Greta Garbo
Cine
La famosa frase de Greta Garbo que en realidad nunca dijo
De belleza taciturna y fama de huraña, la actriz se retiró prematuramente y pasó 50 años alejada de la vida pública
Fue la actriz más famosa de su época, de las mejores de todos los tiempos y una de las pocas que pasó con éxito y elegancia del cine mudo al sonoro. Greta Garbo estuvo en la cresta de la ola durante el tiempo justo, porque repentinamente, a los 36 años y en la cumbre de su vida y de su éxito, se retiró.
De belleza intemporal, melancólica y sutil, la Divina sigue siendo hoy un misterio. Y es que, su halo enigmático, su temprana retirada da del cine, su pertinaz soltería, los rumores sobre su sexualidad, su abierta enemistad con Marlene Dietrich y su reclusión voluntaria durante más de cincuenta años, no hicieron sino alimentar su leyenda.
Llegó al mundo en Estocolmo en 1905 como Greta lovisa Gustafsson en una familia muy humilde. Empezó ejerciendo como modelo en unos almacenes y después en algunos anuncios. Su belleza lánguida hizo que el cine sueco le ofreciese algunos papeles en sencillos cortometrajes, hasta que en 1924 cambió su vida gracias a su papel en la película La leyenda de Gosta Berling. Tal fue el éxito, que la Metro le ofreció un contrato en Hollywood y le cambió su apellido impronunciable por el de Garbo. Nacía una leyenda.
Sin hablar una palabra de inglés, cautivó a la industria y al público con su serenísima belleza y su altiva presencia ante las cámaras. Rodó diez películas en menos de cinco años entre las que destacan El demonio y la carne, El beso y La mujer divina y trabajó incansablemente de manera metódica y humilde, totalmente alejada de la imagen que transmitía. Y aunque algunas de aquellas películas fueron irregulares, sus impresionantes interpretaciones y su creciente fama la convirtieron enseguida en una estrella.
Greta Garbo, en Ninotchka
En 1930, los luminosos de Times Square dieron la noticia: «¡Garbo habla!». Con la llegada del sonoro, la actriz se empeñó en que no le pasara lo que a tantos actores, desde Buster Keaton a Louise Brooks, cuya carrera había empezado a hundirse en cuanto el público les oyó hablar. Otros, como Chaplin, se empeñaban en seguir mudos. Pero Garbo, reivindicó su marcadísimo acento sueco sin ensombrecer un ápice su éxito. Es más, aumentó.
En aquella década hizo Anna Christie, Mata Hari, La Reina Cristina de Suecia, Ana Karenina, Grand Hotel o La dama de las camelias... En ellas compartió cartel con las grandes estrellas del momento a las que, inevitablemente, ensombrecía, desde Ramón Novarro a Melvyn Douglas, con quien en las escenas de amor transmitía una pasión tal que trastocó al público y cambió el concepto de erotismo para siempre. Y así fue cómo el mundo se rindió ante su belleza serena que ahora estaba acompañada de una profunda voz, inquietante y poderosa.
En 1939, con la Ninotchka de Ernst Lubistch logró asombrar también a la crítica desarrollando una impredecible vis cómica, pero el fracaso y las malas críticas de la posterior La mujer de las dos caras la hundieron. Sólo dos días después de su estreno anunciaba su retirada del cine. Y jamás volvió a actuar.
A partir de ahí surgió el rumor, o más bien la confusión, sobre la supuesta frase con que sentenció su retirada. En la película Grand Hotel de 1932, el personaje que interpreta, la famosa bailarina Grusinskaya que pasa por una profunda crisis personal, dice en una escena: «I want to be alone» (quiero estar sola). A ello se unió que después de su retirada del cine en 1941, se instaló en un ático de Nueva York donde acabaría casi recluida por voluntad propia y obsesionada con pasar inadvertida, saliendo a la calle de incógnito y huyendo de la prensa.
Garbo siempre había renegado de la fama, jamás había ido a fiestas ni estrenos. Louis B. Mayer explotó esta aparente excentricidad como un sello identitario y el estudio aprovechó la reticencia de la actriz a firmar autógrafos y conceder entrevistas como un rasgo de enigmática profundidad. Todo ello incrementado con el tipo de fotografías promocionales que siempre le habían hecho, muy seria y circunspecta, con iluminaciones tenues y entre sombras. Hasta tal punto llegó el deseo de la actriz de llevar una vida discreta y lejos del foco mediático, que en 1954 rechazó el Oscar Honorífico que le concedió un Hollywood deseoso de reconciliarse con ella. Pero fue inútil, todo inflamó la leyenda de que Greta Garbo se había retirado del mundo diciendo «quiero estar sola».
Pero la actriz se permitió el lujo de aclarar esta cuestión y acallar aquellas voces en una de las pocas entrevistas que concedió en esos años. Fue en 1955 en la revista Life Magazine: «I never said, ‘I want to be alone.’ I only said, ‘I want to be let alone.’ There is all the difference» («Nunca dije: ‘quiero estar sola’. Sólo dije: ‘quiero que me dejen en paz’, lo que es muy distinto»). En la entrevista concedida a Rolli McKenna, la actriz, que llevaba casi quince años retirada, aseguró no ser una ermitaña, sino una mujer reservada que valoraba su independencia y su privacidad.
Murió a los 84 años apartada del mundo, después de cincuenta años de vida social discreta, amigos fieles y viajes tranquilos. A veces se la veía pasear por Manhattan, pero todos respetaban el mutismo y discreción de la antigua diosa distante. Lo que sigue siendo cierto es que el mito del misterio y la inaccesibilidad fue misteriosa e inaccesible hasta el final.