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Jessie Buckley, en un fotograma de Hamnet

Crítica de cine

'Hamnet': morir, dormir... ¿soñar, tal vez?

​La adaptación de la novela de Maggie O'Farrell es una exploración devastadora de la pérdida y cómo se transforma en alquimia creativa

Hamnet comienza con un pequeño recordatorio: mantén tu corazón abierto. Al final de ese viaje de dos horas, ese corazón se romperá, se reconstruirá y se abrirá de nuevo de maneras profundamente humanas e intensamente cinematográficas. Adaptada de la novela de Maggie O’Farrell, la película de Chloé Zhao no es una recreación de la tradición shakespeariana ni la mirada en bambalinas de cómo se creó Hamlet.

Es, en cambio, una meditación visceral sobre la paternidad, la pérdida y la misteriosa alquimia a través de la cual la tragedia puede llegar a convertirse en arte. Si Nomadland fue el conmovedor viaje de la cineasta por una América repleta de silenciosa añoranza, Hamnet es su inmersión en las profundidades emocionales más íntimas.

Gran parte del trabajo –por no decir todo– lo consiguen Jessie Buckley y Paul Mescal, dos de los mejores actores de nuestra generación –si me lo permiten–. Ambos han demostrado una y otra vez que pueden alcanzar una verdad emocional casi telepática en sus trabajos por separado y no es para menos cuando lo hacen en sintonía. La tristeza se acumula en sus ojos, el dolor tiembla en sus voces y la agonía pesa en sus cuerpos de una manera indescriptible. El silencio crece entre ellos, los envuelve a medida que el duelo busca su propio poso.

Y eso que la historia como tal nace de la más pura especulación. Como recogen los registros de finales del siglo XVI, Hamnet y Hamlet son el mismo nombre. Con esa premisa, O’Farrell imagina cómo la muerte del único hijo varón de William Shakespeare y Agnes Hathaway a los 11 años podría haber dado forma a la creación de una de sus tragedias más conocidas. Aquí Shakespeare no es solo el afamado dramaturgo inglés, sino Will, el padre de Hamnet, el marido de Agnes.

Puede que haya pequeños guiños a las primeras líneas de Romeo y Julieta justo después de su primer beso con la que será su mujer, al simbolismo de las flores de Ofelia con los conocimientos botánicos de Agnes o alguna que otra referencia a las brujas de Macbeth en boca de sus tres hijos –Susanna, Judith y Hamnet–. Pero la película no se centra en él como creador y en muchos momentos ni siquiera le toma como protagonista.

Paul Mescal y Jessie Buckley son William Shakespeare y Agnes Hathaway

De hecho, en la novela siempre se hace referencia a él como el ‘joven preceptor de latín’, el hijo de un duro comerciante de Straford-Upon-Avon que comienza a ganarse la vida en el Londres isabelino fabricando guantes para los actores del Globe Theatre, como si así pudiera despojarse del peso de su leyenda y poder vivir su propio duelo como padre.

El Shakespeare de Paul Mescal no es el erudito literario que conocemos ni un héroe mítico, sino un hombre de orgullo herido y un amor inmenso que se muestra incapaz de salvar a las personas que más aprecia. Will solo puede respirar cuando viaja a Londres e, incluso cuando está ausente en su propia casa, su presencia se siente en gestos silenciosos, en el dolor de las cartas no escritas, en el miedo de perder a la familia que añora, pero a la que parece no pertenecer si desea cumplir su sueño como dramaturgo. El actor parece dispuesto a seguir su carrera interpretando a los hombres más destrozados del mundo después de Normal people, Aftersun o Desconocidos… y todo en tan solo seis años.

Frente a él, una magnífica Jessie Buckley. Su Agnes es tierna, pero salvaje; agotada, pero inquebrantable. Nadie mejor que ella para acoger el dolor por la muerte de un hijo y cauterizar poco a poco la herida más espinosa. Más honesta que cualquiera de los de su alrededor, soporta la carga emocional de la película y lo hace con tal solvencia que su Oscar a mejor actriz está más que asegurado. Una paradoja que lo gane por una obra como esta cuando su carrera empezó precisamente en el Globe Theatre con una adaptación de La tempestad. Su Hamnet, el actor Jacobi Jupe, también realiza un excelente trabajo, interpretándolo como un joven sensible y dulce con gran profundidad emocional.

Tanto la fotografía como la música están claramente a su disposición. Son deliberadas y orquestadas en cada escena con una intuición precisa en la que la naturaleza se postra como su columna vertebral. La atmósfera es lírica, natural y cargada de simbolismos. La luz se filtra entre los árboles como si ella misma estuviera anclada a la tierra. Vive bajo sus uñas, se aferra al dobladillo de sus vestidos y llena los espacios donde sus palabras no encuentran acomodo. A menudo, quienes no la comprenden la tachan de bruja del bosque, pero Zhao enmarca su comunión con la naturaleza como una fuente de fortaleza más que como una superstición.

De izquierda a derecha, Hamnet, Susanna y Judith Shakespeare

Para cuando lleguemos al tercer acto, los ojos de Buckley nos parecen tan prodigiosos como el pentámetro yámbico de Shakespeare. Consiguen reflejarlo todo sin apenas decir una sola palabra en la última media hora. Tampoco es que las necesite, en realidad.

Su rostro confundido, agónico, desolador lo dice todo por ella y parece liberarse de esa cúspide emocional que le ha traído la muerte al ser testigo en primera persona de cómo el arte puede ser una estrategia de reparación. La culpa que vierte en Will por no estar presente en la pérdida solo tiene sentido ahora, al darse cuenta de cómo vivió el duelo transfigurando su dolor en un medio de sanación, en una catarsis colectiva que resuena más de cuatro siglos después y en donde Hamnet –o Hamlet– no ha fallecido del todo. Si acaso, está dormido, tal vez soñando, como diría su padre en uno de los soliloquios más famosos de la literatura.