fue devastadora para toda España. También para mí y los míos de un modo singular. Según iban conociéndose los terribles detalles, tuve algo de déjà vu de mis primeras sensaciones ante la masacre de los trenes de Atocha del 11 de marzo de 2004. Pero enseguida, al llegarme noticias por un amigo de que Carlos Ortiz estaba entre los desaparecidos en Urda, otro recuerdo, casi diría un gélido escalofrío, se impuso sobre todos los demás. Eran recuerdos muy amargos de una tarde de un 11 de agosto de 2018. Estábamos celebrando en nuestro lugar de veraneo en el Mediterráneo el santo de mi hija pequeña cuando una llamada fatídica nos anunciaba el fallecimiento por un infarto de Facundo Delpierre, amigo del alma y compañero inseparable.
¿Qué es lo que vincula en mi espíritu estas dos muertes trágicas? Podría escribir varias columnas sobre ello. Por ejemplo, sobre las lágrimas vertidas en familia por dos personas queridas, arrebatadas antes de tiempo. Sobre el hecho de que hace ocho años mi hija estuviese celebrando su santo el día de la muerte de Facundo y pasara, anteayer, la noche de su diecinueve cumpleaños en el tanatorio en el funeral por Carlos. O sobre el drama de la muerte repentina en la mitad de la vida de dos amigos, dos profesores todavía jóvenes, dos católicos ejemplares, dos directores de colegio llenos de energía y pasión por la educación, uno con 43 años y el otro con 48.
Carlos Ortiz, responsable de los colegios del CEU
Pero, en esencia, a mis ojos de padre, a Carlos y a Facundo les vinculaba una sola cosa: haber sido ángeles guardianes de mis hijos. Y es que nuestros hijos tienen, además de ángeles custodios que son espíritu (y en cuya existencia creo firmemente), ángeles guardianes de carne y hueso. Los necesitan para no tropezar, para rehacerse tras un tropiezo o para no tirar la toalla. Y ellos dos estuvieron allí cada vez que mi mujer y yo temíamos que mis hijos iban a rendirse. Que, como tantos otros niños, iban a llegar a la conclusión de que estudiar no era para ellos. Pero Facundo y Carlos, cada uno en su momento, siempre estuvieron allí. Pendientes. Atentos. Vigilantes. Guardianes.
Mi hijo mayor prefiere que no hable de él, así que me van a permitir que me centre en mi hija. Lo cierto es que a mi hija en aquel entonces no le gustaba demasiado estudiar y toda su etapa en el colegio fue un continuo batallar y una superación de dificultad tras dificultad. Algunas de ellas, como las matemáticas o el latín, parecieron en su momento auténticos Himalayas que nunca podría escalar. Pero los superó a todos. De la mano de sus padres, por supuesto. Pero también de la de Facundo y Carlos. Sin ellos, su madre y yo estamos seguros de que no lo hubiese conseguido.
Comencemos por Facundo. Cuando llegó al colegio de mis hijos, en Sanchinarro, en calidad de subdirector, ya teníamos amistad con él y su esposa. Argentino apasionado como era, largas conversaciones sobre historia, religión y fútbol nos habían acercado. Pero solo llegué a conocer realmente de qué pasta estaba hecho cuando fue despedido injustamente. Durante el tiempo que estuvo en el paro, quiso dedicar su tiempo libre a seguir educando gratis et amore a un grupo de sus antiguos alumnos del colegio en unas barbacoas al aire libre que organizaba todos los sábados. Siendo padre de familia numerosa, otro hubiese dedicado todo su tiempo a buscarse las habichuelas. Pero ‘Facu’ decidió seguir haciendo lo que mejor hacía. Mis hijos estuvieron entre los afortunados niños a los que Facundo dedicó sus sábados durante varios años. Sobre todo con Clara hizo maravillas. Clara, una niña rebelde que no hacía caso de sus padres en tantas cosas, miraba a Facundo con devoción y le obedecía sin rechistar. Enseguida, mi esposa y yo comenzamos a mirar a nuestro ‘Facu’ con la misma devoción. El día que murió de un infarto lo recuerdo como un desgarro del alma. A mi dolor de amigo se unía mi miedo por la educación de mis hijos, privados de un referente fundamental.
Pero aquí, justo a tiempo, apareció la figura inesperada y bienhechora de Carlos Ortiz. Como dice Gandalf de los magos en El Señor de los Anillos, los maestros nunca llegan tarde, llegan justo en el momento en que tienen que llegar. En este sentido, resulta llamativo el hecho de que, siendo hija de dos profesores universitarios, Clara nunca mostrara mayor interés por la figura del maestro. Cuando tenía pocos años, le gustaba reunir a sus muñecos y darles clase, pero enseguida se olvidó de esta afición. Pues ahora mismo está estudiando Magisterio y ama la enseñanza con una pasión de la que yo soy el primer sorprendido.
Facundo jugó un papel en su infancia como un primer modelo. Pero realmente mi hija comenzó a hablar en casa de que iba a ser maestra gracias a la influencia de Carlos. En efecto, Carlos, ocupadísimo director de colegio (como todos los directores), parecía tener siempre tiempo para ella. Y es que Carlos era un corazón enormemente generoso con el bien más valioso de todos, su tiempo.
Lo cual sigue siendo para mí un misterio porque me consta que ni mucho menos era la única alumna de la que estaba especialmente pendiente. Y eran miles de alumnos en el colegio. Cada vez que Clara estaba abatida por alguno de los suspensos que fue cosechando, él estaba al quite para darle ánimo. Bellos gestos que sorprendían a Clara y comentaba luego en casa. No siendo la que mejores notas sacaba, mi hija notaba que Carlos, el director carismático al que todo el colegio admiraba, de veras creía en ella, creía en su valía de un modo genuino y nada forzado que le devolvió la confianza en sí misma. Y eso tuvo mucho que ver con el despertar de su vocación docente.
De resultas de todo esto, ahora Clara quiere ser maestra de escuela. Y sus padres no podemos estar más orgullosos. Y se lo debemos a sus dos ángeles guardianes. Tengo la certeza de que desde las estrellas ahora ambos velan como intercesores por mis hijos y por todos los alumnos y antiguos alumnos del CEU de Sanchinarro.