Alacena
No es solo lugar para guardar; es la memoria económica de una familia, una forma de no depender del precio ni de la estacionalidad de lo que hay fuera
Alacena
Es alacena, pero también despensa, el armario de la casa que guarda más comida que palabras. Se abre despacio, para que el olor de adentro no se escape de golpe: ese aire cerrado de frascos, embutidos, harina, azúcar, todo lo que convierte un hogar en un refugio que puede alimentar semanas sin que salga nadie al campo. No es solo lugar para guardar; es la memoria económica de una familia, una forma de no depender del precio ni de la estacionalidad de lo que hay fuera.
La alacena se llena en verano y en otoño, con la prisa callada de quien sabe que el invierno llegará y el frío no avisa. Se cuelgan las ristras de ajos y pimientos secos, el laurel y el orégano, se apilan los tarros de conservas: tomate, pepinillos, embolsados, mermeladas de membrillo, de ciruelas, de higos, hechas en olla grande, en fuegos lentos, sin prisas ni etiquetas. A menudo se ven sacos grandes de legumbres, de los que se compraban al por mayor, atados con cordel, llenos de lentejas, garbanzos o judías que durarán hasta la próxima cosecha. Quien los desee, sabe que están rellenos no solo de grano, sino de previsión, de trabajo y de paciencia.
Quien viene del campo sabe que cuando la alacena está bien surtida, el año aguanta
En invierno se abren poco a poco, como si cada día trajera su propia ración y no se pudiera desperdiciar ni un puñado. Quien viene del campo sabe que cuando la alacena está bien surtida, el año aguanta, porque detrás de cada mermelada o embutido hay horas de trabajo, paciencia con el fuego, vigilancia, muchos cuidados que nadie ve.
La alacena también es el lugar donde se guarda lo mejor de la matanza, ese día en que el cerdo deja de ser vivo y se convierte en comida para todo el año: chorizos, morcillas, lomos, tocino, jamones. Algunos se cuelgan de las vigas del altillo para secar y curar al aire, otros se guardan en barricas o en cajas dentro de la alacena, envueltos en sal, en especias, en papel y en seco. El olor se mete en la madera, en la ropa, en la piel: grasa, pimienta, laurel, y ese perfume de hogar que solo se ha conocido en casas donde se sabía hacer la matanza. Es el olor que se lleva a la escuela sin decirlo, que acompaña en las noches de invierno, que recuerda que hay gente que ha trabajado de verdad.
La alacena es un lugar íntimo, casi secreto. En ella hay muchos silencios: cuando faltan, cuando se sabe que hay que cerrar más el puño, cuando se sale de casa sin saber si la cosecha ha salido bien o mal. Pero también hay silencios de orden, de alegría contenida: abrir una botella de vino nuevo, partir un trozo de embutido para unos visitantes, tener cómo ofrecer algo más que café.
En los tiempos de máquinas, de supermercados y de comida que se trae de cualquier rincón del planeta, la alacena sigue hablando de otra lógica: la del compromiso con la tierra, la del ahorro sin prisa, la del respeto. La alacena sabe lo que cuesta un tomate para ser conservado, sabe lo que vale haber curado un chorizo, un jamón, un aceite en botellas.
Por eso, en este diccionario sentimental, alacena no es solo un mueble: es un símbolo de autonomía, de resistencia silenciosa y de la convicción de que quien sabe llenar la alacena no camina del todo solo.
- Mercedes Barona es periodista y premio Jaime de Foxá