La llamada de la naturaleza

Estos desayunos suelen ser copiosos. Normalmente incluyen añejas joyas de la gastronomía patria que son bombas para nuestros amilanados estómagos. Café, migas con huevos en las diversas versiones que nos ofrece la geografía patria

Barca

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Hace años monteábamos una finca de unos buenos amigos en la zona de Oropesa. Ese día, por suerte, me acompañaba Almudena, mi mujer, y vivimos en primera persona algo que quienes andamos por el monte conocemos, padecemos, y que a ella le causó gran sorpresa. Poco se habla de estas cosas, pero es algo que, si bien es inevitable, se debe de decir ya que nos genera desagradables fastidios.

La montería es una modalidad de caza colectiva que, por tanto, tiene un importante componente social. Muchas veces, esa parte comienza la noche de antes con una copa para después terminar en cena.

Por la mañana, el día comienza de manera parecida a cómo terminó: comiendo. La montería es un acto solemne, y el desayuno no lo es menos. También es un acto social y el pistoletazo de salida del día. Los monteros acuden a la cita y se presentan al propietario u organizador. Al terminar, se dan las instrucciones y normas de seguridad para seguir con el rezo y sacar las armadas.

Estos desayunos suelen ser copiosos. Normalmente incluyen añejas joyas de la gastronomía patria que son bombas para nuestros amilanados estómagos. Café, migas con huevos en las diversas versiones que nos ofrece la geografía patria. He de confesar que huyo de las migas como gato escaldado del agua fría…

Se ha metido entre pecho y espalda un par de cafés de puchero y un plato de migas con copete y huevos fritos

Y aquí y ahora es cuando tenemos a un montero cualquiera que la noche de víspera se tomó un par de vinos, cenó con sus amigos y, por la mañana, se ha metido entre pecho y espalda un par de cafés de puchero y un plato de migas con copete y huevos fritos. Para remate de todo, con mucha probabilidad, se habrá fumado un pitillo o un purillo durante las instrucciones. Alea jacta est!

Una vez terminado el guateque mañanero, nuestro montero se monta en su coche camino al puesto. Traqueteo mientras rueda por los carriles. Dejará el coche donde le indique el postor y aquí es cuando se pertrecha y carga con todos sus archiperres y se da un paseo hasta llegar a la postura que le ha tocado en suerte.

Una vez allí, revisa el puesto, se ve con los vecinos, estudia trochas y veredas, y se instala. Entonces, de repente se da cuenta de que tiene a los vikingos llamando a la puerta del castillo y abandona su emplazamiento, buscando el perdedero en el espeso monte mediterráneo. Aquí, a salvo de los ojos del resto de monteros, tendrá su momento All-Bran. La flora afectada por el vertido, sin duda, desde entonces crecerá más alta y frondosa.

Hasta aquí, confiando en no haber caído en lo escatológico, no hay nada que reprochar a nuestro pobre montero. Es la llamada de la naturaleza y es algo de lo que podemos correr, pero no escondernos.

El reproche viene cuando no realiza el correcto tratamiento de residuos. Como dijo Yebes, el monte todo lo registra y todo lo consigna. «Cualquier perturbación de su soledad deja una huella. Cualquier paso, cualquier incidente, queda escrito». En este caso, la huella es profunda… Y hay que gestionarla porque este rastro no pasa desapercibido para nuestros perros. Tras documentarme un poco, he entendido que los perros, por herencia de sus antepasados los lobos, gustan de revolcarse en todo tipo de porquerías que encuentran. Es un instinto del que se usan para camuflar su propio olor, compartir información con su manada, eliminar olores artificiales que les desagradan o, simplemente, porque les gusta. Este deleite canino es inversamente proporcional al nuestro.

Cuando nos llega un perro rebozado como una croqueta, el hastío y la desazón se apoderan de nosotros. Y admito que incluso un buen cabreo. Es algo harto desagradable y que tenemos que gestionar al tener que, por ejemplo, curarlo de algún lance, quitarle el collar o atar para llevarlo ramaleando.

En todas las normas o instrucciones que se dan en las monterías, se habla de seguridad entre monteros, del cuidado y atención con los perros, de marcar las reses abatidas, de no doblar, etc. Solo hay una que habla de dejar el campo limpio, como se encontró, recogiendo casquillos, plásticos y papeles. Lógicamente, no vamos a pedirle al señor montero que recoja su popó, lo meta en una bolsa y lo acarree hasta el retrete o basurero más cercano, pero sí que, en la medida de lo posible, lo tape con palos, piedras, ramas monte… Todo lo que tenga a mano para evitar que alguien se encuentre con el horror de frente, o peor, con una bota metida y, por supuesto, que no nos llegue un perro sucio y oliendo peor que una abubilla.

No vamos a dar instrucciones sobre esto en las monterías. Sería cargarse el romanticismo… Pero sí me atrevo a utilizar esta columna para comentar, por primera y última vez, sobre este peliagudo asunto que las gentes del monte sufrimos con resignación y en silencio para no delatar al caganer.

El tratamiento de residuos sólidos es necesario. Protege la salud pública y el medioambiente, reduce la contaminación y conserva recursos. Nosotros, los perreros, humildemente lo pedimos y fervientemente lo agradecemos.

  • Diego Gómez-Arroyo Oriol es perrero
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