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Meryl Streep y Clint Eastwood en Los Puentes de Madison

Cine

Por qué Clint Eastwood dejó de hablar a Meryl Streep durante el rodaje de 'Los puentes de Madison'

El filme, estrenado en 1995, se convirtió en un referente del cine romántico y reveló el peculiar método de dirección de Eastwood, que apenas daba indicaciones a Meryl Streep

Han pasado tres décadas desde su estreno en 1995 y Los puentes de Madison continúa siendo una de esas películas que atrapan sin necesidad de alardes. No hay giros espectaculares ni artificios, solo la historia de un encuentro inesperado que termina marcando la vida de dos personas. Treinta años después, el filme de Clint Eastwood sigue conservando intacta su capacidad de emocionar.

El relato nos lleva a Winterset, un pequeño pueblo de Iowa. Allí llega Robert Kincaid, fotógrafo de National Geographic, con la misión de retratar los puentes cubiertos de la zona. Desorientado en las carreteras rurales, se topa con Francesca Johnson, una mujer de origen italiano que parece tenerlo todo bajo control: familia, casa y rutina establecida. Lo que parecía un simple cruce de caminos se convierte en una relación intensa de apenas cuatro días, suficiente para que ambos comprendan que la vida podía haber sido distinta. La verdadera fuerza de la película está en cómo convierte lo cotidiano en un acontecimiento irrepetible.

Ese tono íntimo y contenido tiene mucho que ver con el estilo de dirección de Eastwood. Meryl Streep ha confesado en varias ocasiones que al inicio del rodaje se sintió desconcertada: el director apenas daba instrucciones y nunca pronunciaba el clásico «¡acción!». En su lugar, decía un escueto «vale» y dejaba que la escena siguiera su curso. Con el tiempo entendió que aquel silencio no era desinterés, sino una forma de demostrar confianza. Ese espacio para la improvisación y la libertad actoral dotó a la película de una naturalidad poco frecuente en el género.

La actriz más nominada en la historia de los Oscar también relató una anécdota que rompe con la imagen del Eastwood sereno: solo una vez lo vio enfadarse, cuando un grupo de técnicos hablaba demasiado durante una toma en la cocina. El director estalló con un grito que dejó helado a todo el equipo, recordándoles que su calma habitual no debía confundirse con pasividad.

Entre todas las escenas, hay una que quedó grabada en la memoria del público: la de Francesca en el coche, dudando si abrir la puerta para correr hacia Robert. No hacen falta palabras grandilocuentes ni una música invasiva; basta con el gesto de una mano en el tirador para transmitir toda la intensidad del momento. Esa sencillez explica por qué la película ha resistido tan bien el paso del tiempo.

Meryl Streep y Clint Eastwood, en Los puentes de Madison

Aunque no triunfó en los premios como cabía esperar —Streep obtuvo una nominación al Oscar y la cinta fue reconocida en los Globos de Oro y los SAG—, el tiempo le ha otorgado el estatus de clásico. Hoy, más que un drama romántico, se percibe como una lección sobre la fuerza de lo no dicho y la importancia de las decisiones que marcan un destino.

Y, como ocurre con las grandes películas, también acumula curiosidades. Antes de que que la musa de El diablo viste de Prada aceptara el papel, se barajaron nombres como Jessica Lange o Susan Sarandon. El Roseman Bridge, escenario central de la trama, se ha convertido en un lugar de peregrinación para los amantes del filme.

El autor de Million Dollar Baby y Sin perdón, gran aficionado al jazz, seleccionó personalmente canciones de Dinah Washington y Johnny Hartman para la banda sonora. Además, rodaba con tanta rapidez que muchas secuencias se filmaron en la primera toma. Pese a su aparente modestia, la cinta superó los 180 millones de dólares de recaudación mundial.