El celo y su música

Existe una cierta correspondencia con las horas de luz vividas y cuando éstas llegan a un punto determinado se encrespan las hormonas de las ciervas, las glándulas situadas entre el codo y las pezuñas empiezan a segregar un líquido que anuncia su disposición

Ciervo en plena berrea

Ciervo en plena berreaCedida

Septiembre no es solo la despedida del verano, en el campo marca también el término de los arriendos de pastos y del año agrícola; para los cazadores es saludar una nueva temporada con el celo de los venados.

Lo mismo que ocurre con otros cérvidos, las pasiones se revuelven primero en el ambiente femenino. Al parecer existe una cierta correspondencia con las horas de luz vividas y cuando éstas llegan a un punto determinado se encrespan las hormonas de las ciervas, las glándulas situadas entre el codo y las pezuñas empiezan a segregar un líquido que anuncia su disposición y con ese clarinazo comienza la fiesta. Los machos, siempre más corazón que cabeza, entran en el escenario con mucha bulla y ruido.

El sol ya no abrasa y como las tardes toman su tiempo para despedirse, el crepúsculo llega sin prisas envuelto en luces cárdenas y con la orquesta de los venados requiriendo de amores. La llamada del celo recuerda algo el mugido de los bóvidos con una nota alta en el inicio que se prolonga perdiendo fuerza. Muy potente, larga y sonora en los machos jóvenes y más queda, corta y sosegada en los viejos.

Valentín de Madariaga describía la berrea de forma muy expresiva aunque poco académica, la voz de los jóvenes como un alarido: «¡Aun no lo he catauuuuuuuu!» y los de la tercera edad: «Que cansado estoooooyy.» Cosas de Valen

La berrea empecé a conocerla con Paco Mena en los bosques de laricio de la serranía de Cuenca y todavía tengo en la cabeza el olor a resina de esos árboles cuando despuntaba el día. Como toda cacería entre monte cerrado -el pinar deja pocos claros- era una actividad secreta, de encuentros, de emoción al acercarse siguiendo bramidos que, de pronto, estallaba al descubrir al sultán entre dos troncos, una imagen a veces fugaz, pero con mucha fuerza.

He cazado esos momentos en los Montes de Toledo, con amplias vertientes cubiertas de jara en las que el ciervo destaca y puede seguirse en sus andares e incluso cortarle el camino cuando busca encamarse. En la Sierra norte de Sevilla tiene el encanto que rodea Andalucía: luz, mucha luz, el rojo vivo de los alcornoques desvestidos y la calidad de los trofeos que en buena tierra crecen lo mismo que los cultivos.

También he tenido ocasión de recechar a los ciervos en la época de la berrea fuera de nuestras fronteras y conservo en la memoria experiencias muy diversas. En Bulgaria donde se crían los monumentales ciervos de la variedad hippelaphus, me tocó una berrea sumida en agua, no se trataba de lluvias que refrescan sino de aguaceros continuos con nieblas persistentes en los que consumí los días destinados a la cacería y me tuve que volver descorazonado y casi sin haber oído la voz de los ciervos.

Al norte de Moscú me tocó la cara de la moneda. Nicolás Franco tuvo la gentileza de invitarme a conocer el coto de Zagordkoe, a una hora de la capital, donde disfruté de su compañía y de la de su descendencia. Es un terreno llano donde los ciervos conviven con alces y jabalíes que fueron objeto de un par de ojeos.

El señor del lugar cantaba entre los árboles y su voz iba acercándose poco a poco hasta que desembocó a terreno abierto

Estaba un atardecer aguardando en un mirador la salida al prado de un venado que berreaba en el bosque de abedules, cuando pasito a pasito salió a lo limpia una cierva, se detuvo, miró a ambos lados y continuó su marcha; a esa siguió una segunda que se puso a pastar sin parada alguna. Después tranquilidad, el señor del lugar cantaba entre los árboles y su voz iba acercándose poco a poco hasta que desembocó a terreno abierto siguiendo a la tercera dama. Una imagen extraordinaria, nunca había visto un venado tan monumental, tenía la cuerna muy negra y con muchas puntas acabadas todas en blanco marfileño, era el ciervo soñado que con completa tranquilidad avanzaba lentamente siguiendo a su hembra.

Lo aguanté cerca de la media hora disfrutando de sus andares y de sus berridos, hechizado no quería romper esa imagen única hasta que la luz empezó a declinar, estaba a ciento veinte metros en un prado donde se le veían hasta las pezuñas y atravesado, era mío antes de disparar. Se desplomó para no levantarse, presentaba 20 larguísimos candiles con la cuerna simétrica y bien perlada. Meses después, con el hueso desnudo cincelando una escultura como decía José Serrano-Súñer, los homologadores sumaron doscientos cuarenta y tres puntos CIC.

Al llegar a la dacha ya era de noche y Nicolás se había acostado, en pijama salió a ver el trofeo y galantemente dijo: «Me hubiera gustado matarlo yo, pero como no ha sido así, me alegro que lo hayas conseguido tú».

Para mí la berrea es la cacería más completa porque también se oye y no es sólo un instante cual ocurre con los lances de montería en un cortadero, sino que se alarga en el tiempo y como en todo rececho juegan al unísono, experiencia, la vista y aquí hasta el oído.

Las bramas que recuerdo como de mayor belleza son las vividas en Pandemules de la cordillera Cantábrica. Los trofeos son medianos pero el espectáculo de un ciervo rompiendo entre los helechos, la persecución a través de peñascos y sobre todo el resonar de los bramidos en esas montañas constituye una sinfonía que no la mejora ninguna orquesta.

Y os dejo, lectores míos si alguno tuviera, Zamora y sus venados me aguardan y esos robledales encienden la lámpara de la esperanza y las ilusiones.

  • El marqués de Laserna, Íñigo Moreno de Arteaga, es premio Jaime de Foxá

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