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En un reciente artículo, publicado por el escritor Arturo Pérez Reverte sobre una reunión entre historiadores, políticos, cineastas, escritores y periodistas para debatir sobre la Guerra Civil, se criticaba la postura de algunas personalidades que se habían negado a participar. El autor del artículo afirmaba que el razonamiento elegido para declinar su presencia era perfecto porque descartaba todo esfuerzo intelectual: primero llamas fascista al interlocutor y luego justificas no hablar con él porque es fascista (sic). Es inevitable que, al leerlo, no se encuentre un estrecho paralelismo con el trato despectivo que proporcionan los fundamentalistas del origen antrópico del calentamiento global hacia los científicos que dudan de que las actividades humanas puedan estar influyendo de forma significativa en el clima. Es decir, de cómo actúan los poseedores de una verdad absoluta respecto de los ignorantes que osan dudar. Es suficiente utilizar el apelativo de negacionista, para que huelgue la discusión por innecesaria.

Y no para ahí la cosa, porque en algunos casos se llega aún más lejos. Es un gran error confundir ciencia e ideología, ya que los principios físicos y las reglas de la naturaleza no se rigen por criterios políticos. Por ello, es imposible dilucidar si la teoría de la evolución de Darwin o la relatividad de Einstein son de derechas o de izquierdas. Sin embargo, los postulados científicos referentes al cambio climático han sido totalmente politizados. El poder de control que otorgan algunas hipótesis es muy fuerte y la tentación arrimar la ascua de la ciencia a la sardina de los intereses económicos, políticos y sociales es irresistible.

Aunque no deberíamos sorprendernos, no es la primera vez que esto ocurre, ni mucho menos. Basta recordar por ejemplo los grandes debates ideológicos (tan politizados como los de hoy) que se mantuvieron a mediados del siglo XIX, cuando los pioneros de la geología desafiaron las entonces consideradas como verdades absolutas postuladas en la Biblia. Y aunque nos extrañe, lo que está ocurriendo hoy en día no es muy distinto de lo que ocurrió hace casi dos siglos, intentando prohibir publicaciones, inhibiendo la difusión de datos o cancelando conferencias de personalidades científicas de talla mundial, como algún premio Nobel. Y todo ello con argumentos muy similares a los publicados en el artículo antes mencionado: primero se llama negacionista al interlocutor y luego se justifica no hablar con él porque es negacionista. O, por extrapolación, atendiendo a las ideologías políticas que han adoptado una u otra postura, se le califica simplemente como fascista.

Y, sin embargo, la tozuda naturaleza, gracias al progreso de la ciencia y de los nuevos hallazgos, se encarga incesantemente de enviarnos mensajes que ponen en duda las doctrinas oficiales sobre los orígenes y causas del cambio climático. Desde hace décadas, los conocimientos de la historia geológica de nuestro querido planeta vienen advirtiendo que el dióxido de carbono, el injustamente denostado CO2, no es el responsable del calentamiento global que estamos experimentando. Durante la mayor parte de los últimos 500 millones de años, las variaciones de temperatura no guardan ninguna relación con las del CO2. Sin embargo, a pesar de que estas informaciones eran bien conocidas desde hace décadas, han sido sistemáticamente ignoradas por los modelos de predicción climática, que asignan al dióxido de carbono un papel fundamental y que en realidad está muy lejos de corresponderle.

La causa fundamental de este enfoque erróneo deriva de la estrecha ventana temporal considerada en los datos estadísticos para la elaboración de los modelos. En efecto, la mayor parte de las proyecciones climáticas hacia el futuro se basan en los datos registrados en los observatorios meteorológicos durante los dos últimos siglos, cuando el desarrollo industrial coincidió con el periodo cálido que ha seguido a la Pequeña Edad del Hielo. La coincidencia del calentamiento y las emisiones de CO2 asociadas al desarrollo industrial durante esos dos siglos, aunque no guarden relación causa-efecto, ha servido de justificación para atribuir a las actividades antrópicas la responsabilidad del aumento de temperatura.

Adicionalmente, los resultados de los sondeos en los hielos de la Antártida, han permitido comprobar que, durante el último millón de años, la evolución de temperatura y el CO2 atmosférico aumentan y disminuyen al unísono, aunque con un sentido opuesto al que normalmente se le atribuye al aumento del efecto invernadero causado por las emisiones de CO2. El análisis minucioso de los datos revela una acusada tendencia a que sea la temperatura la que ascienda en primer lugar, y posteriormente se registre el aumento de CO2. Es decir, que no es el aumento de dióxido de carbono quien acentúa el efecto invernadero y provoca el calentamiento, sino que, al contrario, al aumentar la temperatura se induce un aumento de CO2 atmosférico. Esta relación inversa puede explicarse por el aumento de la temperatura de las aguas de los mares y océanos, el principal reservorio de CO2, que al calentarse pierden capacidad de disolución y emiten dióxido de carbono a la atmósfera.

En cualquier caso, es evidente que existe una clara contradicción entre la evolución registrada durante el último millón de años y las etapas más antiguas de la historia del planeta, y es innegable que, al menos durante algunos periodos de la historia climática, el CO2 y la temperatura evolucionaron en paralelo. Los datos en los que se basa ese paralelismo, extraídos del hielo, han sido considerados por muchos científicos como más fiables que los proporcionados por rocas y sedimentos de épocas más antiguas. Por ello, ha existido desde finales del siglo XX una acusada tendencia a ignorar lo que ocurrió hace millones de años, obviando las múltiples evidencias de que el paralelismo entre temperatura y CO2 no era debido a las actividades humanas. En efecto, son las variaciones de la actividad solar (los bien conocidos ciclos de Milankovitch y las variaciones en las manchas solares) quienes han controlado la evolución téermica.

Pero hallazgos muy recientes, han permitido aportar nuevas informaciones que aportan apoyos muy sólidos para confirmar la validez de los datos geológicos antiguos sobre la evolución climática del planeta. Un equipo integrado por investigadores estadounidenses y chinos (dirigido por la Dra. Marks-Peterson, del Instituto Oceanográfico Woods Hole de Massachusetts, USA), ha conseguido analizar hielo glaciar mucho más antiguo que el que había sido analizado hasta ahora, de hasta tres millones de años de antigüedad. Y, esos análisis han revelado que los niveles de CO2 atmosférico han permanecido estables durante los dos millones de años previos a los sondeos anteriormente analizados. Y, sin embargo, a pesar de esa estabilidad, el planeta ha experimentado importantes variaciones térmicas, confirmando (del mismo modo que ha ocurrido durante los 500 millones de años anteriores) que la temperatura ha evolucionado de forma totalmente independiente de los contenidos de dióxido de carbono en la atmósfera.

Como ocurre con frecuencia en la historia de la ciencia, la respuesta a una pregunta abre nuevos interrogantes. Es evidente que las tendencias que se muestran a lo largo de diferentes etapas de la historia climática terrestre son muy distintas. Por ahora, la ciencia aún no es capaz de explicar por qué CO2 y temperatura avanzan y retroceden en paralelo sólo durante determinados periodos, mientras que en otros tienen tendencias opuestas. Pero la ausencia de una explicación no impide poner de manifiesto la evidencia de una realidad, es decir, que no existe relación causa–efecto (en el sentido que postulan los modelos climáticos al uso) entre CO2 y temperatura. Del mismo modo que, después de décadas de búsqueda por parte de los físicos, la falta de ecuaciones integradas con la teoría de la relatividad, no permite negar la realidad de la mecánica cuántica.

Así pues, debemos agradecer estos avances en el conocimiento de la historia climática de la Tierra al hielo, díscolo y contestario. La extensión del hielo en los polos está aumentando, haciendo añicos las profecías climáticas sobre su desaparición. Y, las burbujas del hielo más antiguo desbaratan las bases conceptuales de los modelos climáticos, ya que no existe la correlación postulada. Atendiendo a las consideraciones realizadas al inicio de este artículo sobre la politización de la ciencia, se podría decir que el agua, al congelarse, almacena informaciones que contradicen las doctrinas oficiales, virando hacia la ultraderecha.

Una versión más completa y detallada de este artículo está disponible.

  • Enrique Ortega Gironés es geólogo y coautor de Cambios Climáticos