Cuando el Estado deja de alimentar (bien) a su pueblo

La alimentación es el cimiento humano. Todo lo demás se levanta sobre esa base, la prosperidad y la propia convivencia civil, que se quiebran cuando el abastecimiento falla

Cosecha de patatas en un almacén, en Galicia

Cosecha de patatas en un almacén, en GaliciaEuropa Press

El alejamiento de la realidad y del sentido común caracterizan a esta loca sociedad actual. Un mundo que ha traspasado demasiados umbrales parea verse obligado a aceptar finalmente la verdad simple, la realidad del sector primario y con ella la autenticidad del alimento.

Cuando un Estado no logra que su pueblo disponga de un abastecimiento suficiente y apropiado no asistimos a una crisis cualquiera ni a una mera mala racha económica. Estamos asistiendo en directo al deterioro de las convenciones políticas, que si no aseguran el sustento pierden su justificación y su vínculo con la sociedad.

La primera obligación de un Estado es cuidar lo más concreto, cosas simples como el pan, los abastos, la grata continuidad de la vida material, incluso el confort y la despreocupación. No es casual que los primeros grandes poderes del mundo antiguo nacieran tan estrechamente ligados al control del cereal, del almacenamiento y del excedente.

Tarea del gobernante fue siempre proveer adecuadamente y por tanto, ordenar y atender cuidadosamente el sector primario. Sin duda, el sustento de los ciudadanos es la primera obligación, ya que podemos soportar durante un tiempo la ineptitud e incluso cierta injusticia. Pero soportamos mucho peor un mal abastecimiento, porque la carestía es la gran reveladora de los falsos discursos políticos.

Un Estado puede empobrecerse y resistir, y puede incluso atravesar etapas de descrédito moral sin desplomarse del todo. Pero, cuando permite que el alimento se vuelva inseguro o inaccesible, comienza a resquebrajarse su razón de ser

En el origen de nuestra Europa, Roma entendió esta verdad con enorme lucidez. Y no levantó su estabilidad sobre principios abstractos, sino sobre una eficaz maquinaria de abastecimiento, la annona, es decir, la organización del suministro alimentario, que fue una pieza central del orden imperial. Garantizar la llegada del grano a la ciudad no era un detalle técnico, sino una cuestión de paz social y legitimidad. Antes del espectáculo estaba el pan, y sin pan, el espectáculo carecía de sentido.

Por eso un abastecimiento insuficiente o de escasa calidad rara vez es únicamente fruto de una simple catástrofe natural, aunque puede comenzar en una mala cosecha, en una sequía, en una guerra o en una alteración climática. Pero cuando se prolonga y se convierte en una forma estable de desamparo, ya no estamos solo ante la fatalidad: estamos ante un fracaso político. Porque el Estado tiene la obligación de gestionar y de prever. Y no se trata solamente de hambre al estilo antiguo, el siglo XXI nos ha traído otros modos sibilinos por ejemplo, con la presencia en el mercado de alimentos importados no saludables, de productos contaminados e intoxicados o cubiertos de plaguicidas. Y junto al abandono a que se somete al sector primario, ese es el aporte moderno a la escasez en España: comer puede conducirnos a la enfermedad.

La historiografía sobre las crisis de subsistencia lo ha mostrado con bastante claridad, y lo observamos en distintos contextos históricos como son las carestías de grano en la Inglaterra Tudor y Estuardo hasta las hambrunas en el Japón Tokugawa, y en las repetidas crisis regionales de la China Qing. En todos estos casos, el alivio de las crisis de subsistencia se entendió como una obligación básica del Estado e incluso como el fundamento de su legitimación pública.

Una sociedad que no puede alimentarse con seguridad vive a merced de fuerzas impredecibles

Esta cuestión de los abastecimientos importa porque desmonta una superstición muy moderna, la idea de que la alimentación es un asunto secundario, casi un problema de intendencia, algo que «ya se resolverá». Pero no es así, la alimentación nunca ha sido un asunto menor ¡es el cimiento humano! Todo lo demás se levanta sobre esa base, la prosperidad y la propia convivencia civil, que se quiebran cuando el abastecimiento falla.

Desde una perspectiva moral, que un pueblo padezca necesidad deslegitima a sus dirigentes, porque un Estado puede empobrecerse y resistir, y puede incluso atravesar etapas de descrédito moral sin desplomarse del todo. Pero, cuando permite que el alimento se vuelva inseguro o inaccesible, comienza a resquebrajarse su razón de ser. Es una obligación básica, antiquísima y casi sagrada en su sencillez. El pan en la mesa, y no cualquiera, pan asequible, saludable, sabroso (y simbólico).

Las agitadas aguas del siglo XXI nos han alejado de la cordura, hemos aprendido a discutir sobre estado del bienestar, sobre marcos normativos y gobernanza, respecto a la dichosa sostenibilidad, resiliencia y toda suerte de vocablos de esta guisa. A la vez que se mira con displicencia el campo, se desprecia la producción primaria, se trivializa la dependencia exterior y se trata el abastecimiento como si fuera una preocupación de otro siglo. Grave error. No hay nada más moderno que comprender que lo fundamental no cambia: una sociedad que no puede alimentarse con seguridad vive a merced de fuerzas impredecibles.

A la postre, todo vuelve al principio, la historia enseña porque es cíclica y nos muestra como un buen gobierno se caracteriza por la prevención, que es la aplicación de la inteligencia y de los recursos para la supervivencia de su pueblo. Su mayor obligación es evitar el abandono, porque sortear la necesidad extrema puede ser la mayor proeza, y no conseguirlo nos conduce al gran desastre. Cuando falla en eso, la autoridad pierde credibilidad y compostura, mientras la política queda reducida a una tramoya ridícula

Porque donde el pan falta, sobran las buenas intenciones. Y acaso no haya lección histórica más severa ni más actual que esta: cuando el Estado deja de abastecer correctamente a su pueblo, empieza a dejar de merecer su nombre.

La historia no se repite, pero apremia. Y casi siempre lo hace por el mismo lugar: el alimento.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas