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Pulpo común

Pulpo comúnGetty Images / Wrangel

Ciencia

Relacionarnos con un pulpo es similar a encontrarnos con una inteligencia alienígena

Gracias a la ciencia ficción podemos imaginar qué sentiríamos al encontrarnos con seres de otros mundos, dotados de una biología y tecnología radicalmente diferentes de las nuestras. Ahora bien, no es sencillo imaginar otros planetas donde la vida no descanse en los mismos pilares sobre los que se asienta en la Tierra. Es decir, moléculas orgánicas basadas en la química del carbono, que experimentan reacciones metabólicas en el seno del agua y están sujetas a evolución por selección natural.

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Más aún, nos cuesta librarnos del sesgo antropomórfico. Nos es difícil concebir una inteligencia alienígena que resida en un cuerpo y un cerebro muy diferentes de los nuestros. Por ello, en la mayoría de las obras de ciencia ficción el aspecto de los extraterrestres nos resulta familiar, aunque se exageren sus rasgos. Incluso en Alien, el octavo pasajero (1979), el diseño del parasitoide adulto cuya cría se introduce en el humano hospedador y lo devora por dentro, sigue el plan corporal básico de un vertebrado. Y en otras creaciones, los alienígenas nos reemplazan por réplicas físicamente idénticas a nosotros, pero carentes de emociones.

¿Qué aspecto podría tener un alienígena?

Un buen ejemplo del sesgo antropomórfico sería el «dinosauroide», concebido en 1982 por el paleontólogo Dale Russell y el artista Ron Séguin. Juntos especularon con qué pudo pasar si Troodon –un pequeño dinosaurio carnívoro bípedo de finales del período Cretácico, con un cerebro más desarrollado que en sus congéneres– no se hubiese extinguido tras el impacto del meteorito que acabó con los dinosaurios no avianos hace 66 millones de años. Imaginaron que su linaje siguió evolucionando en ambientes similares a la sabana africana, donde surgieron nuestros antepasados, hasta convertirse en un ser tan inteligente como nosotros.

Como resultado, el dinosauroide desarrolló mucho su volumen cerebral, aumentando exponencialmente sus capacidades cognitivas. También acortó el cuello para soportar mejor el peso de su gran cabeza. Y los ojos se situaron frontalmente, favoreciendo la visión estereoscópica.

Adquirió la postura erecta y desarrolló un pulgar oponible en la mano, permitiéndole fabricar y manejar herramientas. Al erguirse ya no precisó de la cola para equilibrarse, perdiéndola también, y el tobillo descendió, ganando en estabilidad pero sacrificando agilidad y velocidad. Finalmente, el pie se alargó y la superficie plantar se aplanó, perdiendo la garra falciforme propia de los dinosaurios manirraptores. Obviamente, estos cambios conducen a un ser de aspecto inquietantemente similar al nuestro.

Los pulpos parecen criaturas de otro mundo

Los pulpos son muy inteligentes pero en este caso su diseño –con tres corazones, nueve «cerebros» y un cuerpo flexible con infinitas posibilidades de camuflaje– difiere radicalmente del nuestro. Por ello, en opinión de filósofo Peter Godfrey Smith, relacionarnos con un pulpo es lo más parecido que podemos experimentar en la Tierra a interaccionar con una mente alienígena.

Pulpo común

Pulpo comúnGetty Images / TheSP4N1SH

Como moluscos cefalópodos que son, su linaje se separó en el curso de la evolución del nuestro, el de los vertebrados, hace más de 650 millones de años. Si además consideramos que en aquel entonces los ancestros de ambos grupos estaban muy poco encefalizados, los pulpos podrían ser un modelo alternativo al nuestro para el desarrollo de cerebros complejos y una elevada inteligencia.

El sistema nervioso de un pulpo consta de algo más de 550 millones de neuronas, número similar al que alberga un cerebro de perro. Además, sus neuronas muestran una elevada plasticidad sináptica, en convergencia con los vertebrados.

Ahora bien, en el caso del pulpo 160 millones de estas neuronas se encuentran en sus inmensos lóbulos ópticos, 42 en el cerebro central y los restantes 350 se localizan en el plexo braquial, formado por ocho ganglios y cordones nerviosos que, a modo de cerebros accesorios, parten de la base de cada uno de los tentáculos. De esta manera, el pulpo tiene un sistema nervioso tan deslocalizado, con casi dos tercios de las neuronas situadas en posición periférica, que sus tentáculos aprovechan las capacidades quimiotáctiles de sus ventosas para realizar tareas, como explorar objetos, con bastante autonomía respecto del cerebro central. Por ello, los pulpos han «bioinspirado» el diseño de robots de cuerpo blando con dispositivos de succión y ayudan a desarrollar nuevos tipos de IA descentralizada.

