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Errol Flynn protagonizó Robin de los bosques

Cine

Errol Flynn, sobre su vida disoluta: «El whisky ha sido mi fiel compañero, ha tomado más de mí que yo de él»

El eterno Robin Hood y pareja en el cine de Olivia de Havilland fue uno de los actores más queridos de su época y, también, uno de los más polémicos

Pocos actores fueron más queridos en los años dorados del viejo Hollywood, en aquellos en los que se pensaba que la vida real de los galanes de la pantalla era similar a la del celuloide. Por eso, el ocaso y caída en desgracia de Errol Flynn fue tan estrepitoso. Porque fue una de las primeras pruebas de que, hasta los ídolos más inmaculados, tienen los pies manchados de barro.

El actor de El Capitán Blood, eterno Robin Hood, guapo, altanero y temperamental, nació en Australia en 1909 y pasó una infancia, como escribió en su autobiografía, con las «nalgas martirizadas», pues sus constantes expulsiones de varios colegios y huidas de casa trajeron siempre por la calle de la amargura a sus padres, un profesor universitario de oceanografía y una descendiente -o eso decía- de un amotinado de la Bounty.

Errol FlynnGTRES

Con todo, logró tener una educación exquisita en exclusivos colegios de París, Londres y Sídney donde destacó por su destreza deportiva y su afición al teatro. Pero su espíritu aventurero le llevó a trabajar de marino mercante, minero, pescador, peón de todo tipo y buscador de oro… Pero encontró en la actuación una manera fácil y rápida de saldar sus deudas.

Así es como llegó a Hollywood. Apuesto, altivo y atlético, no tardó en firmar un contrato con la Warner de seis meses para la que, poco después de debutar en un par de películas menores, haría El capitán Blood en 1935. El éxito de la cinta fue tal que empezó a hacer una película tras otra, pero de esta etapa destaca el binomio que conformaría con el director Michael Curtiz y la actriz Olivia de Havilland con quien haría La carga de la brigada ligera, Dodge, ciudad sin ley, Camino de Santa Fe o Robín de los bosques. Y es que la delicadeza y serenidad de su gran coprotagonista y siempre amiga, contrarrestaba de manera poderosa la altanería del actor. Puro fuego.

El otro gran director al que vio unida su carrera fue Raoul Walsh para quien haría siete películas como Gentleman Jim, Objetivo: Birmania o Río de Plata.

Para la Warner realizaría 35 películas a lo largo de casi veinte años, una época marcada por la fama y la fortuna, los viajes en yate y la belleza masculina en su expresión más noble, pero también por las fiestas y el desenfreno en las que, sí, es cierto, le gustaba desnudarse para escandalizar a las jóvenes actrices y a las esposas de los productores.

Errol Flynn murió a los 50 añosGTRES

Y así, con la llegada de la década de los 50, y tras algo más de una década en Hollywood, el declive físico del actor empezó a ser una evidencia. Su indiscutible atractivo y sus atributos físicos le abandonaban y en películas como Kim de la India o El señor de Balantry, donde intenta volver a la gloria de sus maravillosas películas de aventuras, se le ve, con 40 años, prematuramente envejecido.

Todo el mundo se preguntaba qué estaba pasándole al actor y muchos lo sabían. Su adicción al alcohol, la cocaína, el opio, la marihuana y los afrodisiacos, además de su presencia constante en fiestas de varios días, bacanales y farras de todo tipo durante años y años le habían pasado factura. Flynn, que resumiría aquellos años diciendo «el whisky ha sido mi fiel compañero. Ha tomado más de mí que yo de él», se marchitaba.

Entre medias, se había casado tres veces, había tenido cuatro hijos, había recorrido el mundo y hecho algo de cine en Europa, cayendo en etapas de enorme languidez y en otras de destructiva euforia. Pero lo que terminó de hundirle fue ser declarado no apto para alistarse en el ejército durante la Segunda Guerra Mundial por padecer ya entonces problemas cardíacos, secuelas de una tuberculosis y una malaria que había contraído de joven y lo que él siempre llamó dolencias crónicas estomacales que hoy, seguramente, se habrían diagnosticado de cirrosis. Sin embargo, y aunque fue su mermada salud lo que le tuvo apartado del frente, crecieron muchos rumores en torno a su supuesta cobardía y deslealtad con su país de acogida. Ello, acompañado de su imagen de juerguista irredento, rumores sobre una supuesta bisexualidad y la acusación y juicio por estupro de la que salió absuelto, contribuyeron a engrandecer su imagen de outsider, poética para el cine, pero terrible para la prensa.

Después de algunas últimas apariciones, casi estelares, en ¡Fiesta! de su amigo Henry King y Las raíces del cielo de su también amigo John Huston, alcoholizado y con enormes problemas financieros, en 1959 escribe y dirige Cuban Rebels Girls y The truth about Fidel Castro Revolution en las que muestra una connivencia con el comunismo que no favoreció en nada su imagen ya por entonces terriblemente polémica. El 9 de octubre de ese año, cuando se hallaba en Vancouver tratando de vender uno de sus yates, sufrió un infarto letal. Murió, con el cuerpo destrozado, a los 50 años.

Unos pocos meses antes, aquel actor que fue la personificación del galán guapo, juerguista e incorregible, había publicado sus memorias, en las que había revelado todos sus amoríos, miedos, fiestas, vergüenzas, alegrías y chanzas definiéndose en una frase que acompañará siempre su biografía: «Allí estaba yo, sentado en la cima del mundo. Tenía riqueza, amigos, era conocido internacionalmente, las mujeres me buscaban. Podía tener cualquier cosa que el dinero pudiera comprar. Y, sin embargo, descubrí que en la cima del mundo no había nada».