Blasón de la caza federada
Aficionado por genética, hábitos locales y propicia geografía de su pueblo castellano, JL empezó pronto a cazar y, no mucho más tarde, a gestionar entes de caza, enseñar su práctica y divulgarla en cientos de artículos y varios libros
José Luis Garrido fue vicepresidente de la RFEC, director general de FEDENCA y director honorífico de la Escuela Española de Caza desde 2006
Cuando el reloj iniciaba su curso hacia las locas horas postreras de la nochevieja 2025, las manillas se llevarían también a mi amigo José Luis Garrido, modelo de competencia, benignidad y rectitud en la caza y la vida. Tan mala nueva me vino en un mensaje de Leonardo de la Fuente, que así respondí: «¿Había peor forma de despedir el año? Mis relaciones con José Luis las compendio en una línea: 'El que más me admiraba y al que yo adoraba'. Su prólogo a uno de mis libros cobra hoy valor de tesoro en el patrimonio familiar y de legado en mi testamento personal». (Se trata de El Grupo V y yo, que también inserta escritos suyos muy laudatorios conmigo).
Como los medios del sector —y algunos generales— han difundido su nutrido currículo, no repetiré, ni en síntesis, el tránsito victorioso de JL por este mundo al que entregó 82 almanaques de fecundos logros, recompensados en 2010 con la única medalla de oro concedida en la Federación Española «por su destacada trayectoria y contribución a la caza como hombre íntegro y apasionado por ella, que dedicó su vida a defenderla y organizarla».
Nacido en Santovenia de Pisuerga, José Luis, de anatomía recogida y espíritu gigante, superó la infancia y mocedad en los adustos pagos de Tierra de Campos. Descendiente de ferroviarios, siguió estudios de ingeniería aplicada al ferrocarril de mitad del siglo XX, especializándose en RR. HH., incluida la formación del personal de RENFE. Pero no fue solo esa profesión y medio de vida lo que le trajo el prestigio que proporciona el trabajo responsable con esfuerzo disciplinado, pautas entonces de la educación juvenil.
Aficionado por genética, hábitos locales y propicia geografía de su pueblo castellano, JL empezó pronto a cazar y, no mucho más tarde, a gestionar entes de caza, enseñar su práctica y divulgarla en cientos de artículos y varios libros donde tocaba cualquier temática por esa vocación de investigador docente que alentaba su curiosidad e interés por lo que el campo ofrece de observatorio y laboratorio.
Cuando empecé a ser conocido por apariciones en prensa, tuvimos ocasión de intercambiar relaciones. Eran los tiempos de mis destinos funcionariales en el Mimam, Ministerio que me designó su representante en la Oficina Nacional de la Caza, y pronto conectaríamos, por la común manera de juzgar cómo deben portarse los cazadores sociables y ciudadanos cívicos.
A partir de entonces compartimos espacios en revistas del sector —Federcaza lució su sello casi cuarenta años—, actos del Día de la Caza, reparto de condecoraciones, presentación de libros, conferencias…, dilatándose la mutua amistad hasta enlazarnos como las ramas de los castaños de Indias se trenzan por aceras y parques de ciudades al norte de Madrid y más cada vez que más septentrionales nos hallamos.
Siempre le comentaba nuestro común acervo y sus diferencias: lo de él, útil a la caza en aspectos pragmáticos; lo mío, ceñido a consejos empíricos
Las cualidades de JL me llevaron a publicar, con embeleso y envidia, elogios de su saber y su obrar en lo venatorio. Siempre le comentaba nuestro común acervo y sus diferencias: lo de él, útil a la caza en aspectos pragmáticos; lo mío, ceñido a consejos empíricos sin germinación por carecer del nutriente que él esparcía desde Fedenca y la Escuela de Caza en infatigables tareas de censo, anillado, estadística y difusión.
Todos esos condicionantes me indujeron a proponerle para el Carlos III, que consideraba el premio instituido para alguien de sus propiedades. En lugar de los que a veces lo recibían sin fundamento visible (presidente precedente, paisano jefe del Seprona, diputado de un partido…), yo proponía darlo al acreedor con todas las credenciales: desde discernir los diversos tipos de caza hasta administrarla. Ahí están sus libros Cazar y hacer escuela, Modalidades y métodos, Control de predadores, La becada... Y de informes y estudios, qué contar. Huelga decir que no lo galardonaron, quizá por muy alejado del ruido de la calle y poco asiduo a cenáculos.
Por un malentendido de ritual y horarios no asistí al funeral de los Jesuitas el día 2, sino a la Misa comunitaria del primero de enero en el tanatorio de Valladolid, la ciudad de mi formación, y última en que tuvimos contacto directo José Luis, Leonardo y yo recorriendo pasajes del común ídolo Delibes, con almuerzo de menú, paseo urbano colmado de nostalgia y grabación para A Tenazón de Radio Marca. Me reconforta saber que en las exequias —a que involuntariamente falté— hubo selecta y justificada presencia del colectivo oficial y federativo.
Nadie ha descifrado el final del ánima tras la descomposición corpórea, pero si él no está en el Cielo, a poquitos cabrá esperar por allí, siendo segura mi ausencia. No es que no llegara en sapiencia y prudencia a la sombra de la bota de este inigualable, es que ni debajo de su suela cabía. Como en su comunicado de urgencia afirmaba Leo, y tantos otros ratificamos, estábamos ante un sabio, todo un símbolo del hacendoso incansable. Un santo, vaya. Es lo que también dije a su viuda, hijos y nietos, ninguno cazador, pero todos labrados con la semilla y fertilizantes de las acumuladas virtudes del padre y abuelo, que no nos deja mandas o encomiendas, sino una herencia universal que añadir a la de los grandes pensadores y actores que de la caza han existido. Pero, además, y para su honor, el de mayor honra: por sencillez, conformismo y compromiso.
Un rapto por lo divino este de ahora que, como el de Delibes en 2010, ningún cazador escritor comprenderemos. Porque nunca nacerá otro Delibes ni otro Garrido. Lo pongo por escrito para que quede entintado. E indeleble permanecerá para que lo testimoniemos los que por aquí seguimos y lo continúen certificando quienes nos sucedan.
Qué grande fuiste y cuánta amistad me diste. Seres como tú merece nuestra raza y necesita el mundo. Gracias, José Luis, por ser uno de ellos. Y coetáneo a mí para no perderme detalle de tu ejemplo aleccionador. Te lo hago constar en nombre de todo el gremio que nos une, donde ni uno habrá que se distancie en una sílaba de esta necrología suscrita con tanta pena como gozo en un medio apropiado a tu gusto y hábitos.
- Eduardo Coca Vita es cazador y escritor