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Clint Eastwood, en un fotograma de Por un puñado de dólares

Cine

El vicio que Clint Eastwood arrastra desde un rodaje en España

Antes de ser un mito del wéstern, Clint rodó en España una película que cambió su destino dentro y fuera de la pantalla

Antes de convertirse en uno de los grandes iconos del cine estadounidense, Clint Eastwood era, a comienzos de los años sesenta, un actor con el gesto endurecido por la rutina y una carrera que parecía encallada. Trabajaba en la serie Rawhide, pero el personaje empezaba a aburrirle tanto como a encasillarlo. Fue entonces cuando aceptó una propuesta que en Hollywood pocos habrían considerado una oportunidad: viajar a España para rodar una película del Oeste con un director italiano prácticamente desconocido.

Ese director era Sergio Leone y la película, Por un puñado de dólares. El proyecto se rodó entre Madrid y los paisajes áridos de Almería en 1963, con un presupuesto ajustado y un ambiente que poco tenía que ver con los rodajes reglados de los grandes estudios. El sueldo de Eastwood fue modesto (unos 15.000 dólares) y el rodaje, según recordaría después, caótico: las escenas se repetían hasta tres veces «por si se perdían en el laboratorio», cada actor hablaba en su propio idioma y el equipo improvisaba constantemente, incluso reutilizando material de otras producciones durante los parones de Semana Santa.

Pero en medio de ese desorden se estaba gestando una revolución. Leone no solo estaba inaugurando el spaghetti western, también estaba rompiendo con las normas morales del cine clásico. Criado entre rodajes estadounidenses en Italia, decidió dinamitar el código Hays, esa autocensura que dictaba qué podía mostrarse en pantalla.

En ese contexto nació el Hombre sin nombre, el personaje que cambiaría para siempre la carrera de Eastwood. Su estética (el poncho, el sombrero y el puro) no fue fruto del azar. Leone buscaba un realismo extremo, casi obsesivo, y no le bastaba con que el actor fingiera. Convenció a Eastwood, conocido por ser contrario al tabaco, para que fumara durante el rodaje. No como gesto impostado, sino de verdad.

Aquella decisión tuvo consecuencias. El puro dejó de ser un simple elemento de atrezzo y se convirtió en un hábito real que acompañó al actor durante años. La leyenda de Eastwood nació, en parte, entre el polvo del desierto, el sonido de las armas… y la nicotina.

El puro se convirtió en una extensión del actor durante el rodaje

El contexto ayudaba. En la España de los años sesenta, fumar era algo completamente normalizado. Se fumaba en bares, restaurantes, platós, hoteles y rodajes sin ningún tipo de restricción. El tabaco formaba parte del paisaje cotidiano y del proceso creativo. Para un actor estadounidense, acostumbrado a una industria que empezaba a imponer ciertas normas internas, los rodajes europeos resultaban radicalmente distintos.

No fue un caso aislado. Actores como Lee Van Cleef, Charles Bronson o Eli Wallach recordarían años después aquellos rodajes en España como intensos, desordenados y excesivos, donde el humo del tabaco y el polvo de Almería eran parte inseparable del oficio.

Pese a las tensiones entre actor y director, el éxito fue inmediato. Por un puñado de dólares dio origen a la llamada Trilogía del dólar, completada con La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo. Eastwood pasó de actor televisivo desencantado a estrella internacional.