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Robert Duvall, el gran monarca de los secundarios

A pesar de su extensa filmografía, que incluyó películas dirigidas por él, el gran actor norteamericano será recordado sobre todo por sus apariciones en los dos primeros 'Padrinos' o 'Apocalypse now'

Robert Duvall, como Tom Hagen en 'El Padrino'

Quizá porque era votante del Partido Republicano (aunque Trump no le gustaba un pelo); vivía retirado en un rancho con su mujer, a la que conoció bailando tangos, o tuviese poca paciencia para decir siempre lo conveniente en las alfombras rojas, la estrella de Robert Duvall no brilló con el mismo fulgor destinado a otros actores con mucho menor talento, aunque seguramente más simpáticos y cercanos, en el caprichoso firmamento de Hollywood.

Pero solo un puñado de intérpretes, como él, han logrado convertir una línea de guion en una frase de míticas resonancias, esas que un día se apoderan del imaginario popular, de una vez y para siempre.

Pocos recordarán su breve, sustancial aparición en Matar a un ruiseñor, con la que cautivó a la misma Harper Lee, que le escribió una carta. En cambio, nadie ha olvidado el olor a napalm por la mañana.

A lo largo de los años, en lugar de pedirle fotografías, la mayoría de los pesados que se le acercaban lo hacían con la intención de soltarle invariablemente la misma frase, como si invocasen ese tipo de absurdas complicidades que solo teje el arte, en este caso, el más popular.

Robert Duvall trabajó mucho, hizo de todo e incluso en su mejor época hubo hasta quien lo consideró el equivalente yanqui de Lawrence Olivier. Pero su celebridad se sustenta, sobre todo, en las películas que rodó con su buen amigo Francis Ford Coppola, la mencionada Apocalypse now y las dos primeras partes de El padrino.

En el episodio final (por ahora) de la saga mafiosa no apareció por una cuestión de orgullo: podía aceptar que Al Pacino cobrase hasta el doble que él, pero nunca cinco veces más.

Bordó el papel de Tom Hagen, el consigliere de Don Vito Corleone

De algún modo, esas interpretaciones concentran, resumen y enmarcan el meollo de su sabiduría como intérprete poseedor de una extraordinaria capacidad camaleónica: la que le permitía saltar sin transición de la discreción de Tom Hagen a la exuberancia del coronel Kilgore, casi otro personaje wagneriano en sí mismo.

Lo mejor de Duvall es que nunca era Duvall. Así como a otros actores les resulta casi imposible desprenderse de su carisma, este secundario adicto a las esmeradas miniaturas, monarca de la estirpe de los roba-escenas, lograba hacer siempre lo más difícil, aquello que constituye el gran secreto de su profesión: diluirse entre las costuras del personaje, encarnarlo sin que apenas se le notaran las propias de su disfraz.

En ese trajín resultaba un auténtico hechicero. Sin embargo, la naturalidad pretendida no era en él la consecuencia de un talento único o especial, regalo de la providencia o fruto de un pacto mefistofélico.

En 'Un día de furia (Falling Down)' interpretó el papel de Joel Schumacher, un policía retirado que consigue atrapar a un delincuente de Los Ángeles que siembra el caos por no tener un buen día

En 'Apocalypse Now' tuvo uno de los papeles más recordados para todo amante del cine: el Teniente coronel Bill Kilgore, cuyos métodos eran más que cuestionables. Él pronunció la frase «Me encanta el olor a napalm por la mañana».

Robert Duvall comenzó su exitosa carrera en 1962 con 'Matar a un risueñor' interpretando el papel de Arthur 'Boo' Radley.

Sin proclamarse nunca hijo de Strasberg u otros gurús de la época, se aseguró desde el principio su propio método. Partía del estudio concienzudo del personaje, escuchando acentos, persiguiendo detalles en los mismos lugares donde habría de situarse la acción en cada caso, y los incorporaba como si de una segunda piel se tratase, como si hubiera convivido con ellos desde la cuna.

Sus numerosas candidaturas al Oscar (al final lo ganó por Tender mercies, uno de sus mayores trabajos) demuestran que su carrera le procuró honores mucho más allá de las conocidas colaboraciones con Coppola.

Pero solo sus admiradores más abnegados serán capaces de recitar, salvo por las películas populares, una filmografía tan escurridiza y densa como sus propias caracterizaciones, retratos sinceros, dotados de una ambigua, compleja y sutil humanidad.