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Un cortín en el campo asturianoE.Díaz

Resurge el cortín, la construcción asturiana que protege a una de las especies más necesarias para los humanos

Antaño, solo las familias acomodadas podían disponer de varios, mientras que la mayoría de los campesinos contaba con uno solo

Los polinizadores ejercen una función esencial en nuestro ecosistema. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), 71 de los 100 cultivos que aportan el 90 % de los alimentos a nivel mundial dependen de la polinización animal, un proceso en el que las abejas desempeñan un papel clave. Aunque pasan más desapercibidas que otras especies amenazadas, su contribución resulta fundamental tanto para la biodiversidad como para la seguridad alimentaria.

Por ello, se están llevando a cabo estudios y ensayos para tratar de fomentar la vida de las abejas en el medio que nos rodea. Para ello, surgen estrategias de conservación y de ampliación de la superficie de los hábitats naturales en tierras agrícolas, todo para garantizar su calidad y permanencia a largo plazo.

Sin embargo, también han comenzado a rescatarse otros métodos tradicionales que habían caído en desuso. Es el caso del cortín, una construcción tradicional propia del suroccidente de Asturias que se utilizaba para proteger las colmenas de los ataques de los osos, el fuego o los robos y que, en la actualidad, se está recuperando.

Se trata de estructuras centenarias hoy agotadas, maltrechas y en su mayoría abandonadas, construidas piedra a piedra, sin argamasa, únicamente con el conocimiento transmitido durante generaciones. Estos recintos protegían antaño las colmenas tradicionales frente a los ataques del oso pardo y eran, por ende, común de vislumbrar en el paisaje de la comunidad norteña.

Tal y como recuerdan desde El país del abeyeiro, la importancia de las abejas en el suroccidente del Principado llevó a los antiguos apicultores a crear dos elementos arquitectónicos únicos: los cortinos y los talameiros. Su función era clara: proteger las colmenas del mayor carnívoro de la cordillera Cantábrica y garantizar la producción de miel en un entorno compartido con la fauna salvaje.

El cortín es una construcción tradicional que también se documenta en zonas próximas de Galicia y León. Estas estructuras, según el museo etnográfico de Grandas de Salime, se levantaban habitualmente en terrenos en pendiente. El desnivel se aprovechaba en el interior para crear una serie de repisas o rellanos escalonados sobre los que se colocaban las colmenas, lo que facilitaba tanto la organización del espacio como la entrada y salida de las abejas. En muchos casos, los cortinos carecían de puerta, accediéndose a su interior mediante una escala o una escalera de mano. De media, cada cortín podía albergar entre 30 y 40 colmenas.

La ubicación de los cortinos no era fruto del azar. Se elegían cuidadosamente laderas orientadas a mediodía y protegidas de los vientos dominantes del nordés y del gallego. Además, el entorno debía contar con abundante flora melífera, especialmente brezos y uces, así como con un curso de agua cercano que garantizase el suministro necesario para las abejas. Otro factor clave era la distancia respecto a otros cortinos, ya que no se permitía la presencia de uno situado a menor cota en las inmediaciones.

La posesión de cortinos reflejaba también la situación económica de las familias. Solo las más acomodadas podían disponer de varios, mientras que la mayoría de los campesinos contaba con uno solo. En los casos más humildes, la propiedad se compartía entre varias personas, llegando en ocasiones a pertenecer a cuatro propietarios distintos.

El oficio del abeyeiro o abeyeru (en eonaviego y asturiano, respectivamente) se basaba en el respeto al animal y en una relación equilibrada con el entorno. Las abejas desempeñan un papel clave en la conservación de los ecosistemas gracias a la polinización, que permite la reproducción de plantas y la generación de frutos y semillas. De ahí la relevancia de los modelos de apicultura extensiva, en los que las colmenas permanecen de forma estable en un mismo lugar, contribuyendo a la polinización de toda la cobertura vegetal y favoreciendo un modelo más sostenible.

Su recuperación, clave

En la actualidad, el paisaje de esta zona de Asturias conserva aún algunos cortinos en pie, mientras otros han sido engullidos por la vegetación o reducidos a simples montones de piedra. El abandono se explica tanto por la dificultad de acceso como por el cambio de los modelos productivos. Sin embargo, su recuperación resulta clave no solo como legado histórico, sino también como herramienta útil para la conservación de la biodiversidad.

Un ejemplo de esta recuperación es el proyecto desarrollado en el valle de Villarmeirín, en el concejo asturiano de Ibias. Un acuerdo de Custodia del Territorio entre la empresa asturiana Outurelos, el propietario de un cortín de casi 500 años de antigüedad y la Asociación de Ciencias Ambientales permitió reconstruir el Cortín de El Somo, derruido durante décadas. Finalizado en 2014 dentro del programa 'Life Urogallo Cantábrico', el proyecto devolvió las colmenas al cortín y, con ellas, miles de polinizadores que hoy contribuyen a mejorar el hábitat del oso pardo y de aves vulnerables como el urogallo o el pito negro.

De esta forma, los cortinos resurgen de sus cenizas para salvaguardar una de las especies más necesarias para los humanos. Porque, más allá de la reconstrucción de muros, el verdadero reto es mantener viva la actividad: cuidar a diario de las abejas para que el monte vuelva a llenarse de vida, flor a flor.