Rock Hudson
Cine
La chulería de Rock Hudson: «No puedo hacer de perdedor porque no lo parezco»
El famoso actor de la década de los 50 y que visibilizó el sida poco antes de morir, nació hace 100 años
Hay pocos actores que ejemplifiquen mejor que Rock Hudson la hipocresía de la industria del cine, el modo en que Hollywood se ha conducido siempre mostrando una realidad en la pantalla que nada o casi nada tenía que ver con la verdad de sus estrellas. Y pocas estrellas llevaron una doble vida más triste que la de Rock Hudson.
Nunca apareció en la mente del joven Roy Harold Scherer la idea de ser actor. Eso sí, después de pasar dos años en el frente del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial arreglando aviones, decidió que quería vivir cerca del mar. Por eso, no volvió a su Illinois natal y trabajó en Los Ángeles en toda clase de oficios hasta que un cazatalentos le invitó a probar suerte en el cine. Eran finales de los años 40 y el Rock Hudson que todos recordamos estaba a punto de nacer.
Universal se maravilla ante su prestancia física y su gallardía le ofrece un suculento contrato a condición de poder modelarle al gusto del público femenino de la época. En dos años interviene en una docena de películas en toda clase de géneros, desde el wéstern al melodrama, y su fotografía empieza a salir en las portadas de todas las revistas de cine, sin duda, pero también en las de cotilleos y en las de adolescentes. Y es que el actor se convierte en el soltero del momento.
Entretanto, su incursión en el melodrama con películas como Escrito sobre el viento con Lauren Bacall o Solo el cielo lo sabe con Jane Wyman no hacen sino contribuir a construir su imagen de galán inmaculado. Pero su grandeza queda subrayada al protagonizar dos de los mayores éxitos de su carrera, Gigante en 1956 y Adiós a las armas en 1957, ambas grandes espectáculos y profundas historias de amor donde, si bien todo brilla con una espectacularidad pasmosa, el actor denota algunas deficiencias interpretativas. Pero hasta eso se le perdonaba. «No puedo hacer de perdedor porque no lo parezco», aseguraba.
Rock Hudson y Claudia Cardinale
Rock Hudson estaba en lo más alto, era ovacionado en las premieres y fotografiado a todas horas. Por eso, cuando al despacho de su publicista llegaron unas fotos del actor en actitud íntima con un hombre, la Universal tomó medidas drásticas e inmediatas y casó a Hudson con su secretaria en cuestión de pocos días después de emitir un comunicado en el que aseguraban que la feliz noticia era fruto de una relación de varios años que habían llevado en secreto. Y es que no, el público no podía saber que Rock Hudson era homosexual.
Aterrada, la Universal pone pies en polvorosa, y si bien le permite protagonizar la película bélica Himno de batalla y el wéstern El último atardecer con Kirk Douglas, se esmera en seguir construyendo su imagen de galán puro antes de que el rumor se extendiera por todo América. La solución: la comedia romántica.
Doris Day y Rock Hudson
En ocho años protagonizó casi una decena. Con Gina Lollobrigida, con Paula Prentiss, con Leslie Caron y, por supuesto, con la que se convertiría en su gran amiga Doris Day. Y es que, si hay una pareja que ejemplifique mejor que ninguna otra la comedia romántica de la década de los 60, ésa es Rock Hudson y Doris Day que protagonizaron con enorme éxito Confidencias a medianoche, Pijama para dos y No me mandes flores. Y entre medias, por supuesto, grandes dramas románticos con Cyd Charisse, Jean Simmons, Gena Rowlands o Claudia Cardinale.
Y aunque el actor cosechó pocos batacazos en taquilla, su vida personal fue siempre muy compleja. Su mujer se divorció de él al enterarse de que la había engañado con un hombre y con la llegada de la década de los 70, su estrella se va apagando y su popularidad se desmorona al tiempo que él trata de abordar papeles más serios y complejos. Mientras, en los mentideros de Hollywood siempre el mismo rumor sobre que el novio de América, ese al que las mujeres habían deseado más que a nadie y al que los hombres ansiaban parecerse, era homosexual. Y así fue cómo la industria le abandonó y le relegó a papeles mediocres para la televisión, cuando esto significaba poco más que una humillación pública. Sobre ello diría el propio actor: «Es el mayor monstruo de todos los tiempos que lo devora todo y a todos».
Después de unos años 70 complicados, un Rock Hudson agotado llega a la década de los 80, demacrados y prematuramente envejecido. Así que, antes de que su nombre volviera a ser el centro de un montón de especulaciones, decide contar al mundo entero su secreto: Tenía sida. Y con ello venía a reconocer su homosexualidad, pues, por aquel entonces, ser seropositivo era ser gay o drogadicto.
Pocas semanas después y días antes de cumplir 60 años, moría dejando tras de sí una ristra ingente de amigos como Elizabeth Taylor con quien había protagonizado en 1980 su última película, El espejo roto, además de Burt Lancaster, Carol Burnett, Julie Andrews o Angie Dickinson que le acompañaron cuando aquel secreto a voces que la industria trató de ocultar, se había convertido en algo más serio.
Lo que hoy es innegable, cien años después de su nacimiento, es que su aportación a la historia del siglo XX va más allá de aquellas comedias románticas en las que brilló como nadie. Pero que tanto ellas como los melodramas, no serían lo que fueron sin él, el más alto, el más guapo, el más hercúleo e inmaculado de todos los actores de su tiempo que se pasó la vida interpretando el papel de Rock Hudson.