La acusación, de Teddy Lussi-Modeste, se estrena en los cines este viernes 11 de julio
Crítica de cine
La película sobre las falsas acusaciones de abuso sexual basada en el caso real de su director
La acusación, la cinta francesa que este viernes llega a los cines, muestra la impotencia personal, social y legal de las personas injustamente acusadas de abuso
Volvemos al tema de las acusaciones falsas, esta vez en el ámbito escolar. Aun recordamos la sobrecogedora historia de La caza (T. Vinterberg, 2012), en la que un profesor de primaria era acusado falsamente de abusos sexuales y su vida se convertía en un infierno. La acusación, dirigida por el gitano francés Teddy Lussi-Modeste, está basada en su propia experiencia cuando era profesor. El título original del film, Pas de vagues (Nada de olas), alude a un movimiento de protesta de profesores franceses que se inició en la pasada década. Protestaban por la indefensión general de los docentes.
El argumento del film nos lleva a un instituto al que acuden alumnos en su mayoría inmigrantes y donde da clase de lengua Julien (François Civil). Este joven profesor trata de ayudar y motivar a sus alumnos, sobre todo a los más problemáticos. Un día, de forma completamente inesperada, una alumna adolescente, apocada y tímida, llamada Leslie (Toscane Duquesne), acusa a Julien por escrito de tratar de ligar con ella. Lo que al principio es un absurdo sin la más mínima base en la realidad, se va redimensionando poco a poco, afectando a alumnos, profesores y familiares, para acabar convirtiéndose en una pesadilla fuera de control, que incluso pone en riesgo la integridad física de Julien. Lo más surrealista es que Julien es gay y vive con su pareja.
La película indaga en la impotencia personal, social y legal que vive una persona cuando es acusada injustamente de abusos sexuales, acoso o cosas parecidas. No hay ninguna prueba que indique que Julien se haya comportado inadecuadamente con Leslie, pero el reguero de pólvora, una vez que empieza a arder, ya no hay quien lo detenga. Los alumnos comienzan a faltarle el respeto, el director del centro solo busca su interés personal, y la policía pone su foco en este sobrepasado profesor. Además, todo lo que hacía extraescolarmente por sus alumnos más torpes se vuelve en su contra. Es, literalmente, un cordero llevado al matadero.
El guion busca los matices, huyendo de presentar un drama de trazos gruesos y maniqueos, y la ambigüedad es la característica principal del comportamiento de la mayoría de personajes. Una ambigüedad que siempre acaba siendo cómplice de la injusticia. El giro final subraya los defectos de un sistema concebido a partir del miedo y en el que todos, en el fondo, son víctimas. Un desenlace que es un grito de auxilio a la sociedad para que ponga fin a esta perversa cultura de la cancelación.
La puesta en escena es correcta, muy funcional, con voluntad de transparencia. Por ello no cae en subrayados melodramáticos o en exageraciones interesadas: le deja mucho espacio al espectador para que se posicione libremente y tome conciencia de lo que crea más oportuno. La interpretación de profesor y alumnos -no profesionales la mayoría- es naturalista y creíble, y la banda sonora de Jean-Benoît Dunckel, muy interesante.