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Cuando hablamos de recuperar un terreno degradado, es fácil pensar en la imagen que esperamos ver al cabo de unos años, un espacio donde vuelve a crecer la vegetación y se recupera parte de la vida que había desaparecido. Sin embargo, entre el estado inicial y ese resultado hay un proceso que merece más atención. De las decisiones que se toman durante ese recorrido depende que la recuperación pueda mantenerse y que el esfuerzo realizado tenga sentido para el territorio.

No todos los terrenos llegan a ese punto por las mismas razones ni se encuentran en las mismas condiciones. En algunos, el fuego ha dejado el suelo expuesto; en otros, la degradación se ha producido de forma progresiva. Antes de decidir cómo actuar, hay que conocer el estado del suelo, el agua disponible y la capacidad de la vegetación para regenerarse. Esa evaluación permite distinguir dónde es necesario intervenir y dónde conviene acompañar una recuperación natural que ya está en marcha.

Entender la restauración de esta manera implica asumir que el trabajo continuará después de las primeras actuaciones. Habrá que observar cómo evoluciona el terreno, comprobar si la vegetación se desarrolla como se esperaba y ajustar los cuidados cuando sea necesario. Es una responsabilidad que requiere tiempo y personas capaces de atenderla. Y es precisamente ahí donde la recuperación ambiental empieza a conectarse con las oportunidades de actividad en el entorno rural.

El trabajo que nace de recuperar el territorio

Para llevar adelante estas actuaciones se necesitan viveros que suministren las plantas adecuadas, empresas que se ocupen de los trabajos forestales y profesionales que realicen el seguimiento. También hacen falta transporte, herramientas y servicios de mantenimiento. Cuando los proveedores del entorno participan en esas tareas, parte de la inversión destinada a recuperar el terreno se convierte en actividad para la comarca.

En Forest Makers desarrollamos Los Solanos, un proyecto que contempla recuperar algo más de 80 hectáreas afectadas por el fuego en Burbáguena, Teruel. Además de la plantación, la actuación requiere mantenimiento, riego cuando es necesario y seguimiento técnico. En esas labores se concreta la relación entre restaurar un espacio y generar trabajo a su alrededor. Son tareas que deben realizarse allí y que necesitan personas que conozcan la evolución del terreno.

Ahora bien, para que esa aportación tenga recorrido conviene pensar en la participación local desde el principio. Conocer qué empresas trabajan en la zona, qué servicios pueden prestar y qué necesidades de formación existen ayuda a organizar los proyectos de manera que las oportunidades lleguen al entorno. Los propietarios y quienes trabajan habitualmente en el monte pueden aportar, además, información sobre los accesos, los usos anteriores y las dificultades de cada parcela. Contar con ellos permite ajustar mejor las actuaciones y explicar las responsabilidades que asumirá cada parte.

Una de las cuestiones más importantes es la continuidad de los encargos. Una campaña de plantación puede concentrar trabajo durante unas semanas, pero una empresa necesita cierta previsión para invertir en maquinaria o ampliar su equipo. Lo mismo le ocurre a un profesional que valora formarse en una actividad, necesita saber si encontrará oportunidades más allá de una temporada. Cuando distintos proyectos permiten encadenar trabajos, hay más posibilidades de consolidar servicios y conocimientos que permanezcan en la comarca.

Esto no significa que una actuación forestal pueda resolver por sí sola la despoblación. El futuro de los pueblos depende también de la vivienda, las comunicaciones y el acceso a servicios. Pero la restauración puede aportar una actividad complementaria que merece ser tenida en cuenta. Para valorar su contribución, conviene observar las contrataciones que genera, la participación de los proveedores locales y los trabajos que permite mantener con el tiempo.

También deberíamos prestar más atención a la preparación que requieren los oficios forestales. Quienes cuidan un monte necesitan trabajar con seguridad, interpretar lo que sucede en el terreno y saber cuándo hace falta actuar. La experiencia local tiene un valor considerable y puede enriquecerse con formación especializada y herramientas de seguimiento. Esa combinación abre oportunidades profesionales vinculadas a una necesidad concreta del territorio.

Para que todo ello sea viable, los recursos deben cubrir tanto las primeras actuaciones como los cuidados posteriores. Los ingresos vinculados a la absorción de carbono pueden contribuir a financiar determinados proyectos y dar continuidad a sus trabajos. Su utilidad para el entorno rural se aprecia cuando permiten contratar servicios, sostener el mantenimiento y cumplir los compromisos adquiridos sobre el terreno.

Por eso, al valorar una restauración, me parece importante mirar tanto la evolución del espacio recuperado como la actividad que se ha generado a su alrededor. Si queremos que esa recuperación perdure, necesitamos personas que puedan ocuparse de ella y proyectos que permitan remunerar su trabajo. Ahí existe una oportunidad para los pueblos: que el cuidado de su territorio forme parte de las posibilidades de ganarse la vida en él.

  • Mariano Schoendorff es CEO de Forest Makers by Sierra Nevada S.A.