De animales y bestias
Cubrían sus esquís con piel de las patas del animal para reproducir el sonido de sus pasos sobre la nieve, copiaban el balanceo de su cuerpo y ocultaban su olor y los sonidos humanos; se transformaban en alces para seguir su rastro y cortar su huida
Alce macho bajo la nevada
En 1387, Gastón Fébus dejó escrito que los buenos cazadores vivían más alegremente que los demás hombres y que, llegado el momento, iban derechos al paraíso. Era una afirmación arriesgada, incluso para el conde de Foix. Había dedicado su vida a las armas, al amor y a la caza; de las dos primeras materias prefirió no escribir porque reconocía maestros muy superiores a él. En la tercera, sin embargo, no admite rival.
Su confianza en la salvación del cazador nacía de un razonamiento sencillo. La ociosidad era la puerta por la que entraban todos los pecados y el buen montero apenas tenía tiempo para permanecer ocioso. La noche anterior debía pensar en levantarse temprano; al amanecer le aguardaban la búsqueda, los perros y el reconocimiento del terreno. Después vendrían la carrera, el animal, el cuchillo, el regreso, la comida y un sueño limpio de puro cansancio. Fébus describe el rocío sobre las ramas, el canto de los pájaros y la alegría de encontrar la huella de un gran ciervo. Hay más verdad en esas páginas que en su apresurada concesión del paraíso.
Un poco antes había escrito que la imaginación gobierna el cuerpo del hombre y precede a cuanto este hace. Quizá sea esta la parte de su razonamiento que mejor ha soportado los siglos. La caza ocupa primero la imaginación. Mucho antes de que aparezca el animal ya vivimos pendientes de él.
A finales del siglo pasado, el antropólogo danés Rane Willerslev pasó largas temporadas entre los yukaguires del alto Kolyma, en el nordeste de Siberia. Durante su trabajo de campo aprendió a cazar con ellos. Vio cómo, para acercarse al alce, imitaban su comportamiento y procuraban anticipar cuanto veía, olía o temía. Willerslev llamó empatía mimética a aquella forma de conocimiento.
Entre los yukaguires, imitar al alce formaba parte de su educación. Aprendían a reconocer los lugares donde comía y descansaba. Cubrían sus esquís con piel de las patas del animal para reproducir el sonido de sus pasos sobre la nieve, copiaban el balanceo de su cuerpo y ocultaban su olor y los sonidos humanos; se transformaban en alces para seguir su rastro y cortar su huida.
Hay algo profundamente satisfactorio en saberme un predador más, en acechar a mi presa con los ojos del animal que pretendo matar
Ortega encuentra en la caza una regresión voluntaria, favorecida por la renuncia a una parte de nuestra superioridad técnica. El cazador limita sus ventajas para que la persecución conserve su dificultad. Me reconozco en esa disposición a aceptar las condiciones del animal perseguido. Hay algo profundamente satisfactorio en saberme un predador más, en acechar a mi presa con los ojos del animal que pretendo matar.
Mucho antes, Aristóteles había explicado en De partibus animalium la forma del cuerpo de cada animal por la función que debía cumplir. El hombre carecía de las armas de otros predadores, pero caminaba erguido y tenía las manos libres. Con ellas podía procurarse cuanto la naturaleza no le había dotado. Sus garras eran su ingenio, su fortaleza, su tesón.
Plutarco no es un cómodo compañero de viaje. En De esu carnium defendió la abstinencia de carne y reservó sus palabras más duras para quienes, rodeados de cultivos y frutos, mataban animales para satisfacer el gusto. Admitía que el hambre pudo empujar a los primeros hombres a comerlos cuando también devoraban cortezas y raíces. Después se preguntó con qué ánimo llevó uno de ellos la boca hasta una criatura muerta y llamó alimento a lo que poco antes mugía, gritaba, se movía y veía.
Dudo si atribuir a Plutarco o a Pitágoras el dudoso honor de haber sido el primer vegano confeso de la historia...
Entre los cree del norte de Manitoba, Robert Brightman no encontró una explicación única de la caza. En algunos relatos, el animal se compadecía del cazador y le entregaba su cuerpo. El hombre correspondía compartiendo la carne, invitando a su alma a los banquetes y tratando los restos de manera que pudiera recobrar la vida. En otros, huía, se ocultaba, engañaba y luchaba por vivir.
Para muchos pueblos cazadores, la relación con el animal no terminaba al darle muerte. Entre los kelabit de Borneo, la antropóloga Monica Janowski estudió el lalud, una potencia vital del bosque que la carne silvestre introducía en la comunidad. La grasa del cerdo barbudo estaba especialmente cargada de aquella fuerza. Al comerla, aquella potencia vital entraba en la casa y participaba de la vida familiar.
Entre los zuñi de Norteamérica, Frank Hamilton Cushing describió cómo el cazador bebía la sangre y comía el hígado de la presa mientras una oración vinculaba aquel gesto con el fortalecimiento de su propio corazón. Después enterraba pequeñas partes del animal con polen y otros materiales rituales en el mismo lugar donde había dejado de respirar.
Los ayuuk de San José El Paraíso, en Oaxaca, regresaban al monte con los huesos de las presas. Los acompañaban de copal, velas, huevos y mezcal; agradecían a los «Dueños de los animales» lo recibido y solicitaban permiso para volver a cazar.
No hace falta viajar hasta los bosques de Borneo o las llanuras americanas para encontrar esa antigua relación con el animal. Jenofonte contaba que la caza y los perros habían sido entregados a los hombres por Apolo y Artemisa. Al llegar al cazadero de liebres, antes de soltar al perro de mejor nariz, el cazador prometía a ambos dioses una parte de cuanto lograse cobrar. La jornada comenzaba reconociendo que en la pieza había algo que no le pertenecía enteramente.
Después de recorrer medio mundo, la coincidencia más profunda no es la sangre. Tampoco el corazón. Ni siquiera la creencia en un alma animal. Es la negativa a aceptar que la muerte convierta automáticamente al animal en una cosa.
Todo cazador tiene su tótem cinegético. Una especie a la que ha dedicado tantas horas de observación y deseo que termina formando parte de su intimidad. El conocimiento acaba creando un lazo espiritual con la presa que le impide verla como una más cuando la vida abandona su cuerpo.
La caza como ejercicio de conciencia comienza cuando el cazador se niega a dejar de ver al animal en el cuerpo inerte que acaba de matar.
- Laureano de Las Cuevas Álvarez es un predador más