Los pulpos presentan un comportamiento muy adaptable, que evidencia sus elevadas capacidades cognitivas. Entre ellas, efectuar razonamientos causales, usar herramientas, planificar e incluso atribuir estados mentales a otros individuos. Así, aprenden a desenroscar los frascos para acceder al contenido de su interior o transportan cáscaras de coco para usarlas como refugio.

Igualmente, se ha comprobado que juegan y sueñan, lo que les ayuda a desarrollar estrategias flexibles de comportamiento. Los cefalópodos muestran plena «sentiencia» (esto es, capacidad de sentir emociones, dolor y bienestar, etc.), lo que aconseja un trato digno para ellos.

Ver en blanco y negro con los ojos, pero en color con la piel

Otra diferencia importante con nosotros radica en su visión. Tienen ojos tan complejos como los nuestros –de hecho, están «mejor diseñados» al carecer de un punto ciego en la retina–, pero albergan un único tipo de opsina. Las opsinas son proteínas fotorreceptoras (sensibles a la luz), de las que los humanos tenemos cuatro tipos. Uno extremadamente sensible a la luz es la rodopsina, que está en los bastones de la retina. Funciona en condiciones de baja luminosidad, permitiéndonos ver en una escala de grises que va del blanco al negro.

Pues bien, los ojos de los pulpos tienen una sola opsina similar, por lo que su visión es monocromática. En cambio, los conos del ojo humano albergan otros tres tipos de opsinas sensibles a la luz azul, roja y verde, respectivamente, lo que nos proporciona una visión tricromática (en color).

Gran pulpo naranja

Gran pulpo naranjaGetty Images / Volodymyr Ivanenko

Pero el pulpo no solo ve por los ojos. Dispersas por la piel de los cefalópodos se encuentran unas células (hasta 16.000 por centímetro cuadrado) conocidas como cromatóforos. A modo de saquitos elásticos rellenos de pigmentos, se disponen en tres capas cromáticas superpuestas, permitiendo generar una amplia paleta de colores. Los cromatóforos los regulan neuronas sensoriales con variantes de un tipo de opsinas conocido como rabdoméricas, que detectan distintas longitudes de onda (colores). Por ello, al transmitir la orden de contraer o relajar los cromatóforos el pulpo puede cambiar el color de su piel rápidamente (en solo 100 milisegundos) para adaptarse a su entorno.

En definitiva, los pulpos «ven en blanco y negro» con sus ojos, pudiendo ser activos en condiciones de baja luminosidad, y «en colores» con su piel, lo que les permite camuflarse. Fascinante, ¿verdad? Pues es algo más que eso: un estudio reveló que usan la aberración cromática (distorsión óptica provocada por la imposibilidad de una lente para enfocar todos los colores en un único punto de convergencia), para «interpretar» colores. Además, la forma de sus pupilas les permite aumentar la información espectral sacrificando la agudeza visual.

Inteligencia y longevidad: una paradoja evolutiva en los pulpos

En los vertebrados inteligentes (simios, elefantes, cetáceos, cuervos y loros) las capacidades cognitivas elevadas se asocian con la sociabilidad (hipótesis de la «inteligencia maquiavelica»), con la longevidad (necesaria para almacenar información y madurar los mecanismos cognitivos) y con la superposición de las generaciones (indispensable para la transmisión cultural).

Ahora bien, excepto un par de casos de «colonias» de pulpos en hábitats idóneos, estos animales son territoriales y solitarios. Además, tienen una vida muy corta (menos de dos años en el pulpo común), lo que plantea la pregunta de cómo pueden madurar su cognición. Por otra parte, los pulpos mueren tras reproducirse, lo que imposibilita la transmisión de conocimientos desde las madres a sus crías. Estremece pensar dónde podrían haber llegado si esto no fuese así.

¿Aceptamos al pulpo como animal de compañía?

Gracias a su inteligencia y al hecho de que nada en ellos nos recuerda a nosotros, los pulpos están de moda. A fin de cuentas, estudiarlos podría servirnos como ensayo de lo que significaría encontrarnos con una mente de otro mundo. Por ello, hay propuestas de considerarlos como un símbolo del posthumanismo y el pensamiento no antropocéntrico.

No sería de extrañar, pues, que en un futuro próximo se ponga de moda adoptar pulpos como mascotas.

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