El búho: sabiduría, misterio y protección
Mariano se revolvía y venía para mí. Y como me quería tan poco como yo a él, era cuestión de temple. Respiraba aliviado cuando se cerraba la cesta. Me reaseguraba de que estuviera bien cerrada. Las urracas, grajas, chovas y cuervos serían la comida del búho de los próximos días
Imagen de recurso de un búho
Queridos Incautos: Lo llamaban Marianito. Vivía en una caseta en Prados. En una esquina del antiguo gallinero y Palomar. Había que echarle de comer todos los días. La carne se pudría. Especialmente en verano. Apestaba. Nos detestaba y nosotros, aunque nos fascinaba no le teníamos demasiada simpatía, y si un poco de temor.
Se nos tiraba a la puerta de tela metálica. Para echar de comer abrían una esquina deprisa. El hacía un ruido terrible chasqueando el pico mientras abría las alas y ahuecaba las plumas para parecer más grande. Nunca comía si le mirábamos. Giraba la cabeza muchísimo y tenía dos cuernos de plumas y unos ojos terroríficos.
Era diabólico.
En Prados vivía tía Teresa con sus hermanas también solteras. Al no tener hijos Dios le dió unos cuantos sobrinos, a los que adoraba. Para compensar, el diablo le dio sobrinos nietos. Nosotros, que éramos una piña, e intrínsecamente malos. Las pandillas se establecían por edades. Con los hijos de los trabajadores, que eran tan malos o si cabe peores. El escalafón se alcazaba por la intrepidez. Todos en pantalón corto, con los codos y las piernas cubiertas de costras y coloreadas por la mercromina. Eran medallas. Y si llevabas esparadrapo, todavía mayor orgullo.
Mi verano eran las tardes haciendo «planas». En número proporcional a la trastada: «No volveré a llegar tarde a Misa». «No volveré a tirar piedras con el tirador al coche del tío Ramón». «No volveré a saltar en el pajar deshaciendo la hierba». «No volveré a romper los cristales de la Erilla».
En esos casos además de la bronca y las «planas», nos sacaban el dinero ahorrado afanosamente en la hucha para pagar los desperfectos. Y entregárselo avergonzados a Desiderio, el administrador. Era un contrasentido. Nos echaban unas broncas monumentales, y luego se cascaban de risa cuando no los veíamos.
Ellos hicieron lo mismo de niños.
El búho era indefectiblemente una de las atracciones cuando venía alguien de visita. Que para nuestra satisfacción salía horrorizado.
A mi padre le encantaba. Me despertaba antes del amanecer. Yo salía dormido. Íbamos a por Marianito. Juanito el jardinero, un viejísimo anciano bonachón de eterna boina, con una faja enrollada de donde sacaba navaja y mechero, había metido el búho en una cesta con una larga cuerda atada a la patas, cuya punta sobresalía por un agujero de la cesta. Siempre me pregunté cómo. Porque la operación desde luego no era fácil.
Mi padre subía la cesta, la escopeta y los cartuchos en aquel Citroën dos caballos que tenía un motor que sonaba como un sonajero y las puertas se abrían al revés.
Con una linterna llegábamos al puesto.
Primero había que sujetar la punta de la cuerda. Abríamos la cesta. Salía Mariano más furioso que habitualmente. Cuando se alejaba un poco soltábamos la cesta y lo ataba en una peña de unos 3 m de altura, frente a la antiquísima caseta de piedra, con techo de piorno seco. Aún quedan los restos de bastantes y me traen estos recuerdos.
Entrábamos por detrás, por un agujero pequeño agachándonos. Había que mirar bien que no hubiera víboras
Entrábamos por detrás, por un agujero pequeño agachándonos. Había que mirar bien que no hubiera víboras. Especialmente en el techo, que era muy bajo. Luego salía y metía la escopeta, siempre sagrada, y la bolsa de los cartuchos, un saquito de cuero con asas. Eran de cartón con bonitos anagramas. La mayoría verdes, de una armería que se llamaba Monray, y tenían un leopardo pintado.
Nos sentábamos en los banquillos de cuero. Mi padre siempre pendiente de la tronera. Me despertaba el primer tiro. Un sustazo. Mi padre reía. Ya había amanecido. Había caído el primer águila. Había muchísimas. Comían los miles y miles de conejos omnipresentes en las tierras. Mi padre me dejaba en las sombras de la tronera. «No te asomes. Tus ojos brillan mucho». Los escondíamos tras las gorras. Las águilas daban vueltas y bajaban en picado. Odiaban con toda su alma a Mariano. Le pegaban unas pasadas y Mariano se agachaba y les enfrentaba las garras, que eran durísimas y con unas uñas colosales. Había que tirar y rápido, pues podían matar al búho.
También venían los cuervos y las urracas. Alguno siempre caía. Pero lo impresionante era cobrar las águilas. Cuando el sol aparecía bien, salíamos del puesto. La operación de volver a meter a Mariano en el cesto era otro número. Mi padre me daba la cuerda y le echaba la cesta encima. Mariano se revolvía y venía para mí. Y como me quería tan poco como yo a él, era cuestión de temple. Respiraba aliviado cuando se cerraba la cesta. Me reaseguraba de que estuviera bien cerrada. Las urracas, grajas, chovas y cuervos serían la comida del búho de los próximos días. Las Águilas las bajábamos para enseñarlas.
Lo primero era desayunar. Aquellas rebanadas de pan con nata de la leche recién cocida con azúcar y un enorme Cola Cao. Y luego todos arremolinados sobre los milanos, las ratoneras, y alguna vez las inmensas águilas reales. Eran gigantescas y preciosas. Decían que tuviéramos cuidado. Que podían tener pulgas. Pero era para chincharnos. Nos encantaban las garras, un preciado trofeo. Y las largas plumas, que hubieran valido para escribir. Yo me afanaba en contar como gracias a mí, que las había visto primero, mi padre había podido cazarlas. Mi padre sonreía con mirada de «no cuentes trolas» pero no decía nada.
Cuantísimos conejos había. Se cepeaban unos 30.000 al año. Y consecuente había una cantidad enorme de Águilas. El conejo era la base del campo español. Machado lo cantó con esa crudeza no exenta de resentimiento:
y páramos de asceta
-no fue por esos campos
el bíblico jardín-:
son tierras para el águila,
un trozo de planeta
por donde cruza errante
la sombra de Caín»
Hoy en ésta mi adorada Castilla desgraciadamente quedan pocos conejos, pocas águilas, a las que cuido mucho, y demasiados Caínes.
El conde de Teba, Jaime patiño Mitjans, es arquitecto y ganadero