El verdadero aficionado: El cazador de patos

Adivinar la querencia según el tiempo y la comida, saber si están recién llegados o asentados con sólo verlos volar, acertar con la disposición de los cimbeles sobre el espejo del agua para que se puedan tirar a ellos y a la vez entren a tiro, el pato siempre entra con el viento en el pico…

Bandada de patos en vuelo

Bandada de patos en vueloCedida

Cuando hablamos de auténticos adictos a una modalidad cinegética, algunos cardan la lana y otros se llevan la fama. Si hay un apasionado de verdad en el mundo de la caza, ese es el empedernido patero. La incertidumbre de si harán acto de presencia en la mañana o en la tarde elegida o incluso si estarán, cumple a la perfección con una de las premisas que detallaba el gran Ortega para que la caza lo sea de verdad.

Adivinar la querencia según el tiempo y la comida, saber si están recién llegados o asentados con sólo verlos volar, acertar con la disposición de los cimbeles sobre el espejo del agua para que se puedan tirar a ellos y a la vez entren a tiro, el pato siempre entra con el viento en el pico… Ese rompecabezas que debe resolverse en pocos minutos, y es lo que determinará el triunfo o el fracaso. Ahí radica la verdadera pericia del patero. Hablo de la caza del pato salvaje; la otra, no es caza, es tiro y simple divertimento.

Decía mi abuelo que, en tres minutos de conversación con otro cazador, se le «guipaba» si era principiante o entendido

No existe una caza más bonita y, al mismo tiempo, más dura y sacrificada. Amaneceres nada silenciosos animados por el canto de limícolas y anátidas, ese frío que cala hasta los huesos, esa luz del lubrican mezclada con nubes de mosquitos sobre nuestras cabezas… Andar por los humedales delata al novato y al veterano: ¡ay del pobre que se quede clavado en el barro con la escopeta en la mano.! Decía mi abuelo que, en tres minutos de conversación con otro cazador, se le «guipaba» si era principiante o entendido. Si hablamos de patos, con medio minuto basta.

Las esperas —o aguardos— en cualquier chapín de agua junto al perro sentado a la vera reconfortan el espíritu y, en un abrir y cerrar de ojos, pueden traer una inmensa alegría. Para que la caza sea plena, la percha, aunque pequeña, debe satisfacer al cazador. En la sauvagine, se da con creces: volver a casa con media docena de patos es un éxito y nos llena y reconforta recordando los lances.

Perro de caza apresa un pato

Perro de caza apresa un patoCedida

Seis o siete variedades cazables en el cielo al mismo tiempo, con vuelos y zigzagueos diferentes. Conocerlas por su canto y plumaje, reclamarlas no es tarea menor. Unos comen en aguas someras, otros en profundas; algunos crían aquí, la mayoría llegan con la luna de octubre y noviembre. Aunque el viaje parezca una odisea, para ellos es un paseo: con corrientes favorables, en tres noches se plantan desde Rusia en los humedales manchegos.

En cuanto al tiro, representa un verdadero desafío. Cuántos buenos tiradores no son capaces de promediar con el campo. Qué importante es no adelantarse y juzgar bien el vuelo del pato en el aire, una vuelta más nunca sobrará. El coup de roi, o «tiro en la cruz», con los patos al paso alcanza su máxima expresión en esta modalidad. Fuera de eso, casi todos se marran.

Otro aspecto fascinante es el rico lenguaje que rodea esta caza, tanto por zonas como por la denominación de las especies. Si hablamos de tina o bocoy, de piquete o bando, de gallareta o focha, de carrizo o marjal, sabremos en qué rincón de España nos encontramos.

Hoy en día, ésta es una caza con un fuerte componente social y local, pero que ha perdurado gracias a gente pudiente, aficionada y con fincas. Son los propietarios quienes han mantenido y cuidan sus lagunas y charcas. Lo de la gestión de la Administración con los humedales es de nota, un desastre en toda regla. En términos porcentuales, lo que se caza no representa ni el 1 por ciento de lo que cría.

Donde hay votos, manda el cazador; donde no los hay, se nos coartan los derechos con leyes injustas. No hay coherencia en la legislación. En el Delta del Ebro cazan por la noche al «pato luna»; en la Albufera, existe la setmana de càbiles, donde se tira sin horario ni restricciones, en el entorno de Doñana la caza de ánsares con cimbeles vivos es una tradición de muchos años; y en Madrid, donde apenas somos unos pocos aficionados, la caza está prohibida. En La Mancha paraíso patero, los cupos por especie son irrisorios, y no responden a criterios objetivos ni de salud de las poblaciones. No hay consistencia ni correspondencia real entre los cupos y las especies. El mal llamado ecologismo en España golpea al gremio patero, pero donde hay fuerza y número de votos, ni se asoman.

El patero es un hombre sensible con su entorno, le preocupa el estado de las aguas, entiende de meteorología. La bibliografía que existe sobre la materia es extensa sobre todo la anglosajona y francesa. Es un aficionado además, que suele plasmar sus vivencias en diarios de caza. Enamorado de la taxidermia, no hay nada más bonito que el plumaje de las diferentes especies. Uno sabe que está en casa de un «patero de pro» con solo mirar las paredes de sus aposentos. También se jacta de ser gourmet que aprovecha lo que caza: no cambia una cerceta guisada ni una pechuga de azulón a la brasa por ningún otro plato.

Quizás sea ese contraste entre tanta belleza y sabiduría, con un medio tan ajeno y hostil para él hombre, lo que convierte esta caza, y al que la practica, en algo y alguien verdaderamente especial. Mis respetos y cariño para todos ellos.

  • Alfonso Treviño Garnica es empresario y cazador

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