Bosque con rescoldos en Casavieja,Ávila
Lluvia sobre cenizas: España, en alerta ante el riesgo de erosión y riadas en las zonas incendiadas
Un chaparrón torrencial sobre un terreno desprovisto de vegetación puede generar una escorrentía muy veloz y desencadenar riadas repentinas y desprendimientos de tierra
Este pasado verano, los incendios han afectado a buena parte de España, especialmente durante el mes de julio. Al uno de los fuegos más mortíferos de la historia del país –el de Los Gallardos– hay que sumarle los incendios que afectaron a Ávila, Madrid y Toledo, el de la Mierla (Guadalajara) o el de Riglos (Huesca).
Todo ello se salda, según datos del Sistema de Información de Incendios Forestales de la Comisión Europea (EFFIS) de Copernicus, con 296.815 hectáreas (ha) quemadas entre el 1 de enero y el 16 de septiembre de 2026. Una cifra que supone el 44,4 % del total de las que han ardido en la Unión Europea (UE), que se cifran en 668.035 ha.
Pero las consecuencias del incendio no terminan cuando se apaga el fuego. Es ahora, con la llegada del otoño, cuando aparece un nuevo agente que condicionará el presente y el futuro de todas las zonas afectadas: la lluvia. A pesar de que, en condiciones normales, esta supone un elemento esencial para poder recuperar los ecosistemas, puede suponer un factor de riesgo sobre el terreno recién quemado.
Cuando desaparece la vegetación, el suelo queda al descubierto y se vuelve mucho más frágil frente a la erosión. Al no haber raíces que lo sujeten ni plantas que frenen el avance del agua, la lluvia es capaz de arrastrar grandes cantidades de tierra, ceniza y nutrientes.
La cubierta vegetal desempeña un papel clave en la regulación del ciclo del agua: retiene parte de la lluvia, ralentiza la escorrentía, facilita que el agua se infiltre en el terreno y da estabilidad al suelo gracias a sus raíces. Cuando el fuego destruye esa barrera natural, basta una tormenta fuerte para que una ladera calcinada se transforme en una fuente de agua, cenizas, sedimentos, piedras y restos de vegetación arrastrados.
El Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales advierte de que los incendios generan un deterioro profundo del terreno: se pierden nutrientes, se daña la flora y la fauna, cambia el paisaje y se producen efectos económicos y sociales en las comunidades cercanas. Por ese motivo, el proceso de recuperación de una zona arrasada por el fuego empieza mucho antes de que reaparezcan los primeros brotes verdes.
Aun así, desde el Colegio matizan que no todo incendio termina en una riada, ni toda riada posterior a un fuego se debe únicamente a él. Pese a ello, existe un consenso técnico claro sobre la relación entre los incendios forestales, la alteración del suelo, el aumento de la escorrentía y los procesos erosivos, algo que debería tenerse muy presente a la hora de planificar la recuperación tras un incendio.
Uno de los efectos más graves es la pérdida de suelo fértil. Cuando llueve sobre una superficie sin vegetación, el agua se lleva consigo la tierra y las cenizas hasta los cauces más próximos, lo que intensifica la erosión y complica que el bosque se regenere de forma natural. A esto se suma que buena parte de esos materiales acaba en ríos, embalses y otros ecosistemas acuáticos.
Las cenizas, además, pueden llevar sustancias como nitratos y ciertos metales pesados que, al mezclarse con el agua, afectan a la calidad de los recursos hídricos. Así ocurrió tras los incendios de Bejís (Castellón) y Zamora en 2022, cuando técnicos de la Confederación Hidrográfica del Júcar registraron aumentos puntuales de turbidez y materia orgánica en el agua destinada al abastecimiento.
Qué hacer antes de que llegue el agua
El peligro se dispara cuando las lluvias son especialmente intensas. En zonas de fuerte pendiente, un chaparrón torrencial sobre un terreno desprovisto de vegetación puede generar una escorrentía muy veloz y desencadenar riadas repentinas y desprendimientos de tierra. Estos episodios pueden llegar a afectar a carreteras, viviendas e infraestructuras cercanas, alargando durante meses los efectos del incendio.
Por eso, los expertos insisten en la necesidad de evaluar cuanto antes los daños y riesgos en cada zona quemada. Ese diagnóstico debe tener en cuenta elementos como la intensidad del fuego, el desnivel del terreno, el tipo de suelo y la cercanía de ríos, núcleos habitados, carreteras, captaciones de agua e infraestructuras. Con esa información se definen las actuaciones prioritarias en los puntos donde el riesgo de erosión, arrastres o afección a la población es mayor.
No hay, sin embargo, una fórmula única aplicable a todos los terrenos calcinados. Cada intervención debe ajustarse a las particularidades del lugar y llevarse a cabo con criterio técnico, ya que una actuación mal planteada puede entorpecer la regeneración natural o incluso agravar la erosión.
Entre las técnicas empleadas está el mulching, que consiste en tapizar el suelo con restos vegetales para amortiguar el impacto directo de la lluvia. También se recurre a fajinas –ramas dispuestas en sentido transversal en las laderas para reducir la velocidad del agua– o a mantas orgánicas que fijan el terreno y ayudan a la germinación. Asimismo, se pueden levantar albarradas o pequeños diques de contención, blindar los cauces, revisar el estado de los sistemas de drenaje y eliminar de forma selectiva los materiales que supongan un riesgo.
Otras medidas pasan por la hidrosiembra –esparcir semillas y nutrientes sobre las zonas dañadas– y la creación de pequeños canales o diques que permitan controlar el agua y frenar el arrastre de materiales hacia ríos y embalses. Intervenir en las primeras semanas resulta, además, mucho más eficaz y económico que hacerlo cuando el suelo ya ha sufrido un deterioro considerable.
A medio plazo, la recuperación pasa por impulsar la revegetación con especies autóctonas, limitar el paso del ganado y hacer seguimiento de cómo evoluciona la regeneración natural. A largo plazo, una gestión forestal adecuada –con tareas de mantenimiento, desbroce de matorral y reforestación cuando haga falta– puede ayudar a reducir la vulnerabilidad frente a futuros incendios.
También exige especial cuidado la gestión de la madera quemada. Retirar los árboles dañados puede ser necesario junto a carreteras, viviendas o infraestructuras, pero dejarlos en otras zonas puede favorecer que el suelo conserve humedad, se reduzca la erosión y se aporten nutrientes al terreno. Por el contrario, un exceso de madera acumulada puede propiciar la aparición de plagas, por lo que los expertos recomiendan analizar cada incendio como un caso particular.
La recuperación de un bosque calcinado, en definitiva, no arranca con la primera lluvia, sino mucho antes. Proteger el suelo tras las llamas resulta clave para que el fuego no derive en un segundo desastre, esta vez causado por el agua